• Lo que hay camino de Pasto

    PastoJazz, único festival de jazz del sur de Colombia, recibe a Paquito D’Rivera y su Song for Maura. No es una visita cualquiera. Simboliza un cambio para una fuente natural de música.

    Aunque es muy posible que el sentimental tema Song for Maura, dedicado a su madre, hubiese sido compuesto e interpretado a finales de los años 70, la primera vez que se supo de él fue en el álbum de 1983 Paquito D’Rivera Live at KeyStone Korner, grabado en vivo en este mítico club de San Francisco para el sello Columbia junto a sus incondicionales Carlos Franzetti, Steve Bailey, Claudio Roditi, Ignacio Berroa y el ya fallecido Daniel Ponce. La interpretación de Song for Maura supuso el descubrimiento para la costa oeste norteamericana de este animal de la interpretación del saxo y el clarinete.

    Song for Maura volvió a ser grabado en 1989 en Tico! Tico!, para el sello Chesky. Luego lo volvió a grabar con una big band en el año 2003. También ha tenido versiones de José Valentino, Diego Gasparoto, e infinidad de estudiantes de música porque la canción es considerada una prueba de fuego para el enfoque de la improvisación en un contexto blues. Ahora, 30 años después de lo del KeyStone Corner es el título del álbum que Paquito ha grabado con el brasileño Trío Corrente, una de las formaciones con las que se siente más a gusto y con las que “sigue aprendiendo”, aunque tenga más cosas que enseñar que aprender.

    De 65 años de edad, Paquito D’Rivera es un auténtico genio de la música que explora entre grupos corales, quintetos de tango o cellistas sinfónicos todo lo que el jazz puede dar de sí y, de paso, los límites que él mismo puede alcanzar. Así ha estado marcada su ambición desde que hizo parte en su juventud de la Orquesta Cubana de Música Moderna, del Quinteto Cubano de Jazz, y del inigualable grupo Irakere, donde compartió escenario, gloria y premios con Chucho Valdés, Arturo Sandoval, Oscar Valdés, Carlos Averhoff o Carlos del Puerto.

    “Debía ser relativamente sencillo para un grupo tan talentoso como el de ustedes manejar aquellas armonías tan complejas”, le digo en tono especulativo a Enrique Plá y Carlos Emilio Morales en la casa de este último en La Habana. Y Morales me responde: “No te creas; era muy complejo para todos, menos para Paquito”. “Para Paquito todo era fácil”, concluye Plá.

    El haber sido designado como su sucesor en la dirección de la Orquesta de las Naciones Unidas por el mismísimo Dizzy Gillespie, debería ser suficiente para entender el nivel tan alto que tiene este músico. Pero por si las moscas agreguemos que posee siete premios Grammy y una medalla como Maestro del Jazz otorgado por la National Endowment for the Arts.

    Pero bueno, ¿a qué viene toda esta justificación de una personalidad tan clara en el mundo de la música? Pues a que tristemente hay un montón de gente que no lo conoce.


    60 días cerrado al año

    Ubicada en una región de abrupta topografía y durante años de difícil acceso, la ciudad de Pasto (y por ende el departamento colombiano de Nariño), está situada al pie del nudo montañoso que da inicio a los Andes y ha sido paso permanente de diferentes comercios y culturas que han dejado toques artísticos en una, ya de por si, fuente natural de arte. Pasto, por tanto, ha vivido aislado o distante, mejor, de los grandes eventos nacionales, pero al mismo tiempo, nunca ha dejado de producir músicos de enorme talento.

    Como en cualquier ciudad del mundo el jazz llegó a Pasto en forma de acetatos o vinilos de 78 rpm a comienzos de los años 30. En aquel tiempo sólo algunas familias y sitios públicos tenían acceso a ellos, pero la novedad sumada al paso de ciertos músicos de grandes orquestas que iban y venían de Colombia, Argentina y Perú, provocaron que se importaran instrumentos y que se formaran orquestas tipo jazz band, destacando la Jazz Colombia dirigida por el saxofonista Ignacio Burbano. Sus sitios de presentación: los domingos al completo en los años 40 en el Teatro Imperial, y con formato de quinteto en el céntrico Hotel Pacífico en los años 60.

    Pero cuando la gente dejó de bailar swing y las modas internacionales impusieron tendencias más atractivas entre la juventud, aquel jazz, aquella orquesta y aquellos creadores, fueron desapareciendo. El interés por el jazz se redujo entonces a los músicos que vieron en su complejidad una parte de su formación. La radio fue invadida por los sonidos pop y los Carnavales de Blancos y Negros, único evento-ventana de la ciudad, se entregaron a los ritmos tropicales y la salsa.

    Así fue que una generación tras otra, necesitada de espacios más grandes para mostrarse se fue a otras ciudades como Bogotá, Cali y Medellín: el multi-instrumentista Fausto Martínez, el pianista Gerardo Sansón, los saxofonistas Eriberto Mideros y Antonio Burbano, el pianista Noro Bastidas, el trompetista Eduardo Maya y el pianista Edy Martínez, aunque este último llegó siendo muy niño a Bogotá.

    Y pasaron los años y todo siguió igual. El mundo supo de los éxitos de estos “cerebros fugados” y en Colombia se supo que ese Sansón que tocaba con Lucho Bermúdez era pastuso, que ese trompetista de Oranjestad era pastuso, y que ese arreglista de Tito Puente que había ganado el Grammy era pastuso, pero no dejaron de ser meras anécdotas, casos curiosos de “un mundo alejado de la civilización”.

    La verdad es que Pasto no estaba tan lejos como para pensar así. De hecho, estaba cada vez mejor comunicado. La carrera Panamericana agilizó el comercio con Cali a partir de 1977 y facilitó el flujo de viajeros que iban desde Perú y Ecuador en busca de fortuna y mejores salarios a Venezuela. Lo que si representó un problema fue el aeropuerto. De pocos vuelos diarios, de pasajes costosos, y de constantes cierres por mal tiempo (60 días al año), no fue ninguna garantía para la realización de eventos que permitieran al gran público apreciar artistas de otras sonoridades.

    Aún así la emigración de los talentos continuó. En Bogotá consolidaron su carrera los hermanos Ricardo, Danny y Jairo Rosales, el último de los cuales fundó en 1988 el grupo Séptimo Sentido. De la misma forma apareció el timbalero Germán Villarreal, director con los años de la Mambo Big Band. El estilo de todos ellos era jazz afrocubano, el más idóneo para músicos de una tierra muy dada a la percusión, donde no sólo hay grandes talentos en la materia sino fábricas que proveen de instrumentos a media Colombia como Arce Percussion.

    Cultor de otros estilos más crossover, Javier Martínez Maya, hijo de Fausto Martínez y fundador de la compañía Arte Nova Music, quiso reunir en su momento a todos estos pastusos jazzistas en el “exterior” en un proyecto llamado Nariño All Stars. Fue un guiño a “la tierrita”, como se la llama popularmente. Martínez Maya es fruto también de esa emigración aunque, al igual que Villarreal, ha combinado este trabajo musical con obras más costumbristas y folk.

    Pero con el paso de los años Pasto fue abriéndose lentamente. No fue un asunto del siglo XX sino del XXI gracias al sentido mediático de la globalidad y al desarrollo de los medios digitales. Con la comunicación al instante en una plaza idónea para la inversión económica, las nuevas generaciones de talentos decidieron ir, aprender y volver. La Universidad de Nariño ayudó a que se establecieran nuevas propuestas y algunos músicos jóvenes vieron que había llegado el momento para exponer un jazz nacionalista.

    Lo de la globalidad no es un decir. Hasta hace poco el Festival Mono Núñez en Ginebra, Valle del Cauca, no tenía nada que ver con el jazz. Se trataba de una exposición de músicas del interior colombiano en diferentes formatos y variantes. Pero quienes las interpretaban eran por lo general jóvenes provenientes de conservatorio con notorias inclinaciones hacia el jazz. Ver lo que sucedía en otros países provocó el encuentro de ambas corrientes y el advenimiento de un folk-jazz que tuvo como punto de partida para Nariño el álbum Recital (Codiscos, 1995) de Jaime Uribe y José Revelo.

    Y en medio de ese descubrimiento aparecieron las propuestas más disímiles: el Latin Jazz Group of Pasto, el grupo Assai del guitarrista Luis Adrián Eraso Townend, el Imués Jazz Ensamble conformado por casi 50 niños y jóvenes de la banda juvenil de este municipio sureño. También las del pianista Mario Fajardo Santander, el bajista Wilson Fajardo, los saxofonistas Ángelo Dávila, Óscar Velásquez y Luis Medina, el trombonista Carlos Maya, los guitarristas John Jairo Gómez y Mauricio Paz Hernández y el percusionista Yeimy Argoty Benavides.

    No todos se han quedado. Hay muchos que siguen la idea inicial de abrirse camino afuera: el percusionista Jorge Guzmán, el trompetista Lucho Bravo, el percusionista Fabio Andrés Ortiz Rivera, y los hermanos Andrés y Jairo Nieva, entre otros.


    PastoJazz y las músicas del mundo

    Que se sepa la primera persona que pensó en un festival de jazz y músicas del mundo en el sur de Colombia fue un payanés, Jairo Grijalba Ruiz, músico y melómano quien presidía la Fundación Club de Jazz de Popayán y dirigía para 2007 el Festival Iberoamericano de Jazz en dicha ciudad.

    En 2009 pese al poco apoyo estatal realizó la tercera edición del festival y en un correo muy amable me contó su idea: “extender el festival en el año 2010 a Pasto, Neiva e Ipiales, ya que consideramos en la Fundación que se puede hacer un evento regional muy fuerte, con una serie de conciertos de alto nivel, que convoquen mucho más público amante del jazz y que permitan despertar el interés de empresas de la región que quieran financiar esta clase de actividades”. Pero en 2010 las ayudas que Grijalba requería no llegaron y la idea no se pudo concretar.

    Ese mismo año por otras circunstancias se llevó a cabo un Seminario-taller de periodismo cultural en el marco del III Congreso Iberoamericano de Cultura en Medellín, y a este asistió Juan Carlos Santacruz Gaviria, director del Fondo Mixto de Cultura de Nariño, organismo de gestión cultural adscrito al Gobierno. Tras una charla casual entre Juan Carlos y yo, y en la que estaba presente Laureano Córdoba, surgió la idea de PastoJazz.

    Lo primero que hicimos fue ponernos en contacto con Grijalba y lo segundo desearle éxitos a Santacruz en su gestión, pues a partir de ese momento Juan Carlos tomó las riendas del proyecto y se empeñó en sacarlo adelante costara lo que costara. Es evidente que Santacruz y su equipo de trabajo no consiguieron el patrocinio ni el respaldo que se habría deseado, pero aún así la primer edición de PastoJazz en 2011 supuso un gran despliegue artístico.

    Eduardo Maya
    se puso al frente de la Galeras Big Band de la Universidad de Nariño y de la agrupación juvenil Sandoná Jazz Ensemble, mientras que debutaron dos conjuntos locales: República Independiente y Jazzilón. En cuanto a los invitados asistieron el cuarteto del saxofonista Antonio Arnedo, el grupo bogotano Blueswagen, y la banda de Medellín Green Monkey. En el espacio para talleres y conversatorios se contó con la productora de Jazz al Parque Jeannette Riveros y la antropóloga, gestora y percusionista Bertha Quintero.

    La segunda edición de PastoJazz en 2012 rindió homenaje al gran Edy Martínez, sin duda el músico de jazz más grande que ha dado esta región y posiblemente el más importante de la historia de Colombia. Su larguísima trayectoria se remonta a comienzos de los años 60 en Bogotá y Nueva York como intérprete y compositor. Pianista habitual de Ray Barretto, Mongo Santamaría y Gato Barbieri, incursionó en el hard bop, el jazz fusion, los soundtracks, el latin soul y la salsa, destacándose como un brillante orquestador y arreglista.

    Ganador de tres premios Grammy, pasó por la gran mayoría de grupos, orquestas, big bands y ensambles latinos de su tiempo en la costa oeste de Estados Unidos antes de recalar una temporada en Holanda y Alemania y volver a Colombia para abanderar una etapa de revitalización del jazz colombiano. Tal vez por tanto trabajo su obra en solitario sea reducida (Privilegio en 1995 y Edy Martínez & his Jazz Orchestra en 2008).

    A esta segunda edición también llegaron el cuarteto francés Sakésho, el guitarrista israelí Assaf Kehati y el saxofonista italiano Francesco Cafiso, al frente de su grupo Island Blue. A ellos se sumó el ecléctico contrabajista bogotano Raúl Platz y el pianista Mario Fajardo Santander además del repitente Imués Jazz Ensemble, y la Pasto Big Band dirigida por Ángelo Dávila.

    Pero hubo algo llamativo que se supo entre bambalinas: PastoJazz fue incluido en el Circuito de Jazz Colombia, una alianza nacional destinada a facilitar la circulación de los artistas y sus proyectos entre los diferentes festivales de jazz que se realizan anualmente. Los miembros son: el Festival Internacional de Jazz del Teatro Libre de Bogotá, evento pionero fundado en 1988, el también bogotano Jazz al Parque (creado en 1995), MedeJazz (originado en 1997), BarranquiJazz (también desde 1997), Ajazzgo (desde 1999) y como invitado el Festival Internacional de Jazz en Barquisimeto (surgido en 2006).

    Todos estos festivales comenzaron modestamente. El del Teatro Libre, por ejemplo, arrancó en septiembre de ese año con artistas locales como Kent Biswell, Jorge Fadul y La Big Band; lo que da la medida de las posibilidades que puede alcanzar PastoJazz, el más joven de los eventos del Circuito.

    Claro que estar allí no es fácil, al menos hasta que este amplíe las posibilidades de su calendario. Y es que es mucho más sencillo gestionar la participación de artistas en un solo mes que a lo largo del año. Todos los festivales del Circuito se realizan en septiembre, quedando por fuera apenas el Festival de Jazz en Manizales.

    Por eso no están el Festival de Blues y Jazz de Bucaramanga (marzo), el Festival Uniquindiano (marzo), Ibagué Jazz Festival (abril), Festival de Blues y Jazz Libélula Dorada (abril), Jazz Camp & Festival de Pereira (junio), VillaJazz Festival (junio), la Temporada de Jazz Universitario de Manizales (junio), Cartagena de Indias Voces del Jazz (agosto) y el Festival de Jazz de Santa Cruz de Mompox (octubre). Eso si, dado que está el de Barquisimeto, podría estar Jazz In Situ de Quito, lo que potenciaría a PastoJazz y ampliaría el abanico de posibilidades de los otros.

    Sin embargo, no es nada sencillo gestionar festivales en Colombia, sino que lo diga Luz Marina Rodas, directora ejecutiva del Festival del Teatro Libre en sus primeros doce años. Como diría Ricardo Camacho, director de la misma institución: “Esto exige un enorme tino, paciencia, dedicación, pero también gusto y sentido”. Pero el principal lío es la falta de apoyo económico y allí está la razón por la cual se han quedado por el camino el citado Festival de Popayán, el Festival del Teatro Colón, SeviJazz o Jazz Sin Fronteras.


    El hijo de Makabí

    Como ya se ha dicho Paquito D’Rivera es el principal reclamo del III PastoJazz, pero como está demostrado sigue siendo un desconocido entre el gran público porque es un músico de jazz. Él, al igual que casi todos sus colegas, tiene la imagen de ser un producto exclusivo, elitista, para gente culta; y de la misma forma, aburrido y caro. Salvo esto último, nada más lejos de la realidad. Pero no hay que rasgarse las vestiduras. No es un problema suyo. Es un problema del jazz y de tantos años y años de no haberlo sabido sacar a la calle.

    A Paquito lo acompaña el Trío Corrente, integrado por Fabio Torres, Paulo Paulelli y Edu Ribeiro, los cuales han desarrollado un sonido que podría equipararse al del folk-jazz colombiano porque el origen es el mismo. Mientras en Colombia bambuco y pasillo se mezclaban con el jazz a partir de lo visto en el Festival Mono Núñez, en Brasil esa mezcla era entre el jazz y el choro, ritmo de comienzos de siglo XX que comenzó siendo música de favelas, se convirtió en baile urbano con orquestaciones modernistas, y encontró una fusión perfecta con el jazz de pequeño formato cien años después de su creación.

    Su primer álbum data de 2005 y el más reciente acaba de salir al mercado. Es Song for Maura, inspirado en la canción fetiche de Paquito D’Rivera y con la compañía de su autor, por supuesto.

    También estará el clarinetista italiano Gabriele Mirabassi, todo un joven veterano al que podría encuadrarse en la segunda generación del jazz italiano moderno, aunque el leid motiv de su obra más reciente son las variaciones en torno al choro, el mismo choro que marca la vida y la música del Trío Corrente. Es curioso pero Mirabassi, a quien le encantan los divertimentos en el escenario, es lo más parecido a Paquito que se puede encontrar en las costas del Mediterráneo, tan acostumbradas a un sonido más rígido.

    El lado colombiano de PastoJazz lo representa la cantante y compositora bogotana Urpi Barco Quintana, cuyo trabajo ha girado en torno a la música popular brasileña (más bossa nova que choro) y al folclor colombiano. En este sentido es una exponente de ese vocal jazz colombiano que también integran Lucía Pulido, Marta Gómez, María Mulata o Gloria Perea. Y al igual que a ellas lo que mejor le va es lo acústico, pues así realza el tono de voz y le da carácter a los contrapuntos constantes con el contrabajo.

    Y está Yurgaki aka Nicolás Cristancho Quintero, hijo de Bertha, hermano de una maravillosa pianista llamada Catalina, hijo de Makabí, el que fuera alma y nervio del Grupo Niche en sus comienzos. Desde bebé Yurgaki era un bendito. Todavía recuerdo el tremendo fiestorro que armamos un montón de melómanos en casa de Bertha y Makabí en la 63 con 2da., con Mongo Santamaría como estrella invitada… hasta el amanecer, y el niño no se despertó. Lo llevaba en la sangre.

    Yurgaki se dio a conocer con una producción de Gestarte titulada Ojo x Diente, un producto curioso para ese entonces pues respondía más al hip hop cubano de X Alfonso y a la nueva canción isleña de Raúl Paz que a las sonoridades bogotanas en boga. Luego vino un éxito radiofónico, Quiero Cantarte, aunque más en plan cumbia, y luego se fue.

    En Barcelona, por donde había pasado su hermana y a donde llegaría su padre, formó el trío que estará en PastoJazz con el bajista Felipe Varela y el baterista Fidel Minda, con quienes grabó el álbum Tres Nuevas Formas de Respirar Bajo el Agua, evidente tema central de su presentación en la capital de esta región de tan abrupta topografía que todavía tiene para escuchar todo lo que ha salido de ella.

    José Arteaga

  • Un grupo de músicos de leyenda más Quantic y Mario Galeano, un lugar histórico de la música tropical, una grabación analógica. Eso es Ondatrópica.

    “Muchos sueñan con grabar en Abbey Road, nosotros soñábamos con grabar en Discos Fuentes”, dijo en alguna ocasión Mario Galeano, líder de la banda de nueva cumbia Frente Cumbiero, en referencia a un proyecto donde muchas cosas podrían ser las protagonistas: él mismo y Quantic que tuvieron la idea, los legendarios músicos que la llevaron a cabo o el British Council que los apoyó. Pero el protagonista real es un estudio de grabación ubicado en Medellín.

    Los estudios de Discos Fuentes se inauguraron en 1960. Por aquel entonces en Medellín se grababa buena parte de la música colombiana contratando, por lo general, los servicios de las discográficas ya establecidas allí. Fuentes, que funcionaba en Cartagena, alquilaba los estudios de Discos Ondina, cuyo principal aval era una consola monofónica.

    Pero don José María Fuentes (hijo del fundador de la compañía y encargado de aquellos proyectos), se puso como meta lograr los niveles de excelencia que había visto en Columbia Records en Pitman, y por eso no descansó hasta montar unos estudios como Dios manda en una casa esquinera de tres plantas en Medellín. Su primera inversión fue una consola de dos canales; y su siguiente idea, acondicionar un mueble alrededor de ella.

    Como técnico contrató, entonces, a un muchacho que trabajaba en Ondina, Mario Rincón, y detrás suyo fueron llegando los personajes clave de la firma como Isaac Villanueva. El primer gran éxito fue Navidad Negra, de Pedro Laza y sus Pelayeros; el primer boom comercial, el recopilatorio 14 Cañonazos Bailables; y la primera gran banda asociada a la marca, Los Corraleros de Majagual. Y así hasta llegar a Fruko y sus Tesos y al hombre que le daría la internacionalización definitiva: Julio Ernesto Estrada, Fruko.

    Discos Fuentes ha sido más que eso, por supuesto. El 80% de la producción de música tropical colombiana en 50 años ha pasado por allí, y si a eso se suman los catálogos de Tropical, Estudio 15 o Gema, su fonoteca es junto a la mexicana Orfeon la más grande de América Latina. Por eso Mario Galeano y Quantic soñaban con grabar en sus estudios que, a pesar de haberse modernizado, tienen un aura de leyenda tropical.

    Y a esa leyenda contribuyen Los Irreales de Ondatropica, el conjunto que los dos músicos han creado rodeándose de leyendas de los viejos tiempos de Fuentes: el flautista millero Pedro Ramayá Beltrán, el saxofonista y cantante Michi Sarmiento, el pianista Alfredito Linares, el trompetista Jorge Gaviria (ex Fruko y sus Tesos), el cantante Markitos Mikolta (ex Peregoyo y su Combo Vacaná) y el timbalero Wilson Viveros (ex Los Tupamaros). A ellos se suman Nidia Góngora y Freddy Colorado de las Quantic bands, y Pedro Ojeda, Marco Fajardo y Eblis Álvarez de Frente Cumbiero. Y se suman Juan Carlos Puello (Sidestepper) y Miguel Vega (Bolaefuego).

    Se unieron más leyendas claro, como Juancho Vargas, Aníbal Velásquez y el propio Fruko, porque a diferencia de la fonoteca de Fuentes, olvidada durante décadas, a este proyecto todos se quisieron vincular. La discográfica Soundway se ha encargado de prensar los dos CD + libro, y los tres LP + bonus tracks en 45 rpm. Mario Rincón oficia como productor, entre otras razones porque esto se ha grabado en audio análogo y en tales lides no hay nadie mejor.

    José Arteaga.

  • LA SALSA HIPSTER DE HOY

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    La Williamsburg Salsa Orchestra simboliza con su estilo una nueva generación de salseros inconformes con los sonidos tradicionales.

    Esta orquesta de once músicos que dirige Gianni Mano no debe su nombre a la histórica ciudad algodonera de Virginia, sino a un barrio del Condado de Kings en Brooklyn, que tiene fama entre los neoyorquinos por concentrar la mayor cantidad de hipsters por metro cuadrado de la ciudad. Alternativos y disidentes de las modas, los hipsters se movieron un tiempo al ritmo que marcaba la generación beatnik y el jazz-rock, pero ahora se mueven entre el Indie, la latin music alternative y las nuevas tecnologías. Por eso, aunque su álbum debut es un recorrido por versiones salseras de canciones conocidas, la Williamsburg Salsa Orchestra no es para nada una banda conformista con su tiempo y con su estilo. Es la salsa hipster de hoy.

    Jon Uman aka Gianni Mano, productor y músico que dirigiera a comienzos de siglo XXI la banda Radio Mundial, dice que su orquesta “logra unir comunidades y hacer del estilo una música para todos”. De esa forma, un melómano salsero se siente atraído por la adaptación de un tema de post-rock, y un amante del rock experimental descubre todo lo que se puede hacer con las canciones de TV On The Radio (Wolf Like Me). Lo misma vale para el art-rock de Arcade Fine (Keep The Car Running) o el punk de LCD Soundsystem (Someone Great), aunque la base sea un poco de Indie y un poco de salsa. “La salsa es un género con una gran variedad de reglas, cuenta Mano, mientras que el Indie tiene muy pocas”.

    Los músicos de la Williamsburg Salsa Orchestra están repartidos así: piano, bajo, timbales, congas y bongoes, dos trompetas, dos trombones, un saxo y una vocalista. Para un salsero es un formato natural, para un rockero Indie es “demasiado” en el buen sentido de la palabra. Sin embargo, no son los metales los que marcan la diferencia como suele suceder en el soul tipo The Commitments, sino la cantante. Su nombre es Solange Prat, actriz y cantante nacida en Buenos Aires. Ella le da ese toque no-caribeño a la interpretación y sirve de puente entre los dos mundos que Mano desea conquistar. La Williamsburg Salsa Orchestra está entre las recomendaciones de Gladys Palmera, canal Online Radio.

    José Arteaga.

    Nota: esta reseña se publicó originalmente el 13 de octubre de 2011 en www.gladyspalmera.com