• Rubén Blades y su despedida de la salsa

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    Rubén Blades ya no hará más giras de salsa. Le quedan anécdotas, ritmo y crónicas como esta que retratan su adiós con profundidad y sentimiento. Una crónica de Isabel Llano escrita originalmente para cancioneros.com

    Este sábado 22 de julio de 2017, con el concierto en Las Palmas de Gran Canaria, el cantautor Rubén Blades terminó su despedida de las giras de salsa en España. Fue el quinto concierto dentro de la gira Caminando, Adiós y Gracias, después de actuar en Vitoria, Madrid, Barcelona y Santa Cruz de Tenerife. El Poeta de la Salsa dice adiós a las giras de salsa por todo lo alto, después de 50 años de trayectoria en el género. En esta gira, iniciada hace más de un año, se presenta acompañado de Roberto Delgado & Orquesta, una tremenda big band panameña, con la que viene actuando desde 2010 y con la que ha grabado dos álbumes de canciones producidos por él: Son de Panamá (premio Grammy Latino 2015 a Mejor Álbum de Salsa y Premio Grammy –anglosajón- 2016 Best Tropical Latin Album) y Salsa Big Band, disponible desde abril de 2017. Con la orquesta y los arreglos de Roberto Delgado las canciones que interpreta Blades adquieren un sonido potente, tratando de recrear el de famosas big bands de la música latina como las de Machito y sus AfroCubans, con Mario Bauzá, Tito Rodríguez y Tito Puente, entre otros.

    La presentación del sonero panameño en el concierto de Barcelona, el pasado miércoles de 19 de julio, en el Poble Espanyol, fue impecable. Rubén Blades deleitó al público durante más de dos horas, en las que interpretó éxitos de diferentes etapas de su carrera, como el inmortal Pedro Navaja, María Lionza y Buscando Guayaba, con unos arreglos poderosos que permite este formato big band.

    Para los que hemos crecido escuchando sus canciones y lo hemos visto en concierto muchas veces a ambos lados del Atlántico, el anuncio de su despedida de los conciertos de salsa es un hito en nuestra historia y hacía imprescindible la asistencia a este concierto.

    El Poble Espanyol se llenó. Había gente de todas partes. Rubén Blades es un cantautor entre los más grandes, una estrella tanto para los nacionales como para los latinos residentes en la ciudad. En España, su fama creció por la difusión discográfica y las presentaciones que aquí organizó el sello Fania, pero en gran medida gracias a la versión de Pedro Navaja que popularizó en el país La Orquesta Platería, surgida en Barcelona la noche vieja de 1974-1975. Aún hoy, cuando se menciona el título de la canción, algunos catalanes la relacionan con la Platería. Para los latinos es otra cosa: las canciones de Rubén conforman la banda sonora vital y son constituyentes de la identidad cultural.

    El concierto empezó con puntualidad. Pasados pocos minutos de las nueve, aún con la luz de la tarde, la orquesta hizo su aparición en el escenario y enseguida también Rubén Blades, de negro, con bombín y gafas oscuras. “Muy buenas”, dijo, y cantó Pablo Pueblo, canción escrita en 1966, editada en el primer álbum con Willie Colón, ¡Metiendo Mano!, de 1977. El sonido gordo de los tres trombones, que nos grabó en la memoria Reynaldo Jorge, avisó lo que sería la sonoridad de la noche. Al terminar este primer tema, que habla de aquellos hombres que trabajan hasta jubilarse, el cantante volvió a saludar y quiso hacer “dos aclaraciones: los que no se han unido a la página web únanse, es gratis, las mejores cosas de la vida son gratis, es importante, porque estamos escribiendo allí”. La segunda era la explicación de su despedida: “cuando a uno le queda menos futuro que pasado, comienza a organizar su tiempo”. Había cumplido 69 años tres días antes, el domingo 16 de julio: “el cumpleaños siempre me toca en España”, reconoció. Es cierto, sus visitas en los últimos años han sido en este mes, como ejemplo el concierto que había hecho en el mismo Poble Espanyol el pasado 16 de julio de 2011, en la primera edición del desaparecido Festival Salsa y Latin Jazz de Barcelona.

    Continuó cantando Las Calles (del álbum Cantares del Subdesarrollo, 2009), pero esta vez, claro, en la versión big band (incluida en el álbum Son de Panamá) que dedicó “a las madres que mueren sin vacaciones de los que venimos de las clases populares”. Por las historias que narran las canciones, podríamos decir que Rubén Blades es el cronista del Barrio, pero no solamente del Spanish Harlem, sino de todos los barrios populares de América Latina: “soy de allí de los que sobrevivieron/ yo soy el hijo de Anoland y a pie sin coche/sobreviví de día, sobreviví la noche”, rezaba la canción.

    Interactuando con el público, como hizo después de cada tema, para introducir la siguiente canción, preguntó: “a ver si saben cuál es”. La orquesta tocó y hubo un magnífico solo de trompeta. Con esa nueva introducción era imposible saber que vendría la extraordinaria Decisiones (del álbum Buscando América, 1984, grabado con Seis del Solar). Un comic que se proyectaba en el telón detrás de la orquesta ilustraba la canción mientras entonábamos con Blades el magnífico coro: “Decisiones/cada día/ Alguien pierde, alguien gana ¡Ave María!/Decisiones, todo cuesta/Salgan y hagan sus apuestas, ¡Ciudadanía!”.

    Luego vino el sabroso son montuno Buscando Guayaba, del álbum Siembra, 1978, un disco de gran relevancia en la cultura e identidad latinoamericana, y Rubén recordó que lo grabó “con el gran Willie Colón”, como si con esa afirmación quisiera dejar atrás la ruptura de la amistad con el neoyorquino. Sonó después la nueva versión de Roberto Delgado de Arayué, el tema promocional del nuevo álbum Salsa Big Band, compuesto por Rubén Blades y originalmente grabado por Ray Barretto en 1980 en el álbum Giant Force.

    Hasta aquí la dosis de nostalgia era superada por la alegría de las nuevas sonoridades ofrecidas por la big band de Roberto Delgado, pero con la canción Amor y Control (del álbum homónimo de 1992) la cosa cambió (creo que no solo para mí): aunque ya lo supiéramos, oír la explicación en directo de Rubén sobre el origen de esta canción, después de las pérdidas de familiares por causa del cáncer, hizo que aflorara otro sentimiento. Para introducir esta canción Rubén explicó: “En 1992 yo estaba escribiendo sobre el descubrimiento de América, porque Colón estaba perdido, y mi mamá se enfermó y el proyecto se fue a otro lado. Es un canto a la muerte, es un canto a la madre, los problemas son los mismos y son las mismas soluciones, y con esta canción quiero solidarizarnos con todos los que estén pasando por problemas familiares de salud”.

    EnriqueRomero_RubenBladesEn Amor y Control, con los sonidos de cuerdas producidos por el teclado, la orquesta sonó casi como una filarmónica y, como dice la letra, nos ahogaba el sentimiento. Pero justamente por haber aprendido a oír y sentir la música salsa combinando lo sagrado y lo profano, algo común en nuestra cosa latina, esta canción y muchas otras del concierto nos brindaron la posibilidad de curarnos las tristezas bailando, improvisando pasos con sabor y sentimiento, no de memoria como los de academia, pues los arreglos de la música salsa “dan alegría al cuerpo y cierta tristeza al alma, pero una tristeza que se vive con felicidad”, como afirmó Enrique Romero en su libro Salsa, el orgullo del barrio.

    Para presentar la Caína (del álbum Escenas, 1985), Rubén citó a Medoro Madera, su alter ego: “Medoro Madera es el negro que vive en nosotros, todo blanco en el Caribe es sospechoso… Acá todo el mundo tiene un moro”. Y yo añado, humildemente, que no sólo moro: cada vez más trabajos de investigación demuestran, como enseña el documental Gurumbé, canciones de tu memoria negra (del antropólogo Miguel Ángel Rosales, estrenado en noviembre de 2016), que hay tanta sangre mora como africana debajo de la piel de los andaluces, y que el aporte africano a la cultura en España y Portugal ha sido negado hasta ahora. Rubén añadió: “le estoy haciendo un disco pa’ que el tipo me deje tranquilo”. Hace poco el cantautor confesó que publicaría un disco del octogenario cubano Medoro Madera, con canciones perdidas de hace más de 40 años, que han sido localizadas. Este personaje ha aparecido en varios discos a lo largo de la carrera. Publicada también en el álbum Son de Panamá, en esta canción Wichy López con la trompeta llegó a unos agudos increíbles, los coros diciendo “no se puede querer a la caína”, sonaron fantásticos, Rubén impostó en ciertos momentos la voz para cantar a medias con el negro Medoro Madera, y Luis Enrique Becerra también destacó con un solo en los teclados.

    Antes de escuchar la nueva versión big band del bolero Vino Añejo, incluida en el álbum Son de Panamá (pero inicialmente en el álbum La Rosa de los Vientos, 1996), el panameño recordó a su amigo médico el doctor Roberto Cedeño, compositor de este bolero, con quien tiene una amistad que les une desde la época en que ambos eran estudiantes en la Universidad de Panamá. Al terminar de contar una anécdota con el decano de Derecho por aquel entonces, dijo: “Los amigos son la mejor inversión que uno puede hacer en la vida”. La nueva versión de este bolero no debe pasar inadvertida para los amantes del género: “Te ofrezco un alma en decepciones concebida… No me importa hacerme viejo si me hago viejo contigo”, ¡qué letra!

    Dijo Rubén: “Del álbum que mucha gente considera que es el álbum que más ventas ha tenido en la salsa, esperamos que sepan que les tenemos presentes en las dificultades”, y enseguida cantó María Lionza, la diosa del folklore venerada en Venezuela, que evoca los rituales afro-indígenas que reflejan el mestizaje cultural latinoamericano (del álbum Siembra, 1978).

    Con la piel de gallina, además del mencionado Vino Añejo, hubo otro bolero: Apóyate en mi Alma (compuesto por Luis Demetrio, incluido en el álbum Salsa Big Band), originalmente interpretado por Santos Colón con la banda de Tito Puente en el álbum De Mi Para Ti. “Deja que penetre en mis entrañas tu sentir/ quiero compartir contigo tu sufrir/ y todo aquel dolor de tu pasado cruel” cantaba Rubén, y luego se escuchó el solo en el saxo barítono de Carlos Duarte.

    Como dirían los flamencos, cambiando de palo pa’ rumba, después de la sentidísima letra del anterior bolero, vino la historia “de la cándida niña” Ligia Elena (del álbum Canciones del Solar de los Aburridos, 1981) y el mensaje antirracismo que transmite esta canción: “Eso del racismo, brother, no está en na’”. Continuaría con El Cantante, de álbum Doble Filo, 1987, publicado después de haber cedido la canción a Héctor Lavoe en 1978 para su disco Comedia. Rubén señaló que no se arrepentía de no haberla grabado primero, porque Héctor la necesitaba, estaba pasando un mal momento. Le rindió un homenaje al cantante de los cantantes: “La muerte comienza por el olvido, mientras se recuerda la persona, la persona sigue viva, para él, para don Héctor Lavoe”. En el piano Juan Berna dejó escuchar el cumpleaños feliz, queriendo homenajear a Rubén por su reciente cumpleaños.

    A estas alturas del concierto, el Poble Espanyol estaba hasta los topes. Entre el público se apreciaban banderas de Venezuela, Perú, Panamá…, pero seguía llegando gente: dos hombres entraron a la zona VIP, y ya habían sonado más de diez temas, ¡pobres! con lo que cuestan esas entradas… ¿pobres? Al terminar El Cantante, Rubén volvió a recordar a Lavoe: “Yo le decía flaco, y después nos pusimos gordos los dos”.

    La canción siguiente enorgullecería ahora a los peruanos: Todos Vuelven, poema del escritor y poeta peruano César Alfredo Miró, originalmente vals peruano de Alcides Carreño Blas, que cuenta con varias versiones, pero, sin duda, la más conocida es la grabada por Blades en 1984, en el álbum Buscando América, con Seis del Solar. Mientras la anunciaba, sin escuchar lo que Blades decía, una chica gritaba con todas sus fuerzas Pedro Navaja, Pedro Navaja. El panameño, ajeno a la gritada petición de la desesperada, dijo: “Dedicada a todos los peruanos y a todo el público que está aquí”. En esta canción el protagonismo en los solos fue del timbalero Carlos Pérez.

    A pesar de que la chica no paraba de gritar Pedro Navaja, sin preocuparse de escuchar la historia de la siguiente canción, la que sonó fue Lo Pasado No Perdona (del álbum El que la Hace la Paga, 1983). Sonó magnífica en la versión de gran banda y con un solo de Juan Berna al piano. Te Están Buscando, otra de las canciones malandras que hizo con Willie Colón y grabó en el álbum Canciones del Solar de los Aburridos, de 1981, fue la que escuchamos después. Dio la casualidad que al tiempo que sonaba el coro “Por tu mala maña de irte sin pagar”, dos hombres del personal de seguridad sacaban a una pareja que se acababa de colar en la zona VIP, no sin antes hacerles quitarse la pulsera de papel color naranja que se habían agenciado para identificarse con los que accedían allí. Los sacaron a la vez que seguían sonando los coros y el solo del bajista Roberto Delgado respondía con brillantes slaps a las voces y los bronces.

    Por no oír de nuevo a la chica haciendo su petición desenfrenada, me volví al sitio donde se oye mejor: atrás al lado de la mesa de sonido. Del álbum Bohemio y Poeta, de 1979, escuchamos la canción dedicada a Paula C y Sin tu Cariño. Con esta última, Rubén Blades recordó sus tiempos en Fania y contó la anécdota del origen de la canción: escribió la canción un domingo, gracias a que Louie Ramírez le recordó que era algo pendiente, y esa misma noche Ramírez hizo el arreglo y al día siguiente la grabaron en los estudios de la discográfica para el álbum Spanish Fever.

    Seguramente adelante, cerca al escenario, se escucharía a la chica gritar de nuevo Pedro Navaja, pero la que siguió fue Todo mi Amor eres Tú (I just can’t stop loving you), compuesta con Michel Jackson, producida por Quincy Jones, que el rey del pop grabó en español. Blades, en broma o a lo mejor no, dijo: “este acorde se lo levantó Quincy Jones… en Thriller está el acorde que se levantó”… No sé si quería decir la armonía. Luego, como cierre tentativo del concierto vendría, para alivio de la susodicha y de muchos más, la canción que habla de la historia del doble asesinato en la ciudad de Nueva York, una de las ocho millones de historias de la Gran Manzana. Antes de cantarla, Blades dijo lo siguiente: “esta canción sólo sobrevivió por ustedes, todos decían que era muy larga, que no iba a triunfar… ahora ya todos saben cuál es”. Efectivamente, una gran cantidad de teléfonos móviles se veían por encima de las cabezas, bien porque empezaban a grabar o porque tomaban “selfies”. Comenzó a sonar Pedro Navaja (del álbum Siembra, 1978). Al fondo, como ilustración de la historia de la canción, se proyectaban unos rascacielos en blanco y negro, pero de pronto apareció a todo color un personaje negro que representaba a Pedro Navaja. ¡No puede ser!, pensé, ¡Ese no es el Pedro Navaja que yo he tenido en mi cabeza por tantos años! Es bonita la ilustración, sí, pero no hay derecho de acabar de golpe con el Pedro Navaja que cada uno de nosotros habíamos imaginado.

    Todos los músicos y técnicos de sonido salieron adelante del escenario, junto con Rubén, quien les agradeció una vez más, como ya había hecho poco después de comenzar el concierto: sin todos ellos habría sido imposible un concierto inolvidable de gran calidad.

    Como era de suponer, el público pidió ñapa y Rubén nos obsequió con dos bises: Maestra Vida (del álbum Maestra Vida, 1980, con Willie Colón), que compuso a sus 32 años y la dedicó a todos los presentes, y Patria (del álbum Antecedente, 1988). “Patria es un sentimiento”, dijo, “la dedico a todos los que hemos tenido que salir, para los inmigrantes” y agregó “para todos los que quieren a su país”. Al fondo del escenario se proyectaron muchísimas banderas y entre ellas también estaba la senyera. Si la música y las letras de las canciones de Rubén Blades remueven las emociones, no solo de los latinos, las imágenes que acompañan la actuación acentúan esa remoción. Blades es un cantautor que trasciende fronteras culturales y géneros musicales. Como al final de las películas, en el fondo del escenario rodaron los créditos que incluían a todos los músicos de la orquesta, los nombres de quienes estuvieron a cargo de las ilustraciones, entre otros.

    El espectáculo presentado bajo el título Caminando, Adiós y Gracias salió perfecto, porque se ajustó al guion. Había dos pantallas/telepronters en el escenario que, como antaño haría un atril, le permitían a Rubén ver las letras de las canciones y también saber sin dudar qué tema seguía en el programa o quién debía hacer solos. En algunas canciones no miraba y en otras miraba de soslayo las pantallas. En El Cantante, excepto quizás uno solo, todos los pregones no se improvisaron, estaban escritos y se leían en la pantalla. No es algo criticable, simplemente es una observación: los músicos instrumentistas tienen sus partituras porque la memoria es limitada. Sólo músicos muy excepcionales salen al escenario a tocar un concierto de dos horas sin un solo papel. Sin embargo, la improvisación de los pregones en la salsa, como la improvisación que hacen los instrumentos en sus solos, son lo que ha heredado esta música del jazz, y eso sí que no debería perderse, porque es algo esencial de esta música. Hay músicos que por hacer una versión fiel a una grabación, transcriben los solos. Pero aquí no estamos hablando de eso, ¿no? A mi modo de ver, los soneros no deben renunciar a tomar del contexto y de los hechos del momento el material para improvisar sus pregones.

    En todo caso, Rubén Blades se ha presentado más fuerte y vigente que nunca. En el concierto su voz se escuchó tan fresca como en sus años mozos. Dice adiós a las giras de salsa, pero esperamos verlo de nuevo en directo. Tiene entre manos varios discos y el proyecto Mixtura con su esposa, la cantante Luba Mason.

    Isabel Llano

  • Los mundos de Miguel Camacho

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    Cuando un amigo se va, se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido…

    Hubo un tiempo en que la HJUT, emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, era la mejor emisora musical de Bogotá. La razón era su staff, una auténtica all stars de la radio mal llamada popular y mal llamada clásica. Otto de Greiff, Bernardo Hoyos, Jean Louis Van Meerbeke, Richard Chotzen, Harold Sarmiento, Emilio Sanmiguel y Carlos Heredia, entre otros, y un excelente locutor de hablar pausado y magníficos libretos. Se llamaba Miguel Camacho.

    Fue Bernardo Hoyos, junto a la directora María de la Torre y el jefe de programación Camilo de Mendoza, quienes me llevaron, siendo yo muy joven, a formar parte de ese staff. Bernardo se había convertido en el mentor de la gente joven en la radio de élite, y al poco tiempo me enteré que Miguel también estaba allí por su recomendación y el buen hacer de sus directivos.

    Nos hicimos amigos en seguida. Ni siquiera hizo falta un café. La amistad suele surgir en momentos inesperados y de las formas mas disímiles; por lo general, tras compartir experiencias y convivir en un mismo recinto. Pero siempre porque se activa un factor instintivo, una especie de feromona social que nos hace entender el mundo del otro sin demasiadas introducciones y que se conoce como empatía.

    Miguel Felipe Camacho Castaño vivía en una casa muy bonita en la calle 71 arriba de la Caracas, junto a su madre, Olguita, una señora encantadora a más no poder, que se moría de amor por su hijo menor. Y en efecto, Miguel era el menor de seis hermanos: Isabel, Claudia, Adriana, Julio Andrés, Carlos Javier y él.

    Aquella casa tenía dos espacios que me encantaban: la habitación de Miguel, que era a la vez estudio de pintura y diseño, cuarto oscuro y dormitorio; y la biblioteca de su padre, ya fallecido: el poeta y periodista Arturo Camacho Ramírez. Una biblioteca extraordinaria, digna de tan ilustre personaje que se había codeado con las mejores plumas de Colombia y el continente: Eduardo Zalamea, León de Greiff, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Julio Cortazar, Pablo Neruda. Baste decir que era el jefe de tropa del Café Automático, símbolo de la bohemia literaria bogotana, y una de las cabezas visibles de la llamada generación de poetas Piedra y Cielo.

    Miguel era diseñador gráfico, con un estilo muy años 80, cargado de referentes geométricos y variaciones de color. Tenía una fuente tipográfica propia de doble línea y había fundado una agencia de publicidad junto al fotógrafo y diseñador Andrés Anzola. Eso si, le encantaba dibujar al caballete. Sentía especial predilección por los rostros femeninos en carboncillo, y su fuente de inspiración era la fotografía, otra de sus grandes pasiones. Y en todas se desenvolvía como un maestro.

    Pero todo tiene un antes y un después. Y ese instante decisivo de su vida sucedió en 1982.

    Ese año murió su padre y esa muerte dejó en Miguel el incansable deseo de rendirle tributo a su memoria. “Y sin embargo un día mis hijos contarán ingenuamente, que yo les sonreía tan verdaderamente, cual si fuera a vivir eternamente”, rezaba un verso del gran poeta. Tardaría un tiempo en ver plasmado su homenaje en la carátula de un libro suyo. Pero lo consiguió.

    Ese año también se forjó a pulso en el difícil y noble oficio de editor. Resulta que Patricia Lara iba a publicar un libro. Se titularía Siembra Vientos y Recogerás Tempestades, y era un reportaje tipo nuevo periodismo sobre los líderes todavía escondidos del M-19. El diseño se le encargó a Miguel y también la producción fotográfica. Pero conseguir una foto era un acto clandestino y las fuerzas militares seguían al milímetro cada movimiento de los del M. Si entrabas en contacto con ellos, ponías en riesgo tu vida. Así de simple. Así de frágil como es la vida.

    Alguien, no sé quien, citó a Miguel por teléfono y le prometió una sesión fotográfica. Miguel aceptó y fue hasta un edificio que, creo recordar, quedaba en la calle 19. Y aquí dejo a Miguel que continúe: “Tan pronto timbré se abrió la puerta, unos brazos enormes me agarraron por detrás y sin que yo pudiese decir nada, me encerraron en un armario. No se veía nada, no se escuchaba nada. Yo pensé que de esa no salía, hasta que finalmente me abrieron y me entregaron unas bolsas llenas de fotos. –Busque ahí-, me dijeron, y ahí estaban todas las fotografías habidas y por haber de Jaime Bateman y toda la plana mayor del M-19, incluso fotos personales. ¿Usted se imagina lo que habría dado el Ejército por ese material?”.

    Miguel salió muy asustado de aquel encierro, pero la portada de la primera edición de aquel libro bien valió la pena y resultó insuperable.

    Pero ese 1982 también fue el año en que comenzó a hacer radio, en una especie de pasión devoradora, donde descubrió que se movía como pez en el agua. Pasión y comodidad, pero también rigor, pues imprimió un estilo peculiar a sus locuciones y a unos libretos con un punto de suspense y breves trazos de ironía. Su programa en solitario en la HJUT se tituló Hablemos de Música, con una vibrante introducción a cargo de uno de sus ídolos: Elton John.

    Miguel amó muchas cosas: el humor de Les Luthiers, con quienes departió una y otra vez; el fútbol de Millonarios con Irigoyen, Willington y Alejandro Brand; el vibráfono de Cal Tjader, las carátulas de Pink Floyd, la guitarra de Pat Metheny, la ligereza tropical de Daiquirí, sus gatas Bijou, Perdita y Juanita… Muchas cosas, pero pocas mujeres, y eso que era enamoradizo.

    Se casó una vez y confieso que fui celestino de esa relación. Le presenté a mi compañera de universidad, Emma Restrepo, en la 90 con octava, junto a Tita Ferro en el apartamento de esta última, y fui testigo de aquel idilio y de todo lo que sucedió en los años que siguieron para cada uno. De esto sólo puedo decir, que cuando el tiempo acabó con aquella relación, siguieron siendo amigos, porque el amor se fue, pero la lealtad del uno con el otro continuó. Y es que si hubo algo que Miguel Camacho valoró en sus amigos fue la lealtad.

    Por eso quizás, fue exigente con sus amigos, incluso, diría yo, muy exigente. Se peleó con unos cuantos por ello y cerró su círculo de amigos íntimos en un puñado. Por eso también, le dolió muchísimo que su relación laboral con la HJCK, ya en este Siglo XXI, haya acabado mal.

    Pero volvamos a la HJUT, una emisora de naturaleza culta.

    Cuando acabó aquella etapa maravillosa, Miguel salió convertido en un maestro de la radio. El había sido años atrás profesor de diseño gráfico, pero esta nueva forma de ilustrar y explicarle a los jóvenes como puede hacerse buena radio musical en Bogotá, lo entusiasmaba.

    A comienzos de los años 90, Camilo de Mendoza, antes en la HJUT, nos llamó a Miguel y a mi para impartir unos cursos radiales en la Emisora Javeriana. De esos cursos surgieron muchas personas que sería luego claves en la comunicación social colombiana: Jaime Andrés Monsalve, Juan Carlos Garay, Gustavo Gómez Córdoba, Andrés Felipe Valencia, Juan Daza, Jaime Rodríguez, María Isabel Henao, Vicky Rueda y más. ¡Cómo no sentirse orgulloso de tan tremenda generación!

    Miguel, el maestro, inundó Bogotá de cursos de jazz, con música en vivo y conversaciones al final; la delicia de una ciudad aún en construcción hacia la metrópoli. Fue el presentador oficial del Festival de Jazz del Teatro Libre e impartió cursos por doquier. Lo que en los años 60 había significado Roberto Rodríguez Silva para la difusión del jazz en Colombia, fue Miguel Camacho Castaño para la capital colombiana en los años 90. Y fíjense ustedes, cuando Roberto murió, Miguel le contó a Gustavo Gómez que el gran profesor del jazz se había extinguido poco a poco, pero que le fascinaba notar que hasta el último instante mantuvo la mística de su educación musical y radial.

    Miguel Camacho no se extinguió poco a poco. Se fue de un momento a otro, dejándote avasallado por el impacto de la ausencia, envuelto en un mar de dudas porque incluso yo, que fui su amigo íntimo, no recuerdo tantas cosas como él a la hora de escribir este réquiem. ¿Para qué iba a recordar nada si ahí estaba Miguel para sacarte de dudas? Pero su memoria prodigiosa ya no está y ya nadie podrá defendernos.

    La última vez que nos vimos, envueltos en una noche de ron Zacapa, hablamos de la muerte. A él no parecía importarle su legado. A mi si. Le propuse que donáramos nuestra colecciones a la ciudad de Pasto, mi ciudad, de la que se había enamorado perdidamente en los últimos años. Le pareció bien, pero no seguimos hablando de ello. Dejamos la continuación de esa charla para un siguiente encuentro que nunca llegó.

    Cuando nuestro mentor, Bernardo Hoyos falleció, Miguel escribió: “Haber tenido la suerte de sentarse a conversar con él fue siempre comparable a ejercer, por un rato, una de las verdaderas bellas artes, la de la conversación”. Yo le quiero robar hoy esas palabras para despedirlo, despedirlo en vida, porque más allá, donde están Olguita y don Arturo, habrá cumplido con los versos del poeta que decían: “Espérame; no importa que no llegue: esperando creerás que llegaré”.

    José Arteaga

  • Los tiempos latinos de Tempo Latino

    Cartel Tempo Latino 2017
    El festival veraniego francés Tempo Latino llega a su edición 24. Eclecticismo, trópico, in-memorian y Colombia marcan cada una de sus noches.

    Desde el comienzo de los tiempos, Eric Duffau, el docente que creó junto a un grupo de amigos suyos este festival, trazó una relación directa con Barcelona. Si bien el festival estaba anclado en Vic Fezensac, en el departamento de Gers, distrito francés de Auch, la idea era internacionalizarlo. No comunicar que allí, en el centro de Francia, en la tierra de D’Artagnan, había un gran evento musical latino, sino ir a buscar al público a su lugar de origen. ¿Porqué Barcelona? Por una sencilla razón que tenía nombre y apellido: Enrique Romero Cano.

    Eric Duffau y Enrique Romero
    Enrique fue un embajador de Tempo Latino en la Ciudad Condal y allende la frontera, en su natal Colombia. Cada año convocaba a las fiestas de presentación en la sala Antilla y acompañaba en Vic Fezensac las presentaciones en el espacio La Conga con todos los dj’s invitados. Y digo “acompañaba”, porque ya no está. Su vacío será imposible de llenar, pero su recuerdo aparecerá en esta edición con un homenaje in-memorial que la organización del festival le quiere brindar, y al que asistirá, como no, su casa, Radio Gladys Palmera.

    Pues esta edición refleja ese espíritu internacional con el que nació en septiembre de 1993. El cartel, que cada año simboliza el sentimiento musical a través del arte gráfico, lo ha hecho esta vez Flash, del colectivo Sexoful Crew de L’Hospitalet de Llobregat, un auténtico especialista en el graffiti y la pintura mural. La música se presenta aquí como algo urbano, intenso, pasional y enérgico; juvenil y vintage al mismo tiempo.

    En cuanto a la música, Colombia es el país invitado, pues 2017 es por motivos culturales el Año Colombo-Francés. Así, la noche en que comienza todo, el jueves 27 de julio, la plaza de toros de Les Arènes se inunda de sonidos colombianos con las actuaciones de Puerto Candelaria y La 33.

    Puerto Candelaria
    Puerto Candelaria es una de las bandas más impactantes del nuevo tropicalismo colombiano. Fundada en Medellín y liderada por el productor y músico Juancho Valencia, Puerto Candelaria ha construido un estilo donde la cumbia convive con elementos de jazz, folk, rock y afrocuban-music; amén de actitudes teatrales y coreografías sin par. Sus actuaciones, por ende, no dejan indiferente a nadie y han sido piezas vitales para unir el sentimiento juvenil colombiano en el exterior.

    Algo parecido sucede con La 33, aunque en este caso, la orquesta que lideran los hermanos Sergio y Santiago Mejía, es salsa, auténtica salsa con formato de la vieja escuela, Spanish Harlem Style, pero con un espíritu moderno y muy bogotano. De hecho su nombre deriva de la calle de la capital colombiana donde surgió. La 33 es una veterana en Tempo Latino, donde tiene un público fiel y legiones de fans.

    Hay una tercera banda colombiana en Vic Fezensac, la Bambarabanda. Pero a diferencia de las anteriores, esta es de la andina ciudad de Pasto, y es más rockera, aunque sus mezclas con folk regional son excepcionales; y no estará en Les Arènes, sino en el Cap Tempo, o sea de forma itinerante por los diferentes espacios del recinto ferial.

    Y es que Tempo Latino con los años se ha convertido en una feria multicultural en Vic Fezensac y alrededores. Hay tiendas, mercadillos, muestras gastronómicas, cine, animaciones, competencias deportivas y un ambiente de carnaval muy propio de estas pequeñas poblaciones francesas cuando ya los calores del verano son inclementes.

    Más allá de Colombia, el viernes 28 se presenta en Les Arènes Calypso Rose, la gran diva de Trinidad y Tobago, cuya nueva mirada a esta música ha cambiado el concepto que teníamos sobre el Calypso y sus formas de interpretación. Y estará también Richard Bona & Mandekan Cubano, una de las mejores propuestas rigurosamente afrocubanas de la actualidad. De Bona se podría decir que es camerunés, pero en realidad es ciudadano del mundo y a tal definición se ajusta su creativa música.

    Calypso Rose
    Bona es una antesala del retorno a la salsa el día sábado 29 con el proyecto Unity del timbalero Tony Succar y su homenaje a Michael Jackson en tiempo Caribe. Eso en Les Arènes, porque en La Conga se presenta la formación Setenta, banda francesa que rescata, al igual que La 33, los sonidos propios de la salsa neoyorquina de aquellos años que le dan nombre.

    El rhythm & blues combinado con el Caribe también tiene su momento el domingo 30 con la presentación de la Orkesta Mendoza, llegada desde Nogales, Arizona. En la historia de Tempo Latino aún resuenan los ecos del Grupo Fantasma, por lo que la cultura chicana tiene un público cautivo en el centro de Francia. Esa noche se cierra con Diego El Cigala y su llamativa manera flamenca de rendir tributo a la Fania All Stars y sus cantantes legendarios como Héctor Lavoe, Cheo Feliciano o Luigi Texidor.

    Orkesta Mendoza
    ¿Imposible superar tanta fusión? Pues no. Hay más. En La Conga y en el Cap tempo estarán Los Cigarrillos en el Shtruddle, que mezcla salsa y sonidos klezmer. De igual forma el conjunto Son del Salón, que une salsa y son cubano tradicional. Y de la misma manera The Bongo Hop, del productor y trompetista Etienne Sevet; hip hop y cumbia son algunas de sus exquisitas combinaciones.

    Dos acercamientos más a Colombia: la actuación en La Conga de Papá Orbe & Los Turpiales Sabaneros, mezcla de cumbia y porro con latin soul. Y la presencia a lo largo de todo el evento de Consuelo Arbeláez, madrina de esta edición, pues es tradición de Tempo Latino tener un padrinazgo o madrinazgo. Ya hace años lo fue Alejandra Fierro Eleta aka Gladys Palmera.

    José Arteaga