• PastoJazz y los tiempos modernos

    Javier Martinez estudio
    El principal evento de jazz del sur de Colombia se transforma en un homenaje a un productor y músico local, al tiempo que abre su abanico a mezclas universales. Con la colaboración de Radio Gladys Palmera.

    Hace siete años nació PastoJazz. Como es lógico, la intención primaria era hacer un festival de jazz latino en la ciudad de Pasto; también conocida como San Juan de Pasto, o como Villaviciosa, o como Valle de Atriz, o como San Juan Pasto Rico. Y es que tantos nombres ha tenido en su historia, como músicos importantes han nacido allí. Pasto, capital del Departamento de Nariño, frontera con Ecuador y al pié del Volcán Galeras, es cuna natural de varios de los grandes músicos que ha dado Colombia.

    Pues bien, uno de ellos, de las nuevas camadas, será el homenajeado de esta edición: Javier Martínez Maya. Y la razón para que a algunos el nombre no les suene, es que este hombre ha sacrificado prestigio en pos del trabajo para otros. Siendo el músico más talentoso de su generación, se dedicó a la producción y le entregó a los estudios de grabación en Bogotá tantas gotas de sudor como otros derraman en los escenarios nocturnos.

    Fausto MartinezJavier viene de una familia musical, como es de suponer. Su padre es don Fausto Martínez Figueroa, músico sinfónico y folclórico a la par, y autor de marchas, canciones, boleros y pasillos a partes iguales. Su obra póstuma, sin embargo, no fue una partitura sino un libro: La Historia de la Música en Nariño, completísimo panorama histórico de lo que ha sido este Departamento. En ese libro figuran otros dos familiares de don Fausto: su padre Joaquín Martínez, y su suegro, Jesús Maya Santacruz. ¡Cosas de familia!

    En fin, que la historia de Javier Martínez Maya se podría resumir en una vasta producción e ingeniería de sonido en diferentes estudios bogotanos, pero también en una creación musical vastísima y heterogénea. En sus piezas hay pasillo, cumbia, trova, flamenco, salsa, jazz, rock, new age y, como no, los ritmos de su región de origen: bambucos, albazos y sonsureños.

    Lo del jazz, que en gran medida es la razón del homenaje, está siempre presente; incluso en obras que nunca vieron la luz discográfica tal y como el las había pensado. Por ejemplo, la Nariño All Stars, suerte de reunión de estrellas, cuya idea surgió una noche en los estudios de Ingeson donde trabajaba. Pero otras si que fueron plasmadas en espacios aparentemente poco cercanos, como las producciones del Grupo Trigo Negro, especializado en música andina bailable, también creación suya.

    El mismo denominaba su primer álbum, Tiempo de Carnaval en 1994, como una fusión extraña. En realidad estaba dando puntadas a lo que más tarde se extendió y consolidó como folk-jazz, y que ha tenido grandes cultores colombianos, sobre todo tríos, y populares espacios como el Festival Mono Núñez. El clásico Entre Dos Aguas, de Paco de Lucía, era una muestra evidente de ello, así como los porros, gaitas y cumbias tocados con charangos y quenas con los que rendía tributo a Lucho Bermúdez (Recordando a Lucho).

    Trigo Negro dio paso con el tiempo a Sol Barniz, y este rompió todos los esquemas musicales en los Carnavales de Blancos y Negros. Pero esa es una historia paralela a esto que nos ocupa, PastoJazz.

    Las músicas del mundo

    Decíamos que el origen fue un festival de jazz latino. Pero el devenir de los tiempos y la intención de contrastar con los otro otros festivales de jazz colombianos, cada vez más inclinados hacia el jazz afrocubano, hicieron que Juan Carlos Santacruz, su director, pensara en las músicas del mundo. Ese devenir de los tiempos era eso: el que casi todos los grandes festivales especializados en el orbe se han vuelto eclécticos. Con justa razón, además, porque es necesario atraer a más gente y más artistas itinerantes, y porque la globosidad moderna ha hecho que todo sea susceptible de estar mezclado.

    Esta séptima edición nos permite disfrutar de tal eclecticismo en el Teatro Javeriano. Veamos.

    Rosario GiulianiEl evento abre el 12 de septiembre con Rosario Giuliani, saxofonista italiano muy free pero también muy boop, en la onda de Phil Woods y con una claridad instrumental a toda prueba. Bien mirado el cartel de PastoJazz, esta es la muestra más clásica.

    Quinteto Leopoldo FedericoPero ese día también se presenta el Quinteto Leopoldo Federico, que ya rompe esquemas con su sola denominación de origen: no es argentino, es colombiano, y no hace tango tradicional, sino tango con variaciones en torno a la música suramericana y al jazz.

    Dida Pelled trioAl día siguiente, el 13, está prevista la presentación de Dida Pellet, israelí, pero de la escena neoyorquina y capaz de enlazar un jazz muy íntimo con el Indie, o lo que es más complejo: el blues tipo jazz con el blues como género particular. Y, claro, con influencias de un lado y otro, pero curiosamente de un trompetista, Roy Hargrove.

    Fatua TrioEl 14 entran en escena dos miradas nuevas. Por un lado, Fatua Trío, la apuesta pastusa del festival y cuya definición la hizo Miguel Camacho hace algún tiempo: “En Fatua se conjuga la excelencia en la composición con el virtuosismo en la ejecución; sus tres integrantes saben de sobra que el escenario que les ofrece su agrupación no les impondrá límite alguno y tal vez por eso se sienten, se ven y se oyen a sus anchas, haciendo de la batería, el bajo y el piano más que instrumentos, los territorios sobre los cuales respiran libres”.

    newdossierenglishh3oY por otro lado el organista suizo Frank Salis y su trío. Blues, por supuesto, y soul, como no; porque el órgano que interpreta es un Hammond, quintaesencia de una época y un estilo, y sonoridad afroamericana donde las haya. El Hammond es el jazz funk, basado en una amplificación de doble vía, y Frank Salis lo maneja como los dioses.

    The PloctonesEl cierre del festival está a cargo del cuarteto holandés The Ploctones, lo más ecléctico y free de la programación con guitarra, bajo, saxo y batería. Ecléctico, pero con inclinaciones hacia el rhythm and blues y el blues.

    Real CharangaY a continuación la Real Charanga, producto de la gran tradición charanguera salsera colombiana, y una de las agrupaciones líderes de la nueva salsa bogotana junto a La 33, Calambuco, La Conmoción y Kimbawe. La Real Charanga, bajo el mando de la familia Díaz, se hizo famosa por su poderoso tema Inspector Charanga, basado en el clásico A Shot in the Dark de Henry Mancini, que dio alma sonora al inolvidable personaje cinematográfico y de cartoons Inspector Clouseau. Pero su álbum más reciente, Real Groove, es una suerte de variación rítmica que acerca lo afrocubano a lo afroamericano, el jazz al soul, el R&B a la salsa, el swing al sabor.

    MiguelCamacho_PastoJazz-RadioNacionalPastoJazz 2017 es en si mismo un tributo a Miguel Camacho Castaño, su sapiente maestro de ceremonias, quien falleció hace pocas semanas. Miguel era uno de los mayores especialistas en jazz, jazz latino y jazz colombiano, y un enamorado de la ciudad de Pasto. Su pérdida difícilmente será reemplazada.

    Radio Gladys Palmera
    ha preparado una sesión especial con la música de todos los artistas invitados:

    José Arteaga

    +
    SOBRE MIGUEL CAMACHO
    SOBRE LA REAL CHARANGA
    SOBRE EL TEATRO JAVERIANO
    SOBRE PASTOJAZZ 2016: http://lahorafaniatica.gladyspalmera.com/tomandole-un-pulso-al-mundo/
    SOBRE PASTOJAZZ 2015: http://lahorafaniatica.gladyspalmera.com/danilo-perez-y-pastojazz-2015/
    SOBRE PASTOJAZZ 2014: http://lahorafaniatica.gladyspalmera.com/un-compas-natural/
    SOBRE PASTOJAZZ 2013: http://lahorafaniatica.gladyspalmera.com/lo-que-hay-camino-de-pasto/
    SOBRE PASTOJAZZ 2012: http://lahorafaniatica.gladyspalmera.com/homenaje-del-jazz-a-edy-martinez/
    SOBRE PASTOJAZZ 2011: http://lahorafaniatica.gladyspalmera.com/primer-pastojazz-musicas-del-mundo/

  • Rubén Blades y su despedida de la salsa

    RubenBlades_det4
    Rubén Blades ya no hará más giras de salsa. Le quedan anécdotas, ritmo y crónicas como esta que retratan su adiós con profundidad y sentimiento. Una crónica de Isabel Llano escrita originalmente para cancioneros.com

    Este sábado 22 de julio de 2017, con el concierto en Las Palmas de Gran Canaria, el cantautor Rubén Blades terminó su despedida de las giras de salsa en España. Fue el quinto concierto dentro de la gira Caminando, Adiós y Gracias, después de actuar en Vitoria, Madrid, Barcelona y Santa Cruz de Tenerife. El Poeta de la Salsa dice adiós a las giras de salsa por todo lo alto, después de 50 años de trayectoria en el género. En esta gira, iniciada hace más de un año, se presenta acompañado de Roberto Delgado & Orquesta, una tremenda big band panameña, con la que viene actuando desde 2010 y con la que ha grabado dos álbumes de canciones producidos por él: Son de Panamá (premio Grammy Latino 2015 a Mejor Álbum de Salsa y Premio Grammy –anglosajón- 2016 Best Tropical Latin Album) y Salsa Big Band, disponible desde abril de 2017. Con la orquesta y los arreglos de Roberto Delgado las canciones que interpreta Blades adquieren un sonido potente, tratando de recrear el de famosas big bands de la música latina como las de Machito y sus AfroCubans, con Mario Bauzá, Tito Rodríguez y Tito Puente, entre otros.

    La presentación del sonero panameño en el concierto de Barcelona, el pasado miércoles de 19 de julio, en el Poble Espanyol, fue impecable. Rubén Blades deleitó al público durante más de dos horas, en las que interpretó éxitos de diferentes etapas de su carrera, como el inmortal Pedro Navaja, María Lionza y Buscando Guayaba, con unos arreglos poderosos que permite este formato big band.

    Para los que hemos crecido escuchando sus canciones y lo hemos visto en concierto muchas veces a ambos lados del Atlántico, el anuncio de su despedida de los conciertos de salsa es un hito en nuestra historia y hacía imprescindible la asistencia a este concierto.

    El Poble Espanyol se llenó. Había gente de todas partes. Rubén Blades es un cantautor entre los más grandes, una estrella tanto para los nacionales como para los latinos residentes en la ciudad. En España, su fama creció por la difusión discográfica y las presentaciones que aquí organizó el sello Fania, pero en gran medida gracias a la versión de Pedro Navaja que popularizó en el país La Orquesta Platería, surgida en Barcelona la noche vieja de 1974-1975. Aún hoy, cuando se menciona el título de la canción, algunos catalanes la relacionan con la Platería. Para los latinos es otra cosa: las canciones de Rubén conforman la banda sonora vital y son constituyentes de la identidad cultural.

    El concierto empezó con puntualidad. Pasados pocos minutos de las nueve, aún con la luz de la tarde, la orquesta hizo su aparición en el escenario y enseguida también Rubén Blades, de negro, con bombín y gafas oscuras. “Muy buenas”, dijo, y cantó Pablo Pueblo, canción escrita en 1966, editada en el primer álbum con Willie Colón, ¡Metiendo Mano!, de 1977. El sonido gordo de los tres trombones, que nos grabó en la memoria Reynaldo Jorge, avisó lo que sería la sonoridad de la noche. Al terminar este primer tema, que habla de aquellos hombres que trabajan hasta jubilarse, el cantante volvió a saludar y quiso hacer “dos aclaraciones: los que no se han unido a la página web únanse, es gratis, las mejores cosas de la vida son gratis, es importante, porque estamos escribiendo allí”. La segunda era la explicación de su despedida: “cuando a uno le queda menos futuro que pasado, comienza a organizar su tiempo”. Había cumplido 69 años tres días antes, el domingo 16 de julio: “el cumpleaños siempre me toca en España”, reconoció. Es cierto, sus visitas en los últimos años han sido en este mes, como ejemplo el concierto que había hecho en el mismo Poble Espanyol el pasado 16 de julio de 2011, en la primera edición del desaparecido Festival Salsa y Latin Jazz de Barcelona.

    Continuó cantando Las Calles (del álbum Cantares del Subdesarrollo, 2009), pero esta vez, claro, en la versión big band (incluida en el álbum Son de Panamá) que dedicó “a las madres que mueren sin vacaciones de los que venimos de las clases populares”. Por las historias que narran las canciones, podríamos decir que Rubén Blades es el cronista del Barrio, pero no solamente del Spanish Harlem, sino de todos los barrios populares de América Latina: “soy de allí de los que sobrevivieron/ yo soy el hijo de Anoland y a pie sin coche/sobreviví de día, sobreviví la noche”, rezaba la canción.

    Interactuando con el público, como hizo después de cada tema, para introducir la siguiente canción, preguntó: “a ver si saben cuál es”. La orquesta tocó y hubo un magnífico solo de trompeta. Con esa nueva introducción era imposible saber que vendría la extraordinaria Decisiones (del álbum Buscando América, 1984, grabado con Seis del Solar). Un comic que se proyectaba en el telón detrás de la orquesta ilustraba la canción mientras entonábamos con Blades el magnífico coro: “Decisiones/cada día/ Alguien pierde, alguien gana ¡Ave María!/Decisiones, todo cuesta/Salgan y hagan sus apuestas, ¡Ciudadanía!”.

    Luego vino el sabroso son montuno Buscando Guayaba, del álbum Siembra, 1978, un disco de gran relevancia en la cultura e identidad latinoamericana, y Rubén recordó que lo grabó “con el gran Willie Colón”, como si con esa afirmación quisiera dejar atrás la ruptura de la amistad con el neoyorquino. Sonó después la nueva versión de Roberto Delgado de Arayué, el tema promocional del nuevo álbum Salsa Big Band, compuesto por Rubén Blades y originalmente grabado por Ray Barretto en 1980 en el álbum Giant Force.

    Hasta aquí la dosis de nostalgia era superada por la alegría de las nuevas sonoridades ofrecidas por la big band de Roberto Delgado, pero con la canción Amor y Control (del álbum homónimo de 1992) la cosa cambió (creo que no solo para mí): aunque ya lo supiéramos, oír la explicación en directo de Rubén sobre el origen de esta canción, después de las pérdidas de familiares por causa del cáncer, hizo que aflorara otro sentimiento. Para introducir esta canción Rubén explicó: “En 1992 yo estaba escribiendo sobre el descubrimiento de América, porque Colón estaba perdido, y mi mamá se enfermó y el proyecto se fue a otro lado. Es un canto a la muerte, es un canto a la madre, los problemas son los mismos y son las mismas soluciones, y con esta canción quiero solidarizarnos con todos los que estén pasando por problemas familiares de salud”.

    EnriqueRomero_RubenBladesEn Amor y Control, con los sonidos de cuerdas producidos por el teclado, la orquesta sonó casi como una filarmónica y, como dice la letra, nos ahogaba el sentimiento. Pero justamente por haber aprendido a oír y sentir la música salsa combinando lo sagrado y lo profano, algo común en nuestra cosa latina, esta canción y muchas otras del concierto nos brindaron la posibilidad de curarnos las tristezas bailando, improvisando pasos con sabor y sentimiento, no de memoria como los de academia, pues los arreglos de la música salsa “dan alegría al cuerpo y cierta tristeza al alma, pero una tristeza que se vive con felicidad”, como afirmó Enrique Romero en su libro Salsa, el orgullo del barrio.

    Para presentar la Caína (del álbum Escenas, 1985), Rubén citó a Medoro Madera, su alter ego: “Medoro Madera es el negro que vive en nosotros, todo blanco en el Caribe es sospechoso… Acá todo el mundo tiene un moro”. Y yo añado, humildemente, que no sólo moro: cada vez más trabajos de investigación demuestran, como enseña el documental Gurumbé, canciones de tu memoria negra (del antropólogo Miguel Ángel Rosales, estrenado en noviembre de 2016), que hay tanta sangre mora como africana debajo de la piel de los andaluces, y que el aporte africano a la cultura en España y Portugal ha sido negado hasta ahora. Rubén añadió: “le estoy haciendo un disco pa’ que el tipo me deje tranquilo”. Hace poco el cantautor confesó que publicaría un disco del octogenario cubano Medoro Madera, con canciones perdidas de hace más de 40 años, que han sido localizadas. Este personaje ha aparecido en varios discos a lo largo de la carrera. Publicada también en el álbum Son de Panamá, en esta canción Wichy López con la trompeta llegó a unos agudos increíbles, los coros diciendo “no se puede querer a la caína”, sonaron fantásticos, Rubén impostó en ciertos momentos la voz para cantar a medias con el negro Medoro Madera, y Luis Enrique Becerra también destacó con un solo en los teclados.

    Antes de escuchar la nueva versión big band del bolero Vino Añejo, incluida en el álbum Son de Panamá (pero inicialmente en el álbum La Rosa de los Vientos, 1996), el panameño recordó a su amigo médico el doctor Roberto Cedeño, compositor de este bolero, con quien tiene una amistad que les une desde la época en que ambos eran estudiantes en la Universidad de Panamá. Al terminar de contar una anécdota con el decano de Derecho por aquel entonces, dijo: “Los amigos son la mejor inversión que uno puede hacer en la vida”. La nueva versión de este bolero no debe pasar inadvertida para los amantes del género: “Te ofrezco un alma en decepciones concebida… No me importa hacerme viejo si me hago viejo contigo”, ¡qué letra!

    Dijo Rubén: “Del álbum que mucha gente considera que es el álbum que más ventas ha tenido en la salsa, esperamos que sepan que les tenemos presentes en las dificultades”, y enseguida cantó María Lionza, la diosa del folklore venerada en Venezuela, que evoca los rituales afro-indígenas que reflejan el mestizaje cultural latinoamericano (del álbum Siembra, 1978).

    Con la piel de gallina, además del mencionado Vino Añejo, hubo otro bolero: Apóyate en mi Alma (compuesto por Luis Demetrio, incluido en el álbum Salsa Big Band), originalmente interpretado por Santos Colón con la banda de Tito Puente en el álbum De Mi Para Ti. “Deja que penetre en mis entrañas tu sentir/ quiero compartir contigo tu sufrir/ y todo aquel dolor de tu pasado cruel” cantaba Rubén, y luego se escuchó el solo en el saxo barítono de Carlos Duarte.

    Como dirían los flamencos, cambiando de palo pa’ rumba, después de la sentidísima letra del anterior bolero, vino la historia “de la cándida niña” Ligia Elena (del álbum Canciones del Solar de los Aburridos, 1981) y el mensaje antirracismo que transmite esta canción: “Eso del racismo, brother, no está en na’”. Continuaría con El Cantante, de álbum Doble Filo, 1987, publicado después de haber cedido la canción a Héctor Lavoe en 1978 para su disco Comedia. Rubén señaló que no se arrepentía de no haberla grabado primero, porque Héctor la necesitaba, estaba pasando un mal momento. Le rindió un homenaje al cantante de los cantantes: “La muerte comienza por el olvido, mientras se recuerda la persona, la persona sigue viva, para él, para don Héctor Lavoe”. En el piano Juan Berna dejó escuchar el cumpleaños feliz, queriendo homenajear a Rubén por su reciente cumpleaños.

    A estas alturas del concierto, el Poble Espanyol estaba hasta los topes. Entre el público se apreciaban banderas de Venezuela, Perú, Panamá…, pero seguía llegando gente: dos hombres entraron a la zona VIP, y ya habían sonado más de diez temas, ¡pobres! con lo que cuestan esas entradas… ¿pobres? Al terminar El Cantante, Rubén volvió a recordar a Lavoe: “Yo le decía flaco, y después nos pusimos gordos los dos”.

    La canción siguiente enorgullecería ahora a los peruanos: Todos Vuelven, poema del escritor y poeta peruano César Alfredo Miró, originalmente vals peruano de Alcides Carreño Blas, que cuenta con varias versiones, pero, sin duda, la más conocida es la grabada por Blades en 1984, en el álbum Buscando América, con Seis del Solar. Mientras la anunciaba, sin escuchar lo que Blades decía, una chica gritaba con todas sus fuerzas Pedro Navaja, Pedro Navaja. El panameño, ajeno a la gritada petición de la desesperada, dijo: “Dedicada a todos los peruanos y a todo el público que está aquí”. En esta canción el protagonismo en los solos fue del timbalero Carlos Pérez.

    A pesar de que la chica no paraba de gritar Pedro Navaja, sin preocuparse de escuchar la historia de la siguiente canción, la que sonó fue Lo Pasado No Perdona (del álbum El que la Hace la Paga, 1983). Sonó magnífica en la versión de gran banda y con un solo de Juan Berna al piano. Te Están Buscando, otra de las canciones malandras que hizo con Willie Colón y grabó en el álbum Canciones del Solar de los Aburridos, de 1981, fue la que escuchamos después. Dio la casualidad que al tiempo que sonaba el coro “Por tu mala maña de irte sin pagar”, dos hombres del personal de seguridad sacaban a una pareja que se acababa de colar en la zona VIP, no sin antes hacerles quitarse la pulsera de papel color naranja que se habían agenciado para identificarse con los que accedían allí. Los sacaron a la vez que seguían sonando los coros y el solo del bajista Roberto Delgado respondía con brillantes slaps a las voces y los bronces.

    Por no oír de nuevo a la chica haciendo su petición desenfrenada, me volví al sitio donde se oye mejor: atrás al lado de la mesa de sonido. Del álbum Bohemio y Poeta, de 1979, escuchamos la canción dedicada a Paula C y Sin tu Cariño. Con esta última, Rubén Blades recordó sus tiempos en Fania y contó la anécdota del origen de la canción: escribió la canción un domingo, gracias a que Louie Ramírez le recordó que era algo pendiente, y esa misma noche Ramírez hizo el arreglo y al día siguiente la grabaron en los estudios de la discográfica para el álbum Spanish Fever.

    Seguramente adelante, cerca al escenario, se escucharía a la chica gritar de nuevo Pedro Navaja, pero la que siguió fue Todo mi Amor eres Tú (I just can’t stop loving you), compuesta con Michel Jackson, producida por Quincy Jones, que el rey del pop grabó en español. Blades, en broma o a lo mejor no, dijo: “este acorde se lo levantó Quincy Jones… en Thriller está el acorde que se levantó”… No sé si quería decir la armonía. Luego, como cierre tentativo del concierto vendría, para alivio de la susodicha y de muchos más, la canción que habla de la historia del doble asesinato en la ciudad de Nueva York, una de las ocho millones de historias de la Gran Manzana. Antes de cantarla, Blades dijo lo siguiente: “esta canción sólo sobrevivió por ustedes, todos decían que era muy larga, que no iba a triunfar… ahora ya todos saben cuál es”. Efectivamente, una gran cantidad de teléfonos móviles se veían por encima de las cabezas, bien porque empezaban a grabar o porque tomaban “selfies”. Comenzó a sonar Pedro Navaja (del álbum Siembra, 1978). Al fondo, como ilustración de la historia de la canción, se proyectaban unos rascacielos en blanco y negro, pero de pronto apareció a todo color un personaje negro que representaba a Pedro Navaja. ¡No puede ser!, pensé, ¡Ese no es el Pedro Navaja que yo he tenido en mi cabeza por tantos años! Es bonita la ilustración, sí, pero no hay derecho de acabar de golpe con el Pedro Navaja que cada uno de nosotros habíamos imaginado.

    Todos los músicos y técnicos de sonido salieron adelante del escenario, junto con Rubén, quien les agradeció una vez más, como ya había hecho poco después de comenzar el concierto: sin todos ellos habría sido imposible un concierto inolvidable de gran calidad.

    Como era de suponer, el público pidió ñapa y Rubén nos obsequió con dos bises: Maestra Vida (del álbum Maestra Vida, 1980, con Willie Colón), que compuso a sus 32 años y la dedicó a todos los presentes, y Patria (del álbum Antecedente, 1988). “Patria es un sentimiento”, dijo, “la dedico a todos los que hemos tenido que salir, para los inmigrantes” y agregó “para todos los que quieren a su país”. Al fondo del escenario se proyectaron muchísimas banderas y entre ellas también estaba la senyera. Si la música y las letras de las canciones de Rubén Blades remueven las emociones, no solo de los latinos, las imágenes que acompañan la actuación acentúan esa remoción. Blades es un cantautor que trasciende fronteras culturales y géneros musicales. Como al final de las películas, en el fondo del escenario rodaron los créditos que incluían a todos los músicos de la orquesta, los nombres de quienes estuvieron a cargo de las ilustraciones, entre otros.

    El espectáculo presentado bajo el título Caminando, Adiós y Gracias salió perfecto, porque se ajustó al guion. Había dos pantallas/telepronters en el escenario que, como antaño haría un atril, le permitían a Rubén ver las letras de las canciones y también saber sin dudar qué tema seguía en el programa o quién debía hacer solos. En algunas canciones no miraba y en otras miraba de soslayo las pantallas. En El Cantante, excepto quizás uno solo, todos los pregones no se improvisaron, estaban escritos y se leían en la pantalla. No es algo criticable, simplemente es una observación: los músicos instrumentistas tienen sus partituras porque la memoria es limitada. Sólo músicos muy excepcionales salen al escenario a tocar un concierto de dos horas sin un solo papel. Sin embargo, la improvisación de los pregones en la salsa, como la improvisación que hacen los instrumentos en sus solos, son lo que ha heredado esta música del jazz, y eso sí que no debería perderse, porque es algo esencial de esta música. Hay músicos que por hacer una versión fiel a una grabación, transcriben los solos. Pero aquí no estamos hablando de eso, ¿no? A mi modo de ver, los soneros no deben renunciar a tomar del contexto y de los hechos del momento el material para improvisar sus pregones.

    En todo caso, Rubén Blades se ha presentado más fuerte y vigente que nunca. En el concierto su voz se escuchó tan fresca como en sus años mozos. Dice adiós a las giras de salsa, pero esperamos verlo de nuevo en directo. Tiene entre manos varios discos y el proyecto Mixtura con su esposa, la cantante Luba Mason.

    Isabel Llano

  • Los mundos de Miguel Camacho

    MiguelCamacho_Juanita
    Cuando un amigo se va, se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido…

    Hubo un tiempo en que la HJUT, emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, era la mejor emisora musical de Bogotá. La razón era su staff, una auténtica all stars de la radio mal llamada popular y mal llamada clásica. Otto de Greiff, Bernardo Hoyos, Jean Louis Van Meerbeke, Richard Chotzen, Harold Sarmiento, Emilio Sanmiguel y Carlos Heredia, entre otros, y un excelente locutor de hablar pausado y magníficos libretos. Se llamaba Miguel Camacho.

    Fue Bernardo Hoyos, junto a la directora María de la Torre y el jefe de programación Camilo de Mendoza, quienes me llevaron, siendo yo muy joven, a formar parte de ese staff. Bernardo se había convertido en el mentor de la gente joven en la radio de élite, y al poco tiempo me enteré que Miguel también estaba allí por su recomendación y el buen hacer de sus directivos.

    Nos hicimos amigos en seguida. Ni siquiera hizo falta un café. La amistad suele surgir en momentos inesperados y de las formas mas disímiles; por lo general, tras compartir experiencias y convivir en un mismo recinto. Pero siempre porque se activa un factor instintivo, una especie de feromona social que nos hace entender el mundo del otro sin demasiadas introducciones y que se conoce como empatía.

    Miguel Felipe Camacho Castaño vivía en una casa muy bonita en la calle 71 arriba de la Caracas, junto a su madre, Olguita, una señora encantadora a más no poder, que se moría de amor por su hijo menor. Y en efecto, Miguel era el menor de seis hermanos: Isabel, Claudia, Adriana, Julio Andrés, Carlos Javier y él.

    Aquella casa tenía dos espacios que me encantaban: la habitación de Miguel, que era a la vez estudio de pintura y diseño, cuarto oscuro y dormitorio; y la biblioteca de su padre, ya fallecido: el poeta y periodista Arturo Camacho Ramírez. Una biblioteca extraordinaria, digna de tan ilustre personaje que se había codeado con las mejores plumas de Colombia y el continente: Eduardo Zalamea, León de Greiff, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Julio Cortazar, Pablo Neruda. Baste decir que era el jefe de tropa del Café Automático, símbolo de la bohemia literaria bogotana, y una de las cabezas visibles de la llamada generación de poetas Piedra y Cielo.

    Miguel era diseñador gráfico, con un estilo muy años 80, cargado de referentes geométricos y variaciones de color. Tenía una fuente tipográfica propia de doble línea y había fundado una agencia de publicidad junto al fotógrafo y diseñador Andrés Anzola. Eso si, le encantaba dibujar al caballete. Sentía especial predilección por los rostros femeninos en carboncillo, y su fuente de inspiración era la fotografía, otra de sus grandes pasiones. Y en todas se desenvolvía como un maestro.

    Pero todo tiene un antes y un después. Y ese instante decisivo de su vida sucedió en 1982.

    Ese año murió su padre y esa muerte dejó en Miguel el incansable deseo de rendirle tributo a su memoria. “Y sin embargo un día mis hijos contarán ingenuamente, que yo les sonreía tan verdaderamente, cual si fuera a vivir eternamente”, rezaba un verso del gran poeta. Tardaría un tiempo en ver plasmado su homenaje en la carátula de un libro suyo. Pero lo consiguió.

    Ese año también se forjó a pulso en el difícil y noble oficio de editor. Resulta que Patricia Lara iba a publicar un libro. Se titularía Siembra Vientos y Recogerás Tempestades, y era un reportaje tipo nuevo periodismo sobre los líderes todavía escondidos del M-19. El diseño se le encargó a Miguel y también la producción fotográfica. Pero conseguir una foto era un acto clandestino y las fuerzas militares seguían al milímetro cada movimiento de los del M. Si entrabas en contacto con ellos, ponías en riesgo tu vida. Así de simple. Así de frágil como es la vida.

    Alguien, no sé quien, citó a Miguel por teléfono y le prometió una sesión fotográfica. Miguel aceptó y fue hasta un edificio que, creo recordar, quedaba en la calle 19. Y aquí dejo a Miguel que continúe: “Tan pronto timbré se abrió la puerta, unos brazos enormes me agarraron por detrás y sin que yo pudiese decir nada, me encerraron en un armario. No se veía nada, no se escuchaba nada. Yo pensé que de esa no salía, hasta que finalmente me abrieron y me entregaron unas bolsas llenas de fotos. –Busque ahí-, me dijeron, y ahí estaban todas las fotografías habidas y por haber de Jaime Bateman y toda la plana mayor del M-19, incluso fotos personales. ¿Usted se imagina lo que habría dado el Ejército por ese material?”.

    Miguel salió muy asustado de aquel encierro, pero la portada de la primera edición de aquel libro bien valió la pena y resultó insuperable.

    Pero ese 1982 también fue el año en que comenzó a hacer radio, en una especie de pasión devoradora, donde descubrió que se movía como pez en el agua. Pasión y comodidad, pero también rigor, pues imprimió un estilo peculiar a sus locuciones y a unos libretos con un punto de suspense y breves trazos de ironía. Su programa en solitario en la HJUT se tituló Hablemos de Música, con una vibrante introducción a cargo de uno de sus ídolos: Elton John.

    Miguel amó muchas cosas: el humor de Les Luthiers, con quienes departió una y otra vez; el fútbol de Millonarios con Irigoyen, Willington y Alejandro Brand; el vibráfono de Cal Tjader, las carátulas de Pink Floyd, la guitarra de Pat Metheny, la ligereza tropical de Daiquirí, sus gatas Bijou, Perdita y Juanita… Muchas cosas, pero pocas mujeres, y eso que era enamoradizo.

    Se casó una vez y confieso que fui celestino de esa relación. Le presenté a mi compañera de universidad, Emma Restrepo, en la 90 con octava, junto a Tita Ferro en el apartamento de esta última, y fui testigo de aquel idilio y de todo lo que sucedió en los años que siguieron para cada uno. De esto sólo puedo decir, que cuando el tiempo acabó con aquella relación, siguieron siendo amigos, porque el amor se fue, pero la lealtad del uno con el otro continuó. Y es que si hubo algo que Miguel Camacho valoró en sus amigos fue la lealtad.

    Por eso quizás, fue exigente con sus amigos, incluso, diría yo, muy exigente. Se peleó con unos cuantos por ello y cerró su círculo de amigos íntimos en un puñado. Por eso también, le dolió muchísimo que su relación laboral con la HJCK, ya en este Siglo XXI, haya acabado mal.

    Pero volvamos a la HJUT, una emisora de naturaleza culta.

    Cuando acabó aquella etapa maravillosa, Miguel salió convertido en un maestro de la radio. El había sido años atrás profesor de diseño gráfico, pero esta nueva forma de ilustrar y explicarle a los jóvenes como puede hacerse buena radio musical en Bogotá, lo entusiasmaba.

    A comienzos de los años 90, Camilo de Mendoza, antes en la HJUT, nos llamó a Miguel y a mi para impartir unos cursos radiales en la Emisora Javeriana. De esos cursos surgieron muchas personas que sería luego claves en la comunicación social colombiana: Jaime Andrés Monsalve, Juan Carlos Garay, Gustavo Gómez Córdoba, Andrés Felipe Valencia, Juan Daza, Jaime Rodríguez, María Isabel Henao, Vicky Rueda y más. ¡Cómo no sentirse orgulloso de tan tremenda generación!

    Miguel, el maestro, inundó Bogotá de cursos de jazz, con música en vivo y conversaciones al final; la delicia de una ciudad aún en construcción hacia la metrópoli. Fue el presentador oficial del Festival de Jazz del Teatro Libre e impartió cursos por doquier. Lo que en los años 60 había significado Roberto Rodríguez Silva para la difusión del jazz en Colombia, fue Miguel Camacho Castaño para la capital colombiana en los años 90. Y fíjense ustedes, cuando Roberto murió, Miguel le contó a Gustavo Gómez que el gran profesor del jazz se había extinguido poco a poco, pero que le fascinaba notar que hasta el último instante mantuvo la mística de su educación musical y radial.

    Miguel Camacho no se extinguió poco a poco. Se fue de un momento a otro, dejándote avasallado por el impacto de la ausencia, envuelto en un mar de dudas porque incluso yo, que fui su amigo íntimo, no recuerdo tantas cosas como él a la hora de escribir este réquiem. ¿Para qué iba a recordar nada si ahí estaba Miguel para sacarte de dudas? Pero su memoria prodigiosa ya no está y ya nadie podrá defendernos.

    La última vez que nos vimos, envueltos en una noche de ron Zacapa, hablamos de la muerte. A él no parecía importarle su legado. A mi si. Le propuse que donáramos nuestra colecciones a la ciudad de Pasto, mi ciudad, de la que se había enamorado perdidamente en los últimos años. Le pareció bien, pero no seguimos hablando de ello. Dejamos la continuación de esa charla para un siguiente encuentro que nunca llegó.

    Cuando nuestro mentor, Bernardo Hoyos falleció, Miguel escribió: “Haber tenido la suerte de sentarse a conversar con él fue siempre comparable a ejercer, por un rato, una de las verdaderas bellas artes, la de la conversación”. Yo le quiero robar hoy esas palabras para despedirlo, despedirlo en vida, porque más allá, donde están Olguita y don Arturo, habrá cumplido con los versos del poeta que decían: “Espérame; no importa que no llegue: esperando creerás que llegaré”.

    José Arteaga