• La Real está on the groove

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    Una recomendación de Radio Gladys Palmera: Real Groove, lo nuevo de la Real Charanga. Latin jazz funk symphony by Bogotá.

    A juicio de Sergio Santana, autor de un detallado estudio sobre las charangas colombianas de próxima aparición, la Real Charanga es la mejor agrupación de flautas y violines que ha dado Colombia. Dice Santana que en Bogotá “se fue colando aquello de capital charanga y… en la primera década del milenio surgieron agrupaciones como esta”. Y luego anota que su concepto era fruto de una tradición familiar, “una propuesta dinámica basada en la calidad interpretativa de cada músico, músicos de conservatorio, y con arreglos originales sobre temas de tradición afrocubana y temas populares colombianos”.

    Sin embargo, Real Groove, que es el quinto álbum de esta agrupación, no va por la tradición. Es groove!, entendiendo por esta expresión la variación rítmica que acerca lo afrocubano a lo afroamericano, el jazz al soul, el R&B a la salsa, el swing al sabor. Y claro, por todo ello, es funk. Está ¡on the groove!, está en la onda, está en un nivel diferente (y podríamos decir superior) al de cualquier otra charanga contemporánea.

    Real Groove contiene diez temas, todos instrumentales, todos excelentes, y con uno, Urban Song, que es abiertamente funk y groove, como si se tratase de una declaración de intenciones antes de sumergirse en aguas costeñas, neoyorquinas y hasta flamencas. De ellas, la cumbia Madre es la que suena entre los Future Beats 20 de Radio Gladys Palmera. De hecho, fue difícil escoger uno solo de los diez temas, porque todos sonaban muy bien.

    ¿Pero cómo hizo la Real Charanga para evolucionar hasta este sonido? Pues resulta evidente que lo groove no es flor de un día, sino algo que la familia Díaz tiene como objetivo. Yo creo que la respuesta está en su pasado inmediato.

    La Real Charanga comenzó su andadura en 2003, pero que el año determinante de su éxito fue 2005 cuando entraron de lleno a Salsa al Parque y grabaron su primer disco (homónimo) que alcanzó más tarde las ondas de Radio Gladys Palmera con su soberbio tema instrumental Inspector Charanga, basado en el clásico A Shot in the Dark de Henry Mancini, que dio alma sonora al inolvidable personaje Inspector Clouseau.

    En esta historia ha tenido dos etapas, separadas por un parón de cinco años en sus grabaciones. En la primera mostraron dos álbumes, y en la segunda llevan tres. Pero en los escenarios, y aquí viene lo interesante, tuvieron un cambio aparentemente sencillo, aunque trascendental: pasaron a sus violines a la primera línea. Es decir, en el rider están primero los cantantes, cercanos al público, detrás los violines, y al fondo la sección de ritmo. Extraño, pues los violines, o sea, la sección melódica, siempre suele estar al fondo.

    Y ese hecho simboliza el cambio. Con Valentín, Daniel (director) y José Luis Díaz en las riendas, los arreglos de violines se volvieron más complejos, más sinfónicos si se quiere y se convirtieron en prioridad para el grupo; tanto que en el álbum A la Cameranga de 2012, arrasaban a su paso con las otras secciones orquestales como si fuese la crecida de un río. Una sección que quedaba en entredicho era la vocal. Allí había un cantante suelto, a la deriva, frente a una colosal orquestación de cuerdas. La Real Charanga había pasado de ser una charanga de salsa común y corriente, a ser una tremenda banda alternativa.

    La demostración está aquí, en Real Groove, que es el álbum que nos ocupa y que, como hemos dicho, es instrumental. Los tres violines, que son en realidad dos violines y una viola, se comportan de una manera sinfónica, trazando una línea melódica cantable. Pero no buscan alternar con los coros y sus cuartetas, sino que los reemplazan directamente, asumiendo un papel protagónico.

    Si se lleva este tratamiento al funk, el resultado es un juego constante entre la percusión y las cuerdas; y, en medio, las florituras de la flauta de Edinson Velásquez para no dejarnos olvidar que esto no ha dejado de ser salsero.

    Hay pocos antecedentes, pero se recuerda uno: Eddie Drennon, aquel fabuloso violinista de New Jersey, conocido en ambos lados del groove: como Dee con la Orquesta Novel y como Drennon en la banda de Ike & Tina Turner. Drennon hizo experimentos con este sonido en una agrupación llamada Charanga Chicago junto al flautista Mauricio Smith y también en una banda de R&B llamada BBS Unlimited.

    Es el estilo nuevo de la familia Díaz, a la que acompañan, aparte de Velásquez, Oscar Garzón en el piano, Julio Rojas en el bajo, William Durán en la batería, Efi Lambuley en las congas; y Víctor Mosquera, Arturo Rojas y Sebastián Torres en los coros. Larga vida a la Real Charanga, que deambula por un camino más universal con sus investigaciones y tratamientos… Como el inspector.

    José Arteaga

  • ¡Esto no es Buena Vista, baby, es Nuyorquino!

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    Una recomendación de Radio Gladys Palmera: Bambulaye, lo nuevo de la fenomenal banda neoyorquina Los Hacheros. Afrocubanía en estado puro.

    Cuatro años más tarde retornan Los Hacheros, posiblemente la banda más cubana del New York de hoy. Su nuevo trabajo musical se denomina Bambulaye, sugerente expresión que hace referencia a bailar y mover la cintura sin parar. “Laye, laye”, cantaban Arsenio Rodríguez y Celia Cruz rememorando las andanzas de un famoso rumbero en los solares habaneros, sentimiento que parece andar en cada rincón de este nuevo LP.

    Digo LP porque la casa discográfica Chulo Records ha publicado Bambulaye en CD y en vinilo, siguiendo lo hecho en 2012 con su álbum debut Pilón. El vinilo, sin duda, le da solera, como dirían en España; evoca viejos tiempos discográficos, y al mismo tiempo lo acerca a ese mundo nuevo que gira en torno a los tornamesas y su brillante sonido.

    Y también digo “retornan”, aunque sólo hago referencia a su regreso a los estudios de grabación, pues actividad en la calle tienen por montones desde que en ese 2012 Pilón rompiera los moldes de la salsa tradicional de Nueva York. Con su estilo, con su sonido acústico y con su concepto, Los Hacheros hicieron volver la cabeza hacia esa rumba cubana ambientada en el Spanish Harlem, el South Bronx, Williamsburg o el Lower East Side. Una rumba-after que bien podría simbolizar el mítico álbum de Sabú Martínez Palo Congo (Blue Note, 1957).

    Jacob Plasse, alma Mater de Los Hacheros, dice: ¡quiero que el álbum recoja ese feeling que se siente cuando la banda toca su ultimo set a las tres de la mañana! Es decir, el ambiente cargado de sudor, humo y alcohol (bueno, lo del humo ya es cosa del pasado), y el espacio al que van llegando músicos recién salidos de otros bares donde han tocado sus compromisos. La quintaesencia de la descarga y el jam session; un microclima donde el cansancio pasa a un segundo plano y se toma la decisión de salir de allí cuando el cielo vaya pasando de negro a azul. “El eco de un tambor fue el que me hizo olvidar. Sonó, sonó, sonó hasta que amaneció”.

    Jacob es capítulo aparte en esta nueva afrocubanización de Nueva York. Estuvo con Gabriel Roth y Neal Sugarman durante la creación del sello discográfico afroamericano de Brooklyn, Daptone Records; y creó el suyo propio, Chulo Records, dedicado a lo afrocaribeño. El sello tiene tres bandas en la actualidad: Melaza, Peliroja y Los Hacheros, y en los tres oficia como productor y como tresero. A juicio del diseñador, dj y coleccionista Pablo Yglesias, no dista mucho de ser un genio.

    Su compadre se llama Itai Kriss, es flautista, y en Los Hacheros es algo así como el director musical, o sea, el que marca las pautas. El sonido florido de su flauta, a la que es inevitable asociar con la fiebre de las charangas en los 60 y los 80 del siglo XX, contrasta y se complementa perfectamente con el vigor poderoso del trombón de Eddie Venegas. El es el polo a tierra de ese sonido peculiar, el que nos dice con sus fraseos de vara que estamos en Nueva York, o como dice Yglesias: ¡Esto no es Buena Vista, baby, es Nuyorquino!

    Venegas también toca el violín, por lo que es inevitable pensar en Lewis Kahn, el segundo judío maravilloso, leyenda de la salsa y de la influencia judía en la música latina de la Gran Manzana. Kahn brillaba con ambos instrumentos en todas las orquestas por las que pasó, que fueron todas las buenas en tiempo de Fania.

    William Ash en el bajo y Héctor Papote Jiménez en la voz solista, completan la base con la que se formó el grupo. Ellos y el bongosero, claro. En Pilón los bongoes los tocó Eddie Valentín, pero en Bambulaye los toca Carlitos Padrón, el talentoso percusionista venezolano, famoso por su banda Rumberos del Callejón. A todos ellos los acompaña para este proyecto en particular un crack de las congas, Roberto Quintero, cuya destreza se nota a leguas en cada canción. Y como invitado aparece el cantante David Frankel, visto antes en Spanglish Fly.

    Bambulaye contiene nueve canciones, todas afrorumberas, todas buenísimas. Algunas provienen de la tradición cubana como Píntate (“píntate los labios, María”), guaracha original de Ramón Castro y que hiciera famosa el sonero Roberto Faz. Otras son nuevas creaciones nuyoricans como el danzón instrumental Las Nieves de Brooklyn, que suena actualmente en Future Beats 20 como uno de los recomendados de Radio Gladys Palmera.

    Pero fíjense por donde, llama también la atención la carátula del álbum. El concepto y diseño es de Pablo Yglesias aka Dj Bongohead. Cuenta él que la idea inicial fue utilizar imágenes cubanas, pero que cuando trataban de profundizar en ello siempre acababan en los tópicos y… ¡Esto no es Buena Vista, baby, es Nuyorquino! Así que Yglesias, residente en Massachucetts, acudió a Miguel Periche aka Iroko Nuevo, bailador de la tropa folclórica de la ciudad, y con una foto de Andrew Greto en que Iroko aparece ataviado para un ritual santero y con un hacha de Changó en la mano, creó la carátula.

    No es casual, por supuesto. Changó es un hachero (“El caso es que los hacheros lo dejan quieto y se van. 72 hacheros pa’ un palo”) y a Jacob Plasse le interesa la ritualidad musical y ceremonial del palo congo en la santería (“Que cosa tiene ese palo que no lo pueden tumbar. 72 hacheros pa’ un palo”). Así que la idea de Yglesias redondeó un concepto, que viene a ser lo interesante de Los Hacheros. No es sólo un grupo musical al uso. Es el germen de una movida afrocubana en el Downtown de Manhattan.

    La carátula y grafismo están firmados por Peace & Rhythm, que es el sello de Yglesias y del que hacen parte viejos conocidos de Radio Gladys Palmera como Bio Ritmo, José Conde & Ola Fresca o la Orquesta El Macabeo. Peace & Rhythm y Chulo Records, por cierto, han sacado juntos un vinilo de 45 rpm o 7 pulgadas con dos canciones de Peliroja. Puede que sea el inicio de esta vuelta atrás hacia la modernidad.

    Escucha todo esto en el PLAYER de Radio Gladys Palmera.

    José Arteaga

  • Los trombones de Palmieri

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    Un recorrido por los trombonistas con los que ha grabado Eddie Palmieri, a propósito del disco Los Titanes del Trombón de Doug Beavers.

    A comienzos del año 2002, el joven trombonista Doug Beavers le presentó a un veteranísimo y premiadísimo Eddie Palmieri la transcripción de todas las partituras de los discos de La Perfecta, la banda estelar que había cambiado la forma de hacer música latina en Nueva York a comienzos de los años 60 del Siglo XX, y que sería capital para el surgimiento posterior de la salsa.

    El joven Beavers, que conoció a Palmieri gracias a su maestro Conrad Herwig, le mostró un total 61 transcripciones de canciones correspondientes a siete álbumes. Palmieri, por supuesto, se entusiasmó, siendo esa la piedra de toque definitiva para el nacimiento de un proyecto que venía rumiando desde hacía tiempo: La Perfecta II.

    Y así, 40 años, 33 discos después de su nacimiento y con algunos de sus protagonistas ya fallecidos, la grabación del álbum La Perfecta II se hizo con el sello Concord, al que siguió Ritmo Caliente y donde se rehicieron las canciones: El Molestoso, Tirándote Flores, Cuídate Compay, Tu Tu Ta Tá, Ay Que Rico, Lázaro y su Micrófono, Ritmo Caliente, Sujétate la Lengua y Lo Que Traigo es Sabroso.

    “Hasta ese momento, yo creía que tocar de nuevo los temas de La Perfecta era una blasfemia”, confesaría luego Eddie Palmieri, para luego anotar en el texto del CD: “Luego de un concierto especial de tres noches en el Birdland de Nueva York, me di cuanta de que La Perfecta II era el mayor tributo posible a mi colaboración creativa con Barry. Durante los conciertos del Birdland sentí como si Barry, mi compañero musical, con quien compartí unas transferencias de pensamientos creativos únicos y espirituales, hubiera vuelto a la vida”.

    Eddie Palmieri y Barry Rogers se habían conocido en 1960 es el Triton Club, un salón de baile ubicado en la segunda planta de un local del Southern Boulevard, en el Bronx. Acondicionado como tal e inaugurado a comienzos de ese mismo año, el Triton había sido durante 50 años teatro y cine. El teatro era el Spooner Theatre, donde actuaba la controvertida actriz local Cecil Spooner, en una época en que sus posiciones feministas le habían cerrado las puertas de todas las salas de la ciudad. El cine fue el Loew’s Spooner con 1.800 butacas y especializado en películas tipo B. Acabó en fracaso, claro, y fue arrendado al club deportivo The Sparks, que luego acabó convertido en club social, y que por obra y gracia del pelotero Frank Rivera, sería el Triton Club en la segunda planta de aquel teatro.

    Cuando se conocieron, el Triton Club era el after de moda, primero gracias a la Charanga Duboney de Charlie Palmieri y luego gracias a Johnny Pacheco, quien se convirtió en el gran animador de las noches de los martes e inauguró allí el estilo de baile llamado Bronx-hop. Barry Rogers tocaba entonces en el grupo de un saxofonista llamado Hugo Dickens y Eddie Palmieri en la orquesta de Tito Rodríguez. Rogers sabía quien era Palmieri, pero Palmieri no sabía quien era Rogers hasta que lo vio tocar el trombón en una de las jam session que Pacheco organizaba, después de que el Triton acababa de servir copas.

    El proyecto de crear una banda nueva nació tras ese encuentro y ambos estaban de acuerdo en el repertorio, pero había una discrepancia en el formato, discrepancia proveniente de sus orígenes. Palmieri optaba por cuatro trompetas en la sección de vientos estilo Tito Rodríguez, y Rogers por un trombón y un saxo estilo Hugo Dickens. Cuando Rogers ganó la partida por un razonamiento puramente económico (tener cuatro trompetas era carísimo), se optó por un trombón y una flauta, por aquello del sonido de charanga, formando un quinteto.

    Cuenta Barry Rogers que la verdadera evolución del formato de La Perfecta fue: primero, un trombón; luego, trombón y flauta; y finalmente, dos trombones y flauta. Pero aunque la elección fue por una cuestión de fuerza (dos trombones pesan más que una flauta, aunque se equilibra el sonido), la confirmación de que estaban en el camino correcto se dio cuando Al Santiago, dueño de Alegre Records, decidió grabar un disco con el sonero y cantante popular puertorriqueño Mon Rivera. Rivera ya venía trabajando con un conjunto de trombones, algo raro porque eso era terreno de las grandes orquestas y no de los pequeños grupos. Raro o no, lo cierto es que Santiago lo graba, pero como Rivera no tenía a sus compañeros habituales de San Juan y Mayagüez, esa grabación la hizo acompañado por La Perfecta de Eddie Palmieri y se tituló Que Gente Averiguá.

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    Pero antes de la grabación para Mon Rivera y del disco debut de Palmieri, hubo que buscar a los integrantes de La Perfecta, lo que fue bastante rápido y eso que se dieron varios cambios. El más llamativo de ellos, estuvo en el caso del segundo trombón. El hombre escogido por Rogers fue Joao Donato de Oliveira Neto, natural de Río Branco y quien era capaz de interpretar de todo. Había llegado a Estados Unidos para tocar en un casino de Nevada, pero se quedó en Nueva York diez años, hasta 1961, cuando decidió volver a Brasil luego de grabar el álbum debut de La Perfecta, pero antes de que este saliera al mercado.

    Con un montón de shows contratados en la ciudad, la búsqueda de un reemplazo fue incesante hasta que por fin se encontró la solución. A Rogers le hablaron muy bien de un multi-instrumentista de Brooklyn, graduado en la Julliard, quien tocaba para una banda conocida como Arvito Latin Rhythms, dirigida por Harvey Averne. Se llamaba Mark Weinstein y se le daba bien el trombón latino. Rogers lo contactó, hizo la prueba y Palmieri quedó tan encantado con él que lo firmó enseguida. Con ellos, más la flauta de George Castro, se lanzó Eddie Palmieri and his Conjunto La Perfecta.

    Sin embargo, Weinstein tenía sus propios proyectos y compromisos (una gira por Europa entre ellos), y cuando llegó la hora de grabar un segundo disco, El Molestoso, sólo pudo colaborar en un tema: el bolero Contento Estoy, en el que participan tres trombonistas: Barry Rogers, Mark Weinstein y el nuevo fichaje de la casa, Joe Orange, recomendado, por supuesto, por Rogers.

    Pero tanta era la efervescencia de la música en el Nueva York de entonces, que muchas formaciones no eran estables por estar cediendo músicos para las grabaciones y shows de otros. Con Orange pasó algo así y se tuvo que ir, y vuelta a empezar para Palmieri y Rogers en la búsqueda de un segundo trombón. Y aquí intervino un factor que ha caracterizado a Eddie Palmieri: todos lo que han pasado por su orquesta han hecho buenas migas con él.

    Eso pasó con Joe Donato, quien acudió a una grabación de Tito Puente (Vaya Puente), a la que también fue invitado a colaborar Barry Rogers. Donato le presentó a Rogers a un amigo suyo con el que había trabajado en Río de Janeiro. Era trombonista, muy simpático y de ascendencia dominicana, y se llamaba José Rodrigues. Y Rogers, ni bien escucharlo, corrió donde Palmieri y le dijo: “Encontré el trombonista que nos hace falta”.

    “El trabajo máximo de toda mi carrera ha sido el de Barry Rogers con José Rodrigues… Nunca se ha podido igualar y jamás se podrá volver a igualar lo que tocaron ellos los trombones para mi”, contaría Palmieri en La Hora Faniática.

    A ello cabría agregar una reflexión que Palmieri le hizo a David Carp: “Barry Rogers y José Rodrígues eran tan opuestos como complementarios en lo que individualmente podían hacer, y nosotros trabajábamos de esa forma. Por ejemplo, Barry se ponía a cantar coros y cuando tocábamos un mambo, la primera parte se le daba a José o incluso las notas más altas, cualquier cosa que le hiciera la vida más fácil a Barry, quien tenía problemas con sus labios, unas llagas febriles que eran un problema… Aquellos trombones cuando se usaban en un riff detrás de la flauta, no paraban y entonces Barry despegaba y seguía, y nosotros nos manteníamos detrás empujando y empujando. Ese instrumento no es un instrumento que esté capacitado para hacer lo que ellos hacían”.

    Con ese sistema de trabajo en escena, José Rodrigues es el segundo trombón en los álbumes Lo que Traigo es Sabroso (para el sello Alegre), Echando pa’lante, Azúcar pa’ti, Mambo con Conga es Mozambique y Molasses (para el sello Tico), y los dos discos que grabara con Cal Tjader: El Sonido Nuevo (Verve) y Bamboléate (Tico).

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    Pero el paso del tiempo dejó huella y ese formato tan atractivo de La Perfecta fue quedando atrás. Palmieri había roto los esquemas del concepto de charanga al reemplazar los violines por los trombones, en algo que su hermano Charlie denominó “trombanga”. Pero también había roto los moldes del ritmo de pachanga al interpretarla con una agresividad poco conocida y con un “in crescendo” permanente, como él mismo lo reconocía a Carp.

    De esta forma llegó el año de 1968 y en pleno auge del boogaloo, grabó el disco Champagne, donde La Perfecta dejó de existir para dar paso a Eddie Palmieri y su Orquesta. Barry Rogers y José Rodrígues siguieron en los trombones, George Castro combinó flauta y saxo, y se agregaron tres trompetas en manos de Alfredo Chocolate Armenteros, Roy Román y Lew Soloff.

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    Fue también el inicio de su fase experimental, que para resolver de una manera más orquestal trató buscando un equilibrio entre trompetas y trombones. El estilo sobrio de Chocolate con inclinaciones hacia el fraseo cubano, le vino como anillo al dedo, de modo que todavía contratado por Tico Records, grabó los complejos y contestatarios álbumes Justicia, Superimposition y Vámonos pa’l Monte.

    Sin embargo, Eddie lo tenía claro, pero Barry no. Y este prefirió buscar una alternativa estable de ingresos y menos riesgos y dejó la orquesta de Palmieri para trabajar en el grupo residente del Lloyd Price Turntable, un nightclub ubicado en la calle 52 y Broadway. Así, en Justicia tocaron Jose Rodrigues, Julian Preister, Lewis Kahn y Mark Weinstein; en Superimposition sólo Rodrigues y Kahn; y en Vámonos pa’l Monte sólo Rodrigues. En todos, eso si, intervino Chocolate como trompeta. Preister llegó a la banda por recomendación de Rogers, pues además de admirarlo mucho, tenía un estilo de interpretación muy parecido.

    Vámonos pa’l Monte fue la última grabación en estudio de Palmieri para Tico. Se hizo en 1971 e incluyó al saxofonista Pete Yellin y a los trompetistas Charles Camilleri y Víctor Paz. Este último sería hombre clave en los siguientes años, al convertirse en director musical de la orquesta y confirmar que Palmieri desde entonces siempre necesitó apoyarse en un trompetista de confianza.

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    Tico en ese entonces pertenecía al emporio Branston Music de Morris Levy, del que hacían parte otros sellos como Alegre, Cotique, Roulette o Speed. Pues en Roulette Palmieri grabaría el álbum Harlem River Drive, nombre de un grupo homónimo. En este intervinieron como trompetistas Burt Collins y Randy Brecker, como trombonistas Bruce Fowler y Barry Rogers, y como saxofonistas Ronnie Cuber y Dick Meza. El grupo Harlem River Drive había nacido en 1970 por iniciativa de Eddie Palmieri y del cantante de rhythm & blues Jimmy Norman.

    El disco final con Tico fue un concierto: Recorded Live at Sing Sing, álbum doble con grabaciones organizadas y recogidas por Joe Cain. En Sing Sing la trompeta la tocó Ray Maldonado, el trombón José Rodrigues y el saxo Ronnie Cuber. Tras ello, Palmieri firmó un contrato con el sello Coco de Harvey Averne.

    En su casa de Queens, Averne me contó que fue a la oficina de Morris Levy con 35.000 dólares en efectivo para comprar los derechos de grabación de Palmieri, pues necesitaba una estrella que marcara tendencias para su recién creado sello Coco. Y que cuando se sentó con Palmieri le confesó que su máximo anhelo era penetrar en el mercado puertorriqueño, aunque sabía que Palmieri no hacía una música tan fácil para bailar fuera de Nueva York. Palmieri aceptó y por ello fue que retornó a la idea de dos trombones y una trompeta. Su álbum debut con Coco, Sentido, como no podía ser de otra manera, tuvo como trombonistas a Barry Rogers, José Rodrigues y como trompetista a Víctor Paz.

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    Los dos trombonistas se volverían a unir en el álbum de concierto Timeless, una reconstrucción de La Perfecta en una época en la que Palmieri tocaba todas las noches de la semana en el Riverboat Club del Empire State Building de Nueva York.

    El éxito del artista se capitalizaría, igualmente, con un directo famoso: Concert at the University of Puerto Rico, donde aparecía un solo trombonista, José Rodrigues; un saxo, Ronnie Cuber; y dos trompetistas, Chocolate y Larry Spencer. Víctor Paz también intervino, pero sólo reforzando en estudio el trabajo del concierto. Es necesario anotar que Concert at the University of Puerto Rico fue grabado en otoño de 1971, tras un compromiso adquirido cuando aún Palmieri pertenecía a Tico… Por un módico precio quedó en poder de Coco.

    Palmieri, de todas formas, era talento inquieto, y necesitaba carta blanca para hacer cosas. Y esa carta la consiguió en 1974 con el que es considerado como “El Sgt. Pepper de la salsa”: The Sun of Latin Music. La sola mención de la línea de metales utilizada da una idea de los alcances armónicos de la obra y de la complejidad de la orquestación: saxos y flautas, Mario Rivera y Ronnie Cuber; trompetas, Virgil Jones y Víctor Paz; tuba, Tony Price; trombones, Barry Rogers y José Rodrigues. A ellos cabría sumar el violín de Alfredo de la Fe.

    Algo similar ocurrió en su siguiente trabajo, Unfinished Masterpiece, sólo que esta vez inclinó la balanza en los saxofones, cuatro en total interpretados por Lou Orenstein, Lou Marini, Ronnie Cuber y Mario Rivera. Los demás fueron individuales: trombón, Barry Rogers; trompeta, Víctor Paz; tuba, Tony Price y violín, Alfredo De La Fe.

    Con esos discos llegaron los premios Grammy, y allí empezaron a enfrentarse dos conceptos explosivos en el mundo de la música: éxito y genialidad. Averne y Palmieri entraron en conflicto y en medio de demandas y acusaciones, Palmieri firmó un contrato con Epic, una de las firmas más poderosas de la industria y donde el pianista se codearía con las grandes estrellas pop de su tiempo.

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    El disco con Epic, producido por Bobby Colomby se tituló Lucumí, Macumba, Voodoo y se grabó en 1978 para ser lanzado al año siguiente. Fue otra obra maestra aún más ambiciosa pues la sección de metales estaba integrada por cinco trompetistas: Jon Faddis, Lew Soloff, Alan Rubin, Charlie Camilleri y Chocolate Armenteros; tres saxofonistas: George Young, Lou Orenstein y Ronnie Cuber; una tuba, Tony Price; y atención, ¡ningún trombonista!

    La ausencia de trombones, explicó parcialmente, se debía a que buscaba más protagonismo para la percusión al tratarse de un homenaje a los antecedentes rituales de la música afrocubana. Lucumí, Macumba, Voodoo fue el último de los grandes long plays experimentales de Palmieri, pues a la vuelta de dos años, casi tres, entraría al redil de Fania Records.

    No es que en Fania lo obligaran a hacer una música más bailable, sino que los presupuestos ya no eran los mismos. La compañía buscaba nuevas licencias para el saneo empresarial y basaba su rentabilidad en las ventas internacionales más que en nuevos lanzamientos. Aún así Eddie Palmieri hizo cuatro álbumes, pero el primero de ellos, grabado a comienzos de 1981, es punto y aparte en su obra y en toda la historia de la música latina.

    El disco se tituló Eddie Palmieri. Era un álbum blanco con un pequeño piano negro pintado en acuarela en la esquina inferior izquierda. Por eso se conoció como “El Disco Blanco de Palmieri”. Cuando salió bajo el sello Bárbaro, licenciado por Fania, fue de inmediato considerado un clásico. Contó alguna vez Francisco Zumaqué que la grabación en La Tierra Sound Studios de Nueva York tardó un montón de horas. Más de 300, algo impensable si el estudio no hubiese pertenecido a Masucci. Palmieri, tan riguroso como siempre, discutió cada compás con Zumaqué y Barry Rogers, en medio de largas tandas de café y caladas de cigarrillo y marihuana.

    Por supuesto, Rogers fue el trombonista junto a José Rodrigues, en tanto que las trompetas quedaron en manos de Víctor Paz y Larry Moses. El álbum blanco fue, de todas formas, el último que grabaría Barry Rogers con su amigo. También sería el último de José Rodrigues, aunque este a diferencia de Rogers, acompañaría a Palmieri en giras y conciertos los años siguientes.

    En Palo pa’rumba, de 1984, los trompetistas fueron Angie Antomatei, Darío Morales y Juancito Torres; y los trombonistas, Gamalier González, Ralphi Torres y Víctor Candelario. En Solito, de 1985, la línea de metales fue idéntica, afianzándose Juancito Torres como el nuevo director musical en detrimento de Víctor Paz, pues según este le contó a Eric González en el portal Herencia Latina, Jerry Masucci no lo quería con Palmieri por razones que no explica.

    Y en La Verdad, de 1987, los trompetistas fueron Angie Machado, Charlie Sepúlveda, Tommy Villarini y Juancito Torres; en tanto que Ralphy Torres y Víctor Candelario quedaron como únicos trombonistas. El saxo lo tocó Héctor Veneros. Y con La Verdad concluye el período Fania y los compromisos contractuales de Palmieri con la compañía. Eso si, el sonido fue soberbio y eminentemente bailable.

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    En una época de grandes cambios en la industria discográfica, el multifacético y genial Kip Hanrahan produce un disco peculiar de Palmieri, Sueño, que, pensado para la todopoderosa Capitol acaba en la joven y clásica alemana Intuition de Vera Barnes. Sueño contiene siete temas, pero en sólo uno (La Libertad/Comparsa) utiliza trombón a cargo de Lewis Kahn. Kahn, por cierto, también toca el violín en otros números junto a Alfredo Triff y Shiro Sadamura. El saxo lo interpreta David Sanborn, y las trompetas Charlie Sepúlveda, y todo un descubrimiento para Palmieri, Brian Lynch.

    Lynch, a pesar de tener experiencia con estrellas latinas como Ángel Canales o Héctor Lavoe, consideraba a Palmieri como un músico de jazz. “Me quedó esa impresión porque siempre lo vi con pequeños grupos haciendo jazz en el Blue Note”, confesaría más tarde.

    Sepúlveda, por su parte, es primo de Palmieri y en Sueño ofició como director musical, al igual que en el siguiente trabajo, Llegó La India… Vía Eddie Palmieri. Este fue un álbum que dio paso a la relación entre Palmieri y Ralph Mercado, dueño de RMM y sus divisiones Soho Latino y Tropijazz. A Sepúlveda y Lynch se unieron como trompetistas Barry Daniels y Nelson Jaime. El saxo fue para el joven David Sánchez y para tocar el trombón llegó otro gran descubrimiento, Conrad Herwig.

    Haciendo un repaso de su vida junto a Palmieri, Herwig dijo hace poco: “Hubo momentos en que me pregunté si yo era un músico de jazz tocando salsa, o era un salsero tocado jazz. Pero sólo se convierte en parte de lo que eres, y los ritmos afrocubanos realmente tienen swing también. Cuanto más se sabe acerca de la música afrocubana, más se es capaz de hacer cosas en el jazz… Es todo lo mismo”.

    Pero antes de continuar con RMM había un compromiso de Palmieri con el sello Elektra: la grabación de un álbum instrumental acompañado de pequeño formato, tal y como tantas veces lo había visto Brian Lynch. Y fue con Lynch y Barry Danielian en las trompetas que lo hizo, además del saxo de Donald Harrison y el trombón de Conrad Herwig. Palmas fue un auténtico éxito y una refrescante sorpresa para un hombre que era capaz de reinventar su sonido en la última década del siglo XX.

    Así que para continuar con el estilo, ya invariable en los planes de Palmieri, sus siguientes álbumes para RMM tuvieron el mismo sello: instrumentales con pequeño formato y con los mismos músicos en los discos Arete de 1995 y Vortex de 1996.

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    Es posible que Johnny Rodríguez Jr., tenga razón al creer que a Palmieri le pasó lo mismo que le había pasado unos años atrás a Tito Puente: que fue el público europeo y su aceptación de este sonido vibrante adaptable a escenarios pequeños, el que lo convenció de cambiar y alternar la gran orquesta con el breve grupo. Quien sabe. Lo cierto es que para 1998 grabó su último trabajo para RMM alternando los dos formatos: El Rumbero del Piano en el que tuvo dos saxos: Donald Harrison y Phil Vieux; cuatro trompetas: Brian Lynch, David Rodríguez, Nelson Jaime y Tony Lujan; y un trombón, Conrad Herwig. El disco sirvió de puente a una obra excelsa de gran formato: Masterpiece/Obra Maestra, en el que el sello Universal, monopolizando casi todo el catálogo internacional de su tiempo, unía a dos leyendas: Eddie Palmieri y Tito Puente.

    La mega banda que grabó Masterpiece en 2000 tenía en los metales a: Dioris Rivera, Enrique Fernández, Iván Renta, Mario Rivera, Mitch Frohman, Paquito De Rivera, Pete Miranda, Pete Yellin y Phil Vieux (saxos); David Rodríguez, John Walsh, Nelson Jaime, Ray Vega y Tony Lujan (trompetas); Conrad Herwig, Lewis Kahn, Reynaldo Jorge y Chris Washburne (trombones). Los acompañaron Francisco Ríos, Leonardo Ríos y Mario Mota en los violines.

    Y así volvemos al comienzo del artículo con la forma como se gestó La Perfecta II ante la atenta mirada de los productores de Concord, empresa californiana convertida en líder del jazz latino de comienzos de siglo XXI: Glen Barros y John Burke. Concord hizo en total tres discos con Palmieri: La Perfecta II, Ritmo Caliente y Listen Here! En los dos primeros utilizó saxo, flauta, trompeta y trombón; y en el tercero, saxo, trompeta, trombón y violín. La lista es la siguiente:

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    La Perfecta II: Mario Rivera y Yosvany Terry (saxos); Eddie Zervigón y Dave Valentin (flautas); Brian Lynch y Pedro Rodríguez (trompetas); Conrad Herwig, Reynaldo Jorge y Doug Beavers (trombones).

    Ritmo Caliente: Iván Renta (saxos); Eddie Zervigón y Karen Joseph (flautas); Brian Lynch y John Walsh (trompetas); Conrad Herwig, Reynaldo Jorge, Chris Washburne y Doug Beavers (trombones); más un grupo de cuerdas.

    Listen Here!: Donald Harrison, Michael Brecker y David Sánchez (saxos); Brian Lynch y Nicholas Payton (trompetas); Conrad Herwig y Doug Beavers (trombones); Regina Carter (violín).

    Pero esta historia tiene una coda, el llamado The Brian Lynch/Eddie Palmieri Project, asociación que derivó en el álbum Simpático que la firma ArtistShare publicó en 2006; un magnífico ir y venir de salsa y jazz con composiciones compartidas por los dos amigos y con una base melódica bastante curiosa: cinco saxos (Donald Harrison, Mario Rivera, Phil Woods, Yosvany Terry y Gregory Tardy); una trompeta (Lynch) y dos trombones (Conrad Herwig y Joe Fiedler).

    De alguna manera Conrad Herwig no se quiso quedar atrás y en 2010 crecó para Half Note Records el proyecto asociativo Herbie Hancock, Conrad Herwig With Eddie Palmieri & Randy Brecker. Así en The Latin Side Of Herbie Hancock, de su ya consabida serie de “lados latinos”, usó un saxo y flauta (Craig Handy); dos trompetas (Randy Brecker y Mike Rodríguez); y un trombón (Herwig).

    El más reciente trabajo de Eddie Palmieri, la banda sonora del documental Doin’ It In The Park THE EP (GRG, 2013), no tuvo, por su parte, ni trompeta, ni flauta, ni trombón. Sólo un saxo que tocó Ronnie Cuber.

    En cuanto a Los Titanes del Trombón, donde no participa Palmieri, pero si “se lo siente”, dice Raúl de Gama en las notas introductorias algo que sirve de conclusión: “Beavers rinde honores a los maestros: JJ Johnson, Barry Rogers y Slide Hampton, quienes además de ser instrumentistas virtuosos también son grandes arreglistas. En su propio virtuosismo e ingenio como arreglista Beavers impacta con su discurso. Yo quería, dice Beavers, presentar un conjunto de arreglos nuevos y composiciones que destacaran el trombón, resaltando a la vez mis habilidades como arreglista y orquestador. Y en ese sentido Beavers realmente tiene una historia que contar, y muy memorable por cierto”.

    José Arteaga