• Los mundos de Miguel Camacho

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    Cuando un amigo se va, se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido…

    Hubo un tiempo en que la HJUT, emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, era la mejor emisora musical de Bogotá. La razón era su staff, una auténtica all stars de la radio mal llamada popular y mal llamada clásica. Otto de Greiff, Bernardo Hoyos, Jean Louis Van Meerbeke, Richard Chotzen, Harold Sarmiento, Emilio Sanmiguel y Carlos Heredia, entre otros, y un excelente locutor de hablar pausado y magníficos libretos. Se llamaba Miguel Camacho.

    Fue Bernardo Hoyos, junto a la directora María de la Torre y el jefe de programación Camilo de Mendoza, quienes me llevaron, siendo yo muy joven, a formar parte de ese staff. Bernardo se había convertido en el mentor de la gente joven en la radio de élite, y al poco tiempo me enteré que Miguel también estaba allí por su recomendación y el buen hacer de sus directivos.

    Nos hicimos amigos en seguida. Ni siquiera hizo falta un café. La amistad suele surgir en momentos inesperados y de las formas mas disímiles; por lo general, tras compartir experiencias y convivir en un mismo recinto. Pero siempre porque se activa un factor instintivo, una especie de feromona social que nos hace entender el mundo del otro sin demasiadas introducciones y que se conoce como empatía.

    Miguel Felipe Camacho Castaño vivía en una casa muy bonita en la calle 71 arriba de la Caracas, junto a su madre, Olguita, una señora encantadora a más no poder, que se moría de amor por su hijo menor. Y en efecto, Miguel era el menor de seis hermanos: Isabel, Claudia, Adriana, Julio Andrés, Carlos Javier y él.

    Aquella casa tenía dos espacios que me encantaban: la habitación de Miguel, que era a la vez estudio de pintura y diseño, cuarto oscuro y dormitorio; y la biblioteca de su padre, ya fallecido: el poeta y periodista Arturo Camacho Ramírez. Una biblioteca extraordinaria, digna de tan ilustre personaje que se había codeado con las mejores plumas de Colombia y el continente: Eduardo Zalamea, León de Greiff, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Julio Cortazar, Pablo Neruda. Baste decir que era el jefe de tropa del Café Automático, símbolo de la bohemia literaria bogotana, y una de las cabezas visibles de la llamada generación de poetas Piedra y Cielo.

    Miguel era diseñador gráfico, con un estilo muy años 80, cargado de referentes geométricos y variaciones de color. Tenía una fuente tipográfica propia de doble línea y había fundado una agencia de publicidad junto al fotógrafo y diseñador Andrés Anzola. Eso si, le encantaba dibujar al caballete. Sentía especial predilección por los rostros femeninos en carboncillo, y su fuente de inspiración era la fotografía, otra de sus grandes pasiones. Y en todas se desenvolvía como un maestro.

    Pero todo tiene un antes y un después. Y ese instante decisivo de su vida sucedió en 1982.

    Ese año murió su padre y esa muerte dejó en Miguel el incansable deseo de rendirle tributo a su memoria. “Y sin embargo un día mis hijos contarán ingenuamente, que yo les sonreía tan verdaderamente, cual si fuera a vivir eternamente”, rezaba un verso del gran poeta. Tardaría un tiempo en ver plasmado su homenaje en la carátula de un libro suyo. Pero lo consiguió.

    Ese año también se forjó a pulso en el difícil y noble oficio de editor. Resulta que Patricia Lara iba a publicar un libro. Se titularía Siembra Vientos y Recogerás Tempestades, y era un reportaje tipo nuevo periodismo sobre los líderes todavía escondidos del M-19. El diseño se le encargó a Miguel y también la producción fotográfica. Pero conseguir una foto era un acto clandestino y las fuerzas militares seguían al milímetro cada movimiento de los del M. Si entrabas en contacto con ellos, ponías en riesgo tu vida. Así de simple. Así de frágil como es la vida.

    Alguien, no sé quien, citó a Miguel por teléfono y le prometió una sesión fotográfica. Miguel aceptó y fue hasta un edificio que, creo recordar, quedaba en la calle 19. Y aquí dejo a Miguel que continúe: “Tan pronto timbré se abrió la puerta, unos brazos enormes me agarraron por detrás y sin que yo pudiese decir nada, me encerraron en un armario. No se veía nada, no se escuchaba nada. Yo pensé que de esa no salía, hasta que finalmente me abrieron y me entregaron unas bolsas llenas de fotos. –Busque ahí-, me dijeron, y ahí estaban todas las fotografías habidas y por haber de Jaime Bateman y toda la plana mayor del M-19, incluso fotos personales. ¿Usted se imagina lo que habría dado el Ejército por ese material?”.

    Miguel salió muy asustado de aquel encierro, pero la portada de la primera edición de aquel libro bien valió la pena y resultó insuperable.

    Pero ese 1982 también fue el año en que comenzó a hacer radio, en una especie de pasión devoradora, donde descubrió que se movía como pez en el agua. Pasión y comodidad, pero también rigor, pues imprimió un estilo peculiar a sus locuciones y a unos libretos con un punto de suspense y breves trazos de ironía. Su programa en solitario en la HJUT se tituló Hablemos de Música, con una vibrante introducción a cargo de uno de sus ídolos: Elton John.

    Miguel amó muchas cosas: el humor de Les Luthiers, con quienes departió una y otra vez; el fútbol de Millonarios con Irigoyen, Willington y Alejandro Brand; el vibráfono de Cal Tjader, las carátulas de Pink Floyd, la guitarra de Pat Metheny, la ligereza tropical de Daiquirí, sus gatas Bijou, Perdita y Juanita… Muchas cosas, pero pocas mujeres, y eso que era enamoradizo.

    Se casó una vez y confieso que fui celestino de esa relación. Le presenté a mi compañera de universidad, Emma Restrepo, en la 90 con octava, junto a Tita Ferro en el apartamento de esta última, y fui testigo de aquel idilio y de todo lo que sucedió en los años que siguieron para cada uno. De esto sólo puedo decir, que cuando el tiempo acabó con aquella relación, siguieron siendo amigos, porque el amor se fue, pero la lealtad del uno con el otro continuó. Y es que si hubo algo que Miguel Camacho valoró en sus amigos fue la lealtad.

    Por eso quizás, fue exigente con sus amigos, incluso, diría yo, muy exigente. Se peleó con unos cuantos por ello y cerró su círculo de amigos íntimos en un puñado. Por eso también, le dolió muchísimo que su relación laboral con la HJCK, ya en este Siglo XXI, haya acabado mal.

    Pero volvamos a la HJUT, una emisora de naturaleza culta.

    Cuando acabó aquella etapa maravillosa, Miguel salió convertido en un maestro de la radio. El había sido años atrás profesor de diseño gráfico, pero esta nueva forma de ilustrar y explicarle a los jóvenes como puede hacerse buena radio musical en Bogotá, lo entusiasmaba.

    A comienzos de los años 90, Camilo de Mendoza, antes en la HJUT, nos llamó a Miguel y a mi para impartir unos cursos radiales en la Emisora Javeriana. De esos cursos surgieron muchas personas que sería luego claves en la comunicación social colombiana: Jaime Andrés Monsalve, Juan Carlos Garay, Gustavo Gómez Córdoba, Andrés Felipe Valencia, Juan Daza, Jaime Rodríguez, María Isabel Henao, Vicky Rueda y más. ¡Cómo no sentirse orgulloso de tan tremenda generación!

    Miguel, el maestro, inundó Bogotá de cursos de jazz, con música en vivo y conversaciones al final; la delicia de una ciudad aún en construcción hacia la metrópoli. Fue el presentador oficial del Festival de Jazz del Teatro Libre e impartió cursos por doquier. Lo que en los años 60 había significado Roberto Rodríguez Silva para la difusión del jazz en Colombia, fue Miguel Camacho Castaño para la capital colombiana en los años 90. Y fíjense ustedes, cuando Roberto murió, Miguel le contó a Gustavo Gómez que el gran profesor del jazz se había extinguido poco a poco, pero que le fascinaba notar que hasta el último instante mantuvo la mística de su educación musical y radial.

    Miguel Camacho no se extinguió poco a poco. Se fue de un momento a otro, dejándote avasallado por el impacto de la ausencia, envuelto en un mar de dudas porque incluso yo, que fui su amigo íntimo, no recuerdo tantas cosas como él a la hora de escribir este réquiem. ¿Para qué iba a recordar nada si ahí estaba Miguel para sacarte de dudas? Pero su memoria prodigiosa ya no está y ya nadie podrá defendernos.

    La última vez que nos vimos, envueltos en una noche de ron Zacapa, hablamos de la muerte. A él no parecía importarle su legado. A mi si. Le propuse que donáramos nuestra colecciones a la ciudad de Pasto, mi ciudad, de la que se había enamorado perdidamente en los últimos años. Le pareció bien, pero no seguimos hablando de ello. Dejamos la continuación de esa charla para un siguiente encuentro que nunca llegó.

    Cuando nuestro mentor, Bernardo Hoyos falleció, Miguel escribió: “Haber tenido la suerte de sentarse a conversar con él fue siempre comparable a ejercer, por un rato, una de las verdaderas bellas artes, la de la conversación”. Yo le quiero robar hoy esas palabras para despedirlo, despedirlo en vida, porque más allá, donde están Olguita y don Arturo, habrá cumplido con los versos del poeta que decían: “Espérame; no importa que no llegue: esperando creerás que llegaré”.

    José Arteaga

  • La casa rosada

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    Nació como un local de ensayos y se convirtió en epicentro de la rumba bogotana, en fuente inagotable de músicos que hoy son historia. Así fueron los días de gloria de la Casa Rosada.

    “Esa casa llegó así. Ya tenía esos frisos que eran una verdadera obra de arte alargada colgando del techo y con figuras humanas talladas. Parece que el que la habitó también era otro loco. Es que esa casa siempre la hemos ido heredando locos, y por algo llegamos allá. Esa casa, tu miras, y marca la diferencia en esa cuadra. Por eso fue que la conseguimos. Mira. Muchas cosas de Los Carrangueros las conseguimos por el azar, pero yo creo que esa casa fue el destino que nos la tenía reservada”.

    El que habla es Ignacio Javier Apráez Villota, pastuso, músico fundador de Los Carrangueros de Ráquira, grupo musical que supuso una transformación en la música popular colombiana, siendo hoy símbolo de los sonidos del altiplano cundiboyacense. Y la casa de la que habla es una edificación de dos plantas ubicada en el número 44-54 de la carrera 15A, barrio Palermo de Bogotá. Una curiosa casa modernista con dos portales, dos balcones y una obra de arte figurativo ubicada sobre una saliente en la parte superior de las ventanas principales.

    La época a la que se refiere Apráez es a comienzos de los años 80; a 1981 para ser exactos, la época en la que Los Carranqueros eran la agrupación más famosa de Colombia junto a Pastor López, la Sonora Dinamita, Lisandro Meza, Rodolfo Aicardi y el Binomio de Oro. De hecho, destacaba en medio de ese gentío tropical con su propuesta que aunaba música andina, guasca, corrido, teatro, narrativa y humor. Eran el no va más de la música colombiana y la casa llegó porque tenía que llegar.

    Pero no nos llamemos a malos entendidos. La Casa Rosada no fue el Motel Bates ni la Mansión Hefner, ni fue Keops ni nada que se le parezca. Fue sencillamente un sitio clave en la historia de la rumba bogotana, pero para explicarlo hace falta que nos ubiquemos un poco más atrás en la época de la que hablamos.

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    Las carrancartas

    El grupo se llamaba Cantalibre y era una especie de ensamble de bogotanos y foráneos, todos estudiantes sin plata, contradictores, izquierdosos, inconformes, muy a la imagen y semejanza de lo que las universidades bogotanas dejaban aflorar al filo de la noche. Cantalibre estaba conformado por Iván Benavides, Fabio Forero y Javier Apráez, que estudiaban arquitectura en la Piloto, y a cuyo alrededor giraban Lucía Pulido, las hermanas Orejuela, Ernesto Santos, Nacho Castro y Josefina Cano, que estudiaba biología en la Nacional.

    Era un grupo de estudio que se reunía para pasar el rato y soltar la mano haciendo bambucos y rajaleñas, amén de alguna que otra canción protesta y alguna que otra nueva trova. Y claro, cada uno llevaba a su novia, a su compañero de cuarto, a sus amistades a las reuniones de guitarra en mano. Y una vez Fabio Forero llevó a su primo, un hombre un poco más mayor que todos ellos, ya graduado de arquitectura en la Nacional, bogotano pero acabado de llegar de Barranquilla y habilísimo en todo lo que se le pusiera por delante, especialmente en el dibujo, pues se ganaba la vida como caricaturista. Se llamaba Javier Moreno.

    Benavides, Apráez y Moreno congeniaron en seguida, no sólo por lo que estudiaban (estaban engomados con las ideas de la escuela Bauhaus), sino por el talento musical que a los tres les salía a chorros por la chistera. Moreno tenía un requinto y lo tocaba de forma soberbia, como pocas veces se veía en aquellos tiempos en esos ambientes marcados por la trova y el son cubano.

    Cantalibre siguió adelante, más juicioso por la entrada de Moreno, y se propuso ensayar los sábados, en tanto que iban recogiendo canciones de amigos y conocidos para interpretarlas en sus rumbas. Dos de esas canciones habían sido escritas por un veterinario de la Nacional, conocido y contemporáneo de Moreno, Jorge Velosa Ruiz. Las canciones eran típicas exponentes del mamertismo de aquel entonces, pero estaban cargadas de humor: La Lora Proletaria y Despiértese mi Dotor.

    Así las cosas, un buen día, Velosa apareció en uno de los ensayos de Cantalibre con un cartapacio de nuevas canciones. Vestía de overol y botas campaneras y conducía un camión, y estaba deprimido porque su papá le había regalado una tierra en Fúquene con la idea que mantuviera rentable su criadero de marranos. Pero la laguna se inundó, los marranos se murieron y Velosa se regresó a Bogotá a ver que encontraba y se reencontró con Moreno.

    Deslumbrado por la musicalidad de Cantalibre, Velosa se quedó con ellos y un buen día le propuso a Moreno que participaran en la Guitarra de Plata Campesina, un concurso que desde 1974 organizaba con éxito el dueño de Radio Furatena en Chiquinquirá, Luis Alejandro Rocha. Pero no podía ser un grupo grande por movilidad y compenetración, de modo que lo adaptaron a un cuarteto que quedó conformado por Javier Moreno, requinto; Javier Apráez, tiple; Iván Benavides, guitarra; y Jorge Velosa, guacharaca.

    Y mientras pasaba el tiempo hasta mediados del mes de noviembre de 1979, cuando se realizaría el concurso, el cuarteto consiguió una presentación en el Guamo, Tolima, famoso por sus fiestas, ferias y reinados. Y cuenta la leyenda que al requinto de Moreno, que era muy antiguo, se le cayó una clavija de madera durante el viaje y él, consiguió una rama, la talló y la puso en su lugar, y la rama floreció y Moreno siguió tocando su viejo requinto con aquella rama y su hojita porque estaba convencido que así sonaba mejor.

    Radio Furatena los declaró fuera de concurso y Rocha les ofreció un espacio radial. Y así, cada sábado por la tarde, a la hora de la pola, tras un viaje de tres horas en camión, Moreno y Velosa amenizaban el programa Canta el Pueblo que duraba 180 minutos y estaba dedicado a intercambiar historias con los campesinos de la región. Moreno creó entonces secciones en el espacio y una de ellas eran las carrancartas, suerte de buzón donde se leía la correspondencia llegada desde los lugares más apartados, incluso de Tolima y Santander; lo cual era muy raro dado que la emisora era AM (en los 1060 kHz).

    Pero las cartas no se dirigían a la emisora, sino al apartado aéreo de los músicos en los bajos del edificio Avianca del Parque Santander. Y llegaban tantas cartas de amor, de reclamo, de petición, de propuesta, de ideas, de fotos, de dibujos, de recetas, de chistes, de confesiones y de poemas, que los encargados se las guardaban en tulas al no poder meterlas en el casillero.

    Los pensamientos alrededor de ello, eran, sin embargo, dispares. Moreno quería hacer un trabajo artístico y cultural para homenajear a esos poetas populares. Por su mente pasaban ideas disímiles: hacer un comic, hacer un periódico, una revista, una película, un documental… Velosa, en cambio, veía oportunidades para letras: “Julia la que tiene 17 años aunque no parece”, “Y es delgadita como una aguja y es pequeñita como un botón”, “La vi por última vez la noche de navidad, me dijo que el 17 se iba para Bogotá”, “Ay, Rosita, Rosa, Rosa, Rosita la de las cartas, nunca pensé conocerte por medio de una baraja”.

    Como es lógico suponer, el liderazgo siempre estuvo en manos de Moreno y Velosa, en gran medida por ser mayores de edad que sus dos compañeros. Y en ellos se descargaron las decisiones importantes como participar en el Festival de Manizales de 1980, lo que conllevaría a que Javier Apráez abandonara la carrera de arquitectura en pos de la música; ponerle como nombre al grupo Los Carrangueros de Ráquira (existía en el Colegio Javeriano de Pasto el cuarteto Los Robinsons de Cascajal), o vestirse con ruana y sombrero a partir de una presentación en El Socorro, Santander, o hacer un nuevo programa de radio del mismo estilo pero los domingos por la mañana en Radio Súper, ya en Bogotá. Para efectos musicales, Jorge Velosa sería una especie de director artístico y Javier Moreno una especie de director musical.

    Pero ya para entonces Iván Benavides se había ido en busca de otros destinos. Su estilo, enfocado hacia una sonoridad más urbana y contemporánea, no acabó de encajar en el perfil que tenían en mente Moreno y Velosa. De modo que ambos se dieron a la tarea de buscar un guitarrista ideal.

    Félix Ramiro Zambrano era de Málaga, Santander, y acababa de llegar a Bogotá para estudiar pedagogía musical en la Pedagógica, tras su paso por la UIS en Bucaramanga y una beca frustrada para estudiar en Praga. En San Gil se había conocido tiempo atrás con Velosa, de modo que le traía un encargo y ambos se citaron en la taberna donde Zambrano había empezado a presentarse para cantar canciones de nueva trova y ganarse unos pesos. Velosa invitó a Moreno a ese encuentro en el bar Arte y Cerveza, en la calle 43 entre 13 y Caracas. Y tras escucharlo, dijeron: “este es el man”.

    Zambrano se convirtió en el nuevo integrante de Los Carrangueros en el programa de Radio Super, un programa que, como decían popularmente, parecía hecho para el servicio doméstico, muy al estilo de Fiesta Dominical que hacía Pachito Muñoz en la Emisora Mariana de Pasto, y de tantos otros de provincia. Y un domingo cualquiera, mientras lo hacían, fue que el presentador televisivo José Fernández Gómez los escuchó por pura casualidad y los invitó a su programa de televisión En Que País Vivimos. Allí esos “muchachos inquietos” tocaron La Cucharita y Julia Julia Julia, y tras el primer programa, la gente llamó a decir que quería más, y tuvieron que actuar en seis programas adicionales, aunque nunca más de “sesenta segundos”.

    Las cosas iban muy rápido para Los Carrangueros, y una vez definido el estilo y los proyectos, los cuatro, Moreno, Velosa, Apráez y Zambrano, iban juntos pa’ todo lado, pa’ rriba y pa’ bajo. Así en todos los proyectos, incluso en uno en el que Velosa estaba empeñado: grabar un disco. La idea inicial era grabar un cassette, pero aún esa posibilidad requería de un estudio y las condiciones de la emisora de radio no parecían las adecuadas.

    Pero ocurrió que José Fernández Gómez los volvió a llamar, pues se había puesto en contacto con un amigo suyo llamado Francisco Montoya, uno de los más experimentados productores discográficos del país, que acababa de inaugurar un sello con sus iniciales, FM. Y a las flamantes oficinas de Montoya llegaron “los cuatro del Ave María”, y a esa reunión asistió uno de los socios de Montoya, Ricardo Acosta, cantante y compositor nacido en Cuba, nacionalizado en Costa Rica y radicado en Colombia. Acosta se había dedicado a la producción musical y había creado, al amparo de FM, un sello llamado Pare y que tenía apenas tres discos en el mercado.

    Montoya hizo un diagnóstico: “Es una propuesta interesante para un público determinado. El tema La Cucharita, sin embargo, es algo diferente, pero bien puede ser un éxito o pasar totalmente inadvertido”. Acosta, en cambio, estaba encantado. Nunca había escuchado algo así, acostumbrado como estaba a cantar y producir baladas, rock and roll, salsa y música tropical. Era un riesgo, pero se arriesgó.

    El proyecto quedó en manos de Acosta, quien se los llevó casi de inmediato a los estudios Ingesón, de Manuel Drezner, en el edificio Distral de la calle 22 arriba de la Séptima, donde el ingeniero José Sánchez los grabó en un abrir y cerrar de ojos. La razón de la rapidez fue que el cuarteto grabó en conjunto y no cada uno por separado.

    Pero pasó como había pronosticado Montoya. El álbum homónimo tuvo un gran éxito en Boyacá, pero no en el resto del país. Tuvieron que pasar cuatro meses hasta que las fiestas de diciembre desataran el furor por Los Carrangueros de Ráquira. Fue lo nunca visto. La Cucharita se convirtió en un himno de los enruanados y el aire de recocha que le quisieron dar algunos por el sentido del humor del grupo (comparándolo con Los Recochan Boys del programa El Show de Jimmy), pasó a un segundo plano para entenderse como una manera moderna de ver la música del interior colombiano.

    1981 fue el año estelar. El álbum del sello Pare se agotó y al reimprimirlo, Montoya lo incluyó ya como parte del catálogo de FM Discos y Cintas. Se vendieron cien mil copias en un plis plas, lo que equivalía a dos discos de oro, y se programó la grabación de un siguiente trabajo con FM para el año siguiente. A Los Carrangueros los querían contratar en todas partes; prácticamente se peleaban por tenerlos en programas, ferias y festivales.

    Tan famosos que cuando llegaron a Bogotá dos pesos pesados de la televisión hispana, Raúl Velasco y René Anselmo, con el fin de elegir al representante colombiano para la gala del Día de la Hispanidad en el Madison Square Garden de Nueva York, incluyeron entre los candidatos a Los Carrangueros junto a Noel Petro, Claudia de Colombia, el Binomio de Oro y nada más y nada menos que Lucho Bermúdez. Y contra todo pronóstico resultaron elegidos en la elección celebrada en el Teatro Colsubsidio.

    Los Carrangueros tocaron en el Madison la noche del 11 de octubre de 1981 en la gala donde también estuvieron Camilo Sesto, Rocío Jurado, Roberto Carlos, Lola Beltrán, Miguel Bosé y José Luis Rodríguez. El evento fue transmitido a 21 países y Televisa estimó que la audiencia había alcanzado los 200 millones de personas. Fue el techo de su fama.

    ¿Y qué hicieron con el dinero?

    No ganaron mucho, porque como ellos recuerdan “siempre nos dieron en la nuca”. Pero si obtuvieron ganancias y con parte de ellas compraron la casa de la 15A con 45.

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    Lilienthal

    “Queríamos que la Casa Rosada fuera el lugar de ensayo para todos los proyectos culturales, porque los Carrangueros era un proyecto multicultural. Nosotros queríamos hacer una revista, un periódico, ya hacíamos radio, queríamos hacer cine, y hasta un comic. Y se alcanzó a hacer algo, pero ese era el vuelo de Javier, pero no el de Jorge, que iba más por su cuento musical personal, ¿si me entiendes?”.

    Era una casa Art Nouveau, un estilo que había dejado una serie de elementos comunes, como las líneas en relieve y las curvaturas de los balcones, en varias edificaciones a lo largo de la ruta original del viejo tranvía de Bogotá. Se decía que esa casa había sido la primera del sector en aquella carrera de corta extensión (sólo cuatro cuadras desde la diagonal 40A hasta la calle 45) y que todas las demás eran construcciones nuevas. Fue por ello que les llamó tanto la atención a los Carrangueros y fue por ello que cuando Javier Moreno la vio, corrió a encontrarse con sus compañeros que ensayaban en una boardilla por Teusaquillo, y les dijo escueta y emocionadamente: “Vi la casa que es”.

    Los cuatro entraron con muchas ganas a habitarla y lo primero que hicieron fue aplicar en la fachada un color rosado Soacha, color que según el catálogo Pantone no existía, pero era más intenso y fuerte que el rosa de los juguetes para niñas. Luego empezaron a llevar sus cosas. Apráez y Zambrano se llevaron todo porque ellos no tenían casa al ser de provincia y vivían de alquiler. Jorge Velosa ya vivía en Bogotá con su mujer en su casa, y Javier Moreno tenía su casa en Los Alcázares, proyecto arquitectónico innovador en la Bogotá de los años 40, pegado al barrio Siete de Agosto.

    Talentoso como era para todos los oficios, Moreno metió en el garaje un Plymouth del 59, un carro grandote de dos faros a cada lado y alerones en la parte trasera junto al baúl. Su sueño, si Dios le daba vida y salud, era restaurarlo con sus propias manos. Cada rincón de la casa fue decorado como si de un lugar de arte y ensayo se tratara. Del techo del baño colgaron una bañera para bebés.

    Pero lo que estaba destinado a ser un centro de unión, acabó convertido en fuente de dispersión. Las grabaciones continuaron con FM y Acosta, pero en tanto que Velosa insistía en seguir por ese camino, Moreno buscaba crear una especie de fundación donde tuvieran cabida la música, el arte y la enseñanza; un movimiento carranguerista. Quería volver a los orígenes de la idea que había inspirado todo. Le apasionaban las rajaleñas, las guabinas, los bambucos, los pasillos y los sonsureños, pero también la música del Caribe antillano y continental.

    Los Corraleros de Majagual eran los ídolos de Moreno y Zambrano, cada vez más compenetrados; a Apráez le encantaba el son cubano y todas sus variantes, comenzando por la salsa; mientras que a Velosa le gustaba Cantinflas. Por ello y por más fue transcurriendo el tiempo cumpliendo compromisos y llegando al final de los contratos. Mantuvieron la fama, aunque esta fue pasando poco a poco al lado de Jorge Velosa, el más visible de los cuatro ante los medios de comunicación y al que menos le gustaba el anonimato. Hasta que un día se reunieron y dijeron basta.

    No se pelearon ni mucho menos. Sencillamente, como en los matrimonios que se agotan, decidieron darse un tiempito. Lo llamaron vacaciones y cada uno siguió por su rumbo. Jorge Velosa se asoció con los hermanos Torres Ariza y le puso a su música carranga. A los demás no les gustó, pero no le pararon muchas bolas. Javier Moreno retornó a su faceta de dibujante y multioficios, sin dejar de componer para un nuevo grupo musical que quería formar. En sus ratos libres hacía milhojas, y hasta montó una fábrica, fracasando a las primeras de cambio porque se las regalaba a sus amigos. Ramiro Zambrano regresó a la universidad para terminar pedagogía musical. Y Javier Apráez se fue para Alemania.

    El viaje a Alemania fue con Jorge López Palacio, antropólogo y músico fundador de un grupo de música andina que ya era leyenda para aquel entonces, Yaki Kandru. Ambos partieron desde Paris para encontrarse con Rainer Schobess, uno de los líderes del cuarteto de folk alternativo Lilienthal, cuya presentación en el Teatro Colsubsidio había supuesto un revolcón en los conceptos que se tenían hasta entonces de las fusiones de la música folclórica. López se había convertido en un maestro para Apráez y ambos tenían la posibilidad de formar parte de Lilienthal. Y así fue, llegando a grabar el disco Colombia Paloma Herida con el sello SMB en la pequeña ciudad medieval de Göttingen.

    Pero en medio de una gira por 35 ciudades alemanas, López abandonó el proyecto dejando en la estacada a Lilienthal. Se rompieron las relaciones, los alemanes se fueron y López y Apráez tuvieron que llamar a Ramiro Zambrano para acabar la gira y poder cumplir el contrato firmado de antemano. Y Apráez y Zambrano volvieron a Colombia. López se quedó continuando con un interminable exilio político.

    Y al llegar a Bogotá, el golpe de gracia, la peor noticia que ambos podían esperar y desear. Javier Moreno Forero fallecía en un taxi camino de la Clínica Marly. Hacía años que sufría de asma y un día lo invadió un ataque hasta el extremo que su corazón colapsó. Tenía apenas 33 años.

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    El corredor de la Nacho

    En julio de 1985 la calle 45 era la calle de la rumba universitaria. En el tramo que va de la carrera Séptima a la carrera 30 estaban ubicadas la Universidad Javeriana, la Universidad Piloto y la Universidad Nacional, y en sus alrededores la Distrital, la Católica y el INPAHU. Al frente de la Javeriana, entre el túnel y la 45 habían cuatro tabernas, rodeando la Piloto habían siete, y en el tramo que va de la 45 a la 42 frente a la Nacional habían dos. Todas eran pequeñitas con cuatro o cinco mesas a lo sumo y que ofrecían cerveza por encima de todas las cosas. Muy de vez en cuando había plata para un aguardiente.

    El primer bar que hubo por esos lados fue Sones y Cantares en la Séptima con 47 y de propiedad de Ramiro Hernández. Algún tiempo más tarde, se dio aquel fenómeno tan curioso del desplazamiento de la rumba bogotana del centro hacia Teusaquillo, en parte motivado por el impacto de la salsa, y en parte por las escasas restricciones distritales para poner negocios donde se pudiera beber cerveza y poner música. Así fueron apareciendo otros bares.

    Para 1985 había una sede de Quiebracanto en un sótano en la Séptima casi esquina con 46, allí mismo estaba Melodías de Pedro Puente y, alquilado por Álvaro Manosalva, dueño de Quiebracanto, un local que se llamaba La Casa del Jazz, aunque no sólo de jazz vivía la casa sino de reggae y salsa. Un poquito más allá estaba La Rumba de Efra, y un poquito más acá, en la esquina de la 48 subiendo unas graditas, se inauguró Anacaona; según Mario Caicedo y Oscar Torres, que se los recorrieron todos toditos todos, el sitio más bacano para rumbear con una viejita en plan tranquilo de toda Bogotá. Ya llegando a la 52 se encontraba El Bulín, una peña donde se reunían los inconformes y los poetas.

    Por allí estaba La Habanera donde ponía música El Diablo Hernández, y en la propia 45 estaba El Patio del Arte; igual María Calor, un sitio pequeñito de un pastuso; por supuesto Famas y Cronopios, donde se ponía nueva trova a la lata; Buhos Bar, que quedaba al lado y donde hacían exposiciones pues era galería de arte durante el día; también La Calesita, Timbaleros y la citada Arte y Cerveza, ya en la calle 43.

    Por los lados de la Católica habían numerosos locales amoblados con mesas de madera y vela en cenicero de cerámica. Entre ellos sobresalía Café y Libro de Alberto Littfack, en la 15A pero entre 46 y 47; y justo al lado tenía a Museo Bar, su permanente competencia. Los lados del INPAHU eran más bien tranquilos, aunque por allí quedaba el desayunadero de la 42 con Caracas donde todo ese mundo de rumba se encontraba a las seis de la mañana; y el Restaurante Barroco, con fama de caro y para señores mayores, pero donde solía tocar el grupo Alma de los Andes y el conjunto Madrigal.

    Por su parte, en esa especie de corredor de los estudiantes que van y vienen de la Nacho a la Caracas, pasando por el Park Way, había una tienda en cada esquina, a cual más pequeña, y en todas ponían salsa y rock. Eso sí, sólo habían dos tabernas consideradas como tales: El Hueco, sobre la carrera 30 yendo de la 45 hacia el sur, y que se llenaba hasta las banderas los viernes al final de la tarde. Y sobre la 45 bajando a la derecha, el bar de Chepe García, pequeñito pero con muy buena música traída desde Venezuela por un tipo que tenía sus cajas con vinilos del Palacio de la Música en una casa de grandes ventanales en el Park Way.

    Al lado del bar de Chepe, eso si, había un tertuliadero de pro: la librería Ciencia y Derecho, casi al pie de la 30, propiedad de Aura Olmos, Moncho Viñas y Cabeca. Fueron estos dos últimos los que iniciaron la sana costumbre de hablar de libros y autores con la gente que iba llegando a buscar cosas raras: filósofos, comunicadores, sociólogos, abogados…, y allí se quedaban charlando hasta tarde tardísimo. Entre esos tertulianos espontáneos estaban Jaime Uribe, Sergio Rodríguez, Juan Carlos Prado, Fernando Rivera y César Camilo Ramírez. Luego Cabeca se fue a una sede por la Universidad Central, llegó Aura, y ya la gente se reunía para hablar, leer y beber antes de rumbear. Entre ellos, Miguel Ángel Florez y su hermano Poncho, Eduardo Rueda, Mateo Cardona, Carlos Arnulfo Arias y este servidor, entre muchos otros.

    De todos esos sitios, El Bulín y Famas y Cronopios, donde sonaba desde Celina y Reutilio hasta Mercedes Sosa, eran de entusiastas melómanos chilenos: Fernando Jara y Patricio Arce de El Bulín, y Christian Fernández de Famas y Cronopios. Y en ellos, uno de sus músicos habituales para amenizar las noches de fines de semana era Javier Apráez.

    “Yo tenía un préstamo-beca en la Nacional, después que me fui allá. Y eso no daba un brinco. En una noche se iba esa mierda, recuerda Apráez. Y como yo tocaba, hermano, porque de mis compañeros era el que más plata tenía, porque los demás eran más proletos que el putas, yo ya me defendía con mi guitarra… Y hasta me doblaba. Imaginate que en una noche llegué a tocar en dos sitios… Y hasta en tres sitios, yo creo, ¡que barraquera! Tenía dos guitarras, la una dejaba en un sitio, la otra en otro sitio, y claro, era un palo ni el hijueputa… Y total era que, hermano, recibía pues igualmente doble billete; hasta que ya no le gustó al man que me contrataba más, que era el man de Famas y Cronopios, porque llegaba tarde por tocar en el otro lado. Y ya me decía que no más, pues como. Y hasta que me descubrieron. Parece que llegó un man que como lo echaron del Bulín, se fue a refugiar a Famas y Cronopios y me dijo: ¿será que estoy borracho?, pero lo acabo de ver en otro sitio, ¿dónde fue que lo vi? Y ya me descolgó, hermano”.

    Las noches a las que se refiere Apráez eran noches de fiesta interminable donde sonaba de todo, lo viejo y lo nuevo, el son y la salsa, la cumbia y el pasillo, y hasta algún que otro pasodoble para romper el hielo y soltar la carcajada. Eran las noches de Anda Ven y Muévete de Los Van Van, Decisiones de Seis del Solar, Chamo Candela de Daiquirí, Ladrón de tu Amor de Louie Ramírez, Coroncoro de La Niña Emilia, Gitana de Willie Colón, o De que Callada Manera de Pablo Milanés.

    Y en ese ambiente oloroso a cerveza y a peleítas de entonados y borrachos a la salida de los bares, emergió como epicentro de músicos la Casa Rosada.

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    Arte con olla express

    “La pintamos de color rosado Soacha, no de color rosado gay, rememora Ramiro Zambrano, aunque ese fue el nombre que le dimos al color. Nosotros le pusimos así porque la carranga, mejor dicho, se volvió una manera de hablar, una manera de ser, una manera de sentir y nosotros estábamos con el verbo y la cháchara de lo popular pa’ todo lao… A lo que le pusimos cuidado a la hora de pintar fue a los grabados de arriba, que nos atrajo muchísimo cuando la compramos, porque eran muy especiales. Entonces nosotros le encargamos a los mismos obreros que pintaron, que refaccionaron y todo eso, que ellos pintaran del color que a ellos se les ocurriera esas figuras que había ahí. Entonces los pusimos a botar corriente con la cosa y ellos se esmeraron en hacer algo a su manera, pues… Gente populárica, ¿no?”.

    Con semejantes inquietudes es natural que los amigos que frecuentaban la casa no sólo fueran músicos, sino también escultores, pintores, teatreros, titiriteros y poetas; gente que cumplía con aquella frase tan habitual en Miguel Ángel Florez: “Los poetas construyen casas en el aire, los locos las habitan y los psiquiatras cobran el arriendo”. Porque el arriendo se convirtió en una opción cuando empezaron las vacaciones del grupo. “Eso si, cuando toca pagar los servicios, la gente se perdía”, recuerda Apráez.

    Convertida en un oasis que habría sido la envidia de la Pantera Rosa, los amigos de sus dueños empezaron a llegar noche tras noche para charlar, para hablar, para liberarse un poco de su familia, de sus conflictos, para beber, para meterse su porro. Y la sala de ensayos se fue tornando en un sitio de encuentro de músicos llegados de todas partes. El cantautor brasileño Antonio Dionisio estuvo allí, el guitarrista uruguayo Juan Tomás Rochón, su compañera, el bajista Iván Correa, la cantante Lucía Pulido, el cantante y guitarrista Juan Deluque (amiguísimo de Javier Moreno), la pianista Claudia Calderón, el arpista Ricardo Cuco Rojas, el percusionista Nicoyembe Rodríguez, y músicos varios como Ernesto Santos o Benjamin Yepez.

    Yepez hacía parte de la camada pastusa, aunque también de la científica, integrada por los antropólogos Miguel Lobo-Guerrero y Xochitl Herrera, el psicólogo y pianista Moisés Herrera, el poeta Alekos, los hermanos César e Iván Darío Álvarez del colectivo La Libélula Dorada, o la bióloga Josefina Cano.

    Y de cada una de esas camadas, colectivos, grupos y compadrazgos surgió algún proyecto; sobre todo musical porque músicos eran la mayoría, porque la guitarra nunca faltaba y las ganas de pasarla en grande, tampoco.

    El más conocido de esos proyectos fue el de Iván y Lucía, dúo conformado por Iván Benavides y Lucía Pulido que cuando arrancó a cantar canciones con mensaje y a musicalizar poemas, no se pudo frenar. Fue un fenómeno en la ciudad que llegó desde el sur hasta el norte de la misma, contagiando a la gente joven que acudía a sitios como Famas y Cronopios o El Bulín y provocando que otros dúos, como Andrés y Ana María, se volvieran recurrentes en la noche bogotana. Su debut discográfico, Una Vía, llegaría en 1986 y fue grabado en los estudios de Wiliam Constain Camacho con un montón de amigos suyos jazzistas dispuestos a colaborar y los cuales eran visitantes ocasionales de la Casa Rosada como Orlando Sandoval y los hermanos Tico y Toño Arnedo.

    La música se volvía entonces una mezcla de armonías que iban del jazz a la trova y de la salsa al reggae. Y cuando venían a Bogotá los Gaiteros de San Jacinto, la Casa Rosada era cumbia y porro… y era su casa, como no. Ellos arrendaban habitaciones allí, tanto en tiempos de presentaciones en televisión, como shows en bares como La Teja Corrida. Eso si, los Gaiteros llegaban con instrumentos que dejaban vendiendo entre sus conocidos; con séquito por lo que la casa se volvía una fiesta interminable; y con galones plásticos llenos de ron blanco.

    La gastronomía, por su parte, era una curiosidad. Allí cocinaba todo el mundo para todo el mundo, los platos más variados de las regiones más remotas desde donde llegaban los provincianos y desarraigados, y se inventaban platos y hasta obras de arte abstracto. Un judío errante, hippie, ex fuerzas especiales de Israel, dedicado a la platería, arrendaba una habitación en la casa, y tenía entre sus enseres una olla Express del ejército israelí. Era una olla preciosa, una auténtica invitación a cocinar en ella sobre todo si en la Casa Rosada no había olla Express.

    Pues bien, Ramiro se puso a hacer sus famosos fríjoles de fama mundial en la dichosa olla, pero como no sabía como abrirla, quitó la válvula y salió la tapa de la olla despedida y los frijoles quedaron estampados contra el techo formando un círculo perfecto que a determinadas horas del día parecían proyectar un haz de luz.

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    Masinga!!!

    Uno de los grandes amigos de Ramiro era Carlos Jacquin Gutiérrez, samario él, poeta y todero con gran oído musical, pues habían vivido juntos en la buardilla de Teusaquillo donde ensayan los Carrangueros antes de comprar la Casa Rosada. Jacquin, como era de esperar, frecuentaba la casa, y un día llegó acompañado de un paisano suyo llamado Rolando Sánchez. Fue una sorpresa para todos, pues Sánchez y Apráez ya se conocían desde los tiempos de la Piloto por cuenta de una hermana del primero, la popular Uchi. Y cuando se encontraron, aparecieron, como no, las guitarras.

    “Yo me acuerdo que a ese loco (Rolando) le gustaba mucho Lágrimas Negras y por cuenta de su papá, Capullito de Alelí y todo eso, y se sumaron nuestras canciones, las de Ramiro y yo, dice Apráez. O sea que hicimos un acople de una, hermano. ¡Qué bonito que sonó!”.

    En la Casa Rosada vivían Apráez y Zambrano, pero arrendaban dos piezas a los provincianos, a los desarraigados, a los poetas despistados. Una se la alquilaron a Iván Benavides y otra a un cartagenero llamado Mauricio Puello, cantante aficionado de excelente tonalidad en la ducha, pero sin haber pasado por academia alguna. Y se sumó a la jam improvisada, y quedaron tan contentos que prometieron repetirla. Y cuando la repitieron, Puello sugirió poner un día concreto para los ensayos y salir a tocar en las universidades porque, aparte de hacer la música que les gustaba, podían ganarse unos pesos.

    Lo que a Puello le dio vergüenza fue subirse a una buseta y sacar billete y sacar a relucir todo ese repertorio ensayado. Es que ese era un mundo para los bien llevados. Así que cuando a los demás les dio por esas, se quedó en casa y se perdió la que seguramente ha sido una de las mejores serenatas de bus que se hayan visto en Bogotá. Eso si, con la mala suerte de haber olvidado en el pase de una buseta a otra el estuche de guitarra que le habían cogido sin permiso a Benavides. Tres días les tocó seguir de bus en bus para poder recuperar el monto, porque resultó que era carísima.

    Siguieron ensayando. Su idea era hacer creaciones propias en ritmo de son cubano, y para dárselo Apráez “envenenó” su tiple, colocando una cuerda grave en el grupo central de estas, logrando un color parecido al de un cuatro puertorriqueño. Pero además, se pusieron a la tarea de ponerle un nombre. El que más sonó, y a la postre, quedó, fue el que propuso Rolando Sánchez, Masinga, en honor a un caserío de Magdalena en los alrededores de la Sierra Nevada, conocido antiguamente como Santa Cruz de Masinga, que fue reducto de esclavos libres, y donde él mismo tenía familia.

    Así que con ese nombre y cuando los músicos se sintieron con fuerzas para salir a tocar a la calle, Apráez y Zambrano fueron en busca de Alberto Littfack, a quien ya conocían de vieja data pues los Carrangueros habían tocado durante la inauguración de Café y Libro en julio de 1982. Littfack aceptó encantado y les consiguió un muy buen sonido para su debut, de modo que a los músicos sólo les quedaba encontrar un conguero para que el ritmo tuviera contundencia. Sánchez encontró al tipo ideal, un ex policía chocoano habilidoso y con mucho oído, pero que tenía un problema: no tenía conga.

    Fueron donde Littfack de nuevo y le pidieron un adelanto. Se los dio. Le dieron la plata al percusionista y este en lugar de comprarse una de buena calidad, se gastó la plata y apareció con una conga destartalada que había conseguido en una compraventa.

    Sin tiempo para remediarlo, los músicos aparecieron en Café y Libro para la prueba de sonido justo antes de que empezara a llegar la gente. Pero como la conga destartalada no sonaba ni amplificándola, el percusionista le quitó el parche y decidió templarlo a la antigua usanza: con fuego. Eso si, no se le ocurrió idea mejor que poner el parche sobre la estufa de gas de la cocina de Café y Libro… Y Café y Libro empezó a oler a chicharrón.

    Pero la noche no fue un fracaso. Todo lo contrario. Masinga triunfó y sus cabreados músicos compusieron una canción que recordara aquella noche; una canción que decía: “Quien iba a pensar que chivo viejo con su cuero bien templao, con su ritmo atravesao, nos sirviera de bongó”.

    Littfack los contrató por una temporada y les subió la tarifa. Masinga se adaptó a las nuevas circunstancias y se le sumó un bajo casi de forma permanente, Gerardo Cedeño, de la Sinfónica Nacional; un violín, Miguel Ángel Guevara de la Sinfónica Juvenil; una flauta que tocaba, cuando podía, Omar Flórez de Armas, del grupo andino Chimizapagua; y cuando no podía, Tico Arnedo, quien vivía muy cerca de la Casa Rosada. Pero todo dependía de las circunstancias, de lo que pagaban en los sitios y de la capacidad que tenían las tarimas para albergar determinado número de instrumentos, amplificadores, micrófonos y músicos. Y el carisma hacía otro tanto, porque hasta los hijos del maestro Ernesto Díaz, director de la Sinfónica Juvenil, merodeaban el grupo en busca de posibilidades; y un viejo amigo de la casa, Juan Deluque, entraba y salía con sus canciones a cuestas.

    Quien seguía sin convencer era el conguero. Le daban plata y se la gastaba, y la conga buena nunca aparecía; de modo que dijeron que no más. Llamaron al chocoano Elmer Valencia, quien sólo estuvo un tiempo. Pero tuvieron la fortuna que rondaba la Casa Rosada por esas fechas la conguera más famosa de Colombia, Bertha Quintero, directora en ese entonces de la orquesta de mujeres Siguaraya. La atrajo el proyecto (aunque también Rolando Sánchez), aprovechó que su grupo andaba en stand-by y se quedó, poniendo el punto de asentamiento rítmico que necesitaba Masinga.

    “Yo entré encantada de la vida, dice Bertha, porque en ese momento pues realmente no había aquí en Bogotá quien hiciera el son cubano como ellos. No era como en el 79 o como ahora… Entonces ellos eran ese puente que se tendió con la música cubana vieja, con las nuevas composiciones y la rumba, y realmente eran muy buenos. Zambrano, Mauricio Puello, Apráez y Rolando eran muy buenos”.

    Se la pasaban haciendo música. La Moña Amarilla, Alucinación, La Clarinetista, y una docena de canciones propias, combinadas con viejos clásicos cubanos y puertorriqueños adaptados a sus diferentes formatos. Masinga recorrió la mayoría de bares de Teusaquillo, pero también salieron al norte de la ciudad y pasearon sus éxitos por sitios como Saint Amour y Ramón Antigua. Intenciones de grabar, un montón. Posibilidades reales de grabar, ninguna.

    “Pero es que éramos muy desordenados, confiesa Zambrano. Y eso no nos permitió coger juicio para grabar y hacer una propuesta seria, ¿no? Pero de eso quedaron muchas canciones y de hecho yo las canto y todavía son inéditas, entre comillas, pero yo las canto, Rolando también las canta allá en Santa Marta, y Javier Apráez. Incluso grabó su trabajo por ahí. Y de esas canciones hay algunas que se grabaron con arreglos de Edy Martínez… Todas esas canciones eran muy lindas”.

    Miguel Crespo reemplazaría más tarde a Bertha cuando ella se fue en busca de nuevos destinos con Cañabrava. Para entonces Andrés Sánchez tocaba el bajo y entre él y otros músicos, se formó un grupo que fue una especie de apéndice de Masinga, Guaracó.

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    El Plymouth del 59

    Pero las cosas iban cambiando. Los músicos de Masinga estaban más pendientes del día a día que de las situaciones a largo plazo y de sus propias circunstancias personales. Entre ellos y Litffack comenzaron a darse desencuentros y de estos se pasaron a las acusaciones: que tu me diste, que no me pagaste, que le diste a este, que este se lo fumó, que a mi que me cuentas, que fue que me dijo, que fue que me insistió, que fueque que fueque.

    Y mientras tanto, las cosas en la casa tampoco iban sobre ruedas.

    En tiempo en que los marimberos de la Costa aún no habían sido desplazados por los narcos de carteles, el cartero llegaba de vez en cuando a la Casa Rosada con una cajita de zapatos que contenía dos paquetes prensados de marihuana de la buena para consumo personal. Los paquetes se partían con segueta y se repartían entre los más panas, dejando unos cuantas briznas en un tarro para que el que fuera llegando fuera cogiendo.

    Una hermana de Javier Moreno llegó a vivir un tiempo allí y la situación se complicó todavía más. Las circunstancias personales de ella trastocaron muchos planes y las fiestas ocasiones acababan en discusiones. Era como si se le hubiese tocado la psiquis a la Casa Rosada.

    “Velosa había vendido la parte suya a la familia de Javier Moreno, de modo que la familia Moreno se quedó con el 50% y llegó a vivir una hermana de Javier, que tenía unas circunstancias personales complicadas, pobrecita; y nosotros en esa rumba. Eso era una bomba de tiempo. Así que nos tocó hablar con la familia de Javier Moreno, pues. Yo era el que menos quería venderla, pero pues Ramiro estaba alcanzado, imaginate con hijo, sin trabajo y con mujer… Yo más o menos me defendía, pero él no. Y dijimos listo, vendámosla. Y se fue la casa, hermano, y se fue la rumba… Se fue la rumba”.

    De la Casa Rosada siempre salieron cosas curiosas. La más bonita antes de todo ese cargamento de musicalidad fue cuando Javier Moreno murió y la familia sacó el Plymouth del garaje, y lo encendieron y el carro se encendió, aún cubierto de telarañas, con la carrocería oxidada y sucia, y sacó una enorme nube de polvo por el escape.

    Alejada de aquel grupo de locos, la Casa Rosada cambió de dueños y fue pintada de azul claro. Se dividió en dos, con locales comerciales en la parte de abajo y la vivienda en la parte de arriba, y sus nuevos dueños, o mejor, sus dueñas, siguieron sin proponérselo por el camino de la música. Allí se criaron, educaron, vivieron aventuras y fue su primer centro de ensayo, tres hermanos músicos naturales de Tunja: Daniel, Lucas y Diego Saboya González, guitarrista, tiplista y bandolista respectivamente, que en esa misma casa de los Carrangueros y de Masinga, dieron luz a la agrupación Palos y Cuerdas, dedicada a exaltar las bondades de la música del interior colombiano.

    Cuando Palos y Cuerdas comenzó su andadura, Ramiro Zambrano grabó un disco con seis canciones de producción independiente. Se titulaba Casa Rosada y los títulos de sus temas parecían un derrotero de todo lo que allí pasó: Años de Ayer, Haikú, Cae la Lluvia, Que Lindo Es, Desandar y Mandarina.

    Ya corrían otros tiempos. Ya había empezado el Siglo XXI y todo ese corredor de la Javeriana a la Nacional había cambiado a punta de puentes, vías rápidas, controles de alcoholemia, atracos y homicidios. Los bares pequeñitos se fueron apagando y tan sólo un puñado, ni más ni menos que eso, sobrevivió. Hasta la librería Ciencia y Derecho desapareció de allí.

    Javier Apráez pasó hace poco por la Carrera 15A Nº 44-54, donde en la puerta derecha funciona la Papelería Hyperp@pel a ver si en algo reconocía su viejo templo del desorden. Pero como cantaba Cheo Feliciano en Juan Albañil, no lo dejaron entrar. Claro, quien se va a fiar de un aparecido, por mucho que dijera que fue dueño de la casa y vivió los mejores años de todo aquel sector.

    José Arteaga

    *Gracias por compartir sus recuerdos: Benjamín Yépez, Bertha Quintero, Carlos Eduardo Hernández, Javier Apráez, Juan Carlos Santacruz, Juan Diego Montoya, Lucas Saboya, Mario Caicedo, Moncho Viñas, Nelson Bedoya y Ramiro Zambrano.

  • El lugar menos pensado

    TeatroJaveriano_2014_by_Acustical
    A propósito del festival PastoJazz y de la remodelación del Colegio San Francisco Javier, esta es la curiosa historia del Teatro Javeriano.

    Aquel día entramos al teatro por el lugar más inesperado.

    El Golo había descubierto tiempo atrás una puerta mal cerrada en los sótanos donde se guardaba la cal de las criptas de la iglesia y alguna que otra lápida. La leyenda escolar decía que allí enterraban a los padres que habían cometido pecados, y por eso nadie se acercaba a aquel lugar situado junto al patio del fondo del colegio, camino del garaje. Pero El Golo era El Golo y nos llevó allá una tarde después de las 3 y media, cuando ya había sonado la campana de final de clase.

    No éramos muchos. Estaban el Cortés y El Tío, me parece que el Chavarriaga y el Nelson, y si mal no estoy el Helmuth y uno de los Portilla; y claro, dos de los que junto a El Golo formaríamos años más tarde el fabuloso grupo Los Robinson’s: Mario y yo.

    En un costado de la bodega de cal había una trampilla y por esta se accedía a un túnel. Vigas de madera sostenían el pasillo ubicado sobre nuestras cabezas y estaba todo lleno de polvo, de telarañas y rastros de vieja humedad. No era muy oscuro y sólo había un tramo en que no se veía nada, pero era rápido de cruzar siempre y cuando no te atacaran los nervios. Luego había que estirarse un poco y salir a un pequeño recinto similar a un baúl muy grande. Allí El Golo abrió una portezuela en el techo y quedamos deslumbrados.

    Acabábamos de salir al escenario, justo detrás de bambalinas y junto una cabina que en lugar de vidrios tenía una valla metálica muy fina y dentro un equipo de sonido y un micrófono grueso y verde. La luz del sol entraba radiante por dos hileras de ventanas que daban a la Calle 21 y se ubicaban a nuestra derecha. Las de la izquierda estaban cerradas y en algunos nichos, ovalados todos, no había porque daban a los salones de clase. Todas esas ventanas correspondían al palco alto y a la gradería pintada de rojo oscuro y con recuadros color crema en ribetes de madera.

    Era una imagen maravillosa, tenue y deslumbrante al mismo tiempo, olorosa a suelo de madera recién encerado y capaz de asustarnos por su enorme resonancia pues una paloma se había colado por una ventana sin vidrio.

    Fue ese susto el que detonó las palabras, y aprovechando el eco de aquella sala rectangular comenzamos a hablar ante un escenario que imaginábamos abarrotado. Éramos auténticas estrellas de la farándula robándonos la palabra unos a otros, hasta que alguien, no sé quien, gritó “vengan a ver esto”.

    Era el vestuario, docenas de disfraces de todos los colores y tamaños puestos en un colgador rodante. Quería el de los mosqueteros, necesitaba tener en mis manos el de los mosqueteros aunque tuviera que darme golpes en el túnel de vuelta al patio. Pero cuando lo fui a coger, me di cuenta que ya había estado antes allí, al menos dos veces, una para ser el malvado de una obra de teatro infantil que dirigió el Hermano Olivos cuando aún estudiábamos en el Javerianito, y otra para cantar himnos y canciones en un coro organizado por las madres Siervas de San José.

    No logré alcanzar el sombrero de mosquetero; me lo quitaron unas manos huesudas de yo no sé quien, un no sé quien que al verme tan angustiado cogió el sombrero como si fuese un frisbee y lo lanzó hacia el palco derecho.

    El sombrero voló rápido trazando un círculo y cuando parecía que iba a caer, se elevó lentamente para colarse por la ventana sin vidrio, caer al centro de la calle y seguir rodando, llevado por el viento, hasta la puerta de la estación de policía que funcionaba en la esquina de la Calle 21 con Carrera 25.

    Yo lo había visto todo y regresé de la ventana gritando “marica, nos jodimos”, pero mis compañeros de aventura no se dieron prisa. Supongo que toda tropa de asalto necesita marcar territorio y la manera particular de aquella fue romper todos los viejos disfraces. El de mosquetero quedó hecho jirones y tuve una mezcla de tristeza y ansiedad, mezcla que duró muy poco porque ya todos estábamos metiendo uno a uno en aquella trampa por la que habíamos entrado, dejando todo desparramado por el proscenio y el candado de la cabina de sonido a medio abrir.

    Pero bien. Dejemos a un lado este relato que no concluye aquí, para remontarnos a 1925, 50 años antes de aquella entrada furtiva, cuando aquel teatro y el propio colegio se construyó.

    El inquieto Hermano Olañeta

    El primer colegio que tuvo la Compañía de Jesús en Pasto fue el Colegio Seminario, inaugurado en 1885 donde ahora funciona el Centro Comercial Sebastián de Belalcázar. Era un edificio magnífico, pero en 1917 se le había quedado pequeño a los padres y costaba más ampliarlo que construir uno nuevo. De modo que con la anuencia del recién designado Obispo de Pasto Antonio María Pueyo de Val, la Compañía recibió la iglesia de Santo Domingo, que se convertiría en el templo de Cristo Rey, y el Convento de los Dominicos, que sería el flamante Colegio San Francisco Javier.

    La decisión de construirlo se tomó en ese 1917, pero la primera piedra se colocó en marzo de 1919 porque en ese interín de tiempo se buscaron los hombres adecuados para llevarlo a cabo. El propio Pueyo de Val tomó cartas en el asunto porque le encantaba la arquitectura y ya tenía experiencia con una reforma a un convento dominico en la andaluza ciudad de Córdoba.

    Lo cierto es que los planos, que incluían aulas, patios, habitaciones, despachos, cocinas, comedores, baños y salón de actos, se le encargaron a un joven santandereano muy talentoso, graduado en matemáticas e ingeniería civil en la Universidad Nacional, y llamado Belisario Ruiz Wilches. Ruiz era profesor de la Universidad de Nariño y encargado de Obras Públicas del Departamento, pero se le daban muy bien los planos arquitectónicos. Era tan brillante que se le pudo haber designado director de la obra, o al menos seguir sus recomendaciones sobre quien podía serlo; pero los padres jesuitas conocían a alguien de la misma comunidad que podría terminarlo todo según el gusto particular de la Compañía. Ese personaje se llamaba Cándido Olañeta.

    Con fama de inquieto y de trabajador, el hermano Olañeta tenía casi 50 años, había llegado joven desde su natal Guipuzcoa, vivía en el Colegio Nacional de San Bartolomé en Bogotá y buena parte de las obras de los padres jesuitas en la capital colombiana en los últimos diez años habían tenido su participación. Olañeta trabajaba la piedra como nadie y entendía de madera como pocos. Las únicas dudas sobre su designación eran ver si era capaz de dirigir una construcción de esta magnitud, y saber si le daban permiso para ello.

    Para compartir la dirección de la obra llegó el hermano José María Ibarmia, y el tema de los permisos se solucionó con una solicitud del rector seminarista Mauricio Cruz al rector bartolino Luis Zumalabe Bastidas, y la aprobación del superior Camilo García.

    Y empezaron las obras, pero Olañeta las dividió en dos trabajos paralelos: por un lado en colegio con todos los detalles para hacerlo al más puro estilo jesuita, y por otro lado el salón de actos para adecuarlo “a la italiana”, es decir, con un solo escenario al frente según el tipo de construcción más habitual de la época. Y cabe decir habitual porque en los “alegres años 20” se hicieron y/o inauguraron algunos de los teatros más emblemáticos de América Latina; para el caso colombiano los teatros Faenza y Olympia de Bogotá, el Teatro Municipal de Cali y el Teatro Imperial de Pasto; este último también con planos de Belisario Ruiz Wilches.

    Olañeta siguió a rajatabla las ideas de Ruiz. Abovedó los palcos y la galería; puso el escenario ocho escalones por encima del auditorio y este a su vez tres escalones por encima del pie de calle; creó el foso, los hombros y las trampillas por donde nos metimos aquel día; construyó una caja escénica con suficiente resistencia arriba para el manejo de los telones y decorados; y revistió todo en madera.

    Hizo colocar 54 butacas de iglesia adornadas con arcos en los hileras frente al escenario; se ubicaron diez butacas en cada palco, diez en cada palco alto y diez en cada gradería. Se hizo una separación con marcos desde la entrada y las butacas traseras y se pintó el escudo de la Compañía en el techo. Fue un bello y sorprendente resultado, bello por la brillantez estética de la obra, y sorprendente porque a pesar de lo pequeño, el espacio podía llegar a tener 2.000 localidades. Pero este aforo nunca se completó porque su servicio inicial no fue el de un teatro sino de un salón de actos.

    Y con un acto se inauguró el 12 de julio de 1925. El acto, presidido por el flamante rector Gabriel Lizardi, fue la ceremonia de grado de la promoción de ese año del Colegio Seminario. Se esperaba que se pudiese llamar primera promoción Javeriana, pero el resto del colegio no estaba en condiciones de ser presentado, de modo que el salón de actos fue lo único que se inauguró, siendo alcalde de Pasto José Elías del Hierro, y gobernador de Nariño Eliseo Gómezjurado, famoso por haber cerrado tiempo atrás la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Universidad, donde luego daría clase Belisario Ruiz Wilches.

    Era normal que los colegios, sobre todo los religiosos, tuvieran grandes salones de actos, pero este rebasó las expectativas y se convirtió en una especie de joya de la corona para la institución. El del Liceo de la Merced de las madres franciscanas en Maridíaz tuvo una acogida parecida, pero no igual.

    E igual de éxito tuvieron sus protagonistas. Como ya hemos dicho, Belisario Ruiz Wilches se convertiría en una eminencia de la ingeniería y la cartografía, siendo el cerebro gris de la delimitación territorial colombiana con Venezuela y Brasil.

    Orgulloso de ser paisano del escultor Marcial Aguirre Lazcano y del jesuita Antonio de Araoz, compañero de Ignacio de Loyola, Olañeta, por su parte, se dedicó a trabajar en la construcción de la Casa de Ejercicios en los potreros de San Ignacio, y con el hermano Ibarmia, a enseñarle a un grupo de alumnos aventajados (Peregrino Morán entre ellos) el manejo del cemento y de las baldosas, con técnica y materiales hasta entonces desconocidos en la ciudad. Pero su salud le jugó una mala pasada y falleció dos meses después de inaugurado el salón de actos.

    ¡Qué hubo el aplauso!

    El espacio construido siguió su curso, la mayoría de veces como salón de actos y en ocasiones como teatro distrital. Era obvio que para tal efecto contaba más el Teatro Imperial, pero las relaciones de la Compañía de Jesús con los mandatarios locales hizo que se prestara para algunos actos determinados. Así se realizó allí el VII Congreso Cafetero en 1934 y todo tipo de celebraciones en las que de alguna manera estaba vinculada la Compañía de Jesús.

    La prioridad siempre fueron los actos del colegio, pero hubo fiestas navideñas, celebraciones de aniversario de la ciudad, actuaciones de fin de carnavales, jornadas de misiones, rifas del Club de Leones, elecciones bancarias, aniversarios de la policía y encuentros de sociedades. En el Teatro Javeriano (así conocido de puertas para afuera), se presentó durante décadas El Mártir del Calvario cada Semana Santa y se realizó el Primer Festival Nacional Universitario de Teatro, además de ser sede de las presentaciones del Teunar y otros grupos de actuación locales.

    El grupo del Teunar con El Bolas y Daniel Olarte al frente presentó la obra Ubú Cornudo, de Alfred Jarry, y estuvo una semana en cartelera, tiempo récord para Pasto sobre todo teniendo en cuenta que era una comedia satírica que rayaba en lo absurdo. Más suerte tuvieron los cotizados actores televisivos Ronald Ayaso, María Eugenia Dávila o Judy Enríquez, quienes actuaron esporádicamente en el Teatro como invitados especiales bajo la coordinación de Luis Carlos Mesías de la Organización Nariñense de Actores, ONDA.

    Recuerda Daniel que hubo presentaciones del TPB y también del Teatro Libre de Bogotá en eventos auspiciados por el Banco de la República y que mostraban la cara cultural del Teatro, pues la musical siempre tuvo gestores y promotores como Byron Castro. Y de la misma forma se organizaron encuentros sindicales y políticos.

    Algunos de ellos resultaron trascendentales a nivel nacional como el acuerdo entre el Gobierno de Belisario Betancour y los campesinos de Putumayo y Nariño en uno de los tantísimos paros cívicos de aquella época en busca de mejora de servicios públicos, vías, crédito, vivienda, educación.

    Y es que no había más en la ciudad, porque los salones de actos de los otros colegios no ofrecían las facilidades logísticas de este, y porque el Teatro Imperial era “mal visto” porque proyectaban cine porno. Bueno, en realidad el porno era más bien escaso, pero el cine erótico italiano protagonizado por divas como Gloria Guida o el alemán de Bárbara Bouchet era a todas luces pornográfico según el riguroso criterio del padre Jaime Álvarez.

    Y el padre Álvarez tendría mucho que ver en toda esta historia.

    En 1941 surgió la emisora Ecos de Pasto, fundada por Gerardo Bueno Delgado, quien diez años después se la vendió a Antonio José Meneses, que la echó pa’lante. Uno de los programas estrella de la emisora era el titulado Fiesta Dominical, espacio dedicado a hablar del progreso paulatino de los barrios populares de la ciudad y sus necesidades, al igual que de las bondades del campo y sus requerimientos. Y entre relatos y compromisos, se presentaban músicos aficionados provenientes de las veredas cercanas. Un programa campesino.

    Pero un fin de semana de octubre de 1951 el locutor de planta se disculpó por no poder cumplir el compromiso, y Meneses le pidió a un joven muy humilde pero con mucha chispa, que lo supliera, al menos ese domingo. El joven en cuestión era de Pupiales, se llamaba Francisco Muñoz y ya era conocido como Pachito. Cayó como anillo al dedo. Es más, su afinidad fue tanta que parecía haber nacido sólo para amenizar ese espacio.

    Pachito no era, evidentemente, un locutor común y corriente. Hablaba en el micrófono como quien habla con un amigo en una cafetería, y se comportaba ante sus invitados no como un anfitrión sino como un hermano mayor que les daba consejos sobre como desenvolverse en la ciudad. Así, regañón y condescendiente, desenfadado e inocentón, convirtió Fiesta Dominical en parte del paisaje pastuso cada domingo por la mañana.

    Sin embargo, Antonio José Meneses no pudo seguir al frente de la emisora y en 1966 se la vendió al padre Jaime Álvarez, quien actuaba a nombre de la Compañía de Jesús. Hoy se podría hablar del padre Álvarez como de un pulpo de los medios de comunicación en el precario mundo provinciano de Pasto en aquel tiempo, pero la verdad es que a él lo impulsaba un apostolado metido entre ceja y ceja, una intención pastoral secundada por algunas familias voluntariosas de la ciudad, y una férrea disciplina religiosa conservadora que lo convirtió en “enemigo público número uno” de la izquierda local y del pensamiento nariñense renovador.

    Pues bien. Estando al frente de Ecos de Pasto, el programa de Pachito Muñoz consolidó su presencia en el Teatro Javeriano y al estilo de los viejos radioteatros del tiempo de la Segunda Guerra Mundial, Fiesta Dominical, Pachito y sus “pequeños artistas” y el salón de actos del colegio fueron un solo ente. Cada mañana de domingo los palcos del teatro cambiaban a los estudiantes del colegio por empleadas del servicio doméstico y soldados del Batallón Boyacá que llenaban literalmente hasta las banderas aquel espacio y gritaban ante el grito: “¡Y nos juimos de fiesta!”.

    Por el Teatro Javeriano, que no fue el único escenario de Fiesta Dominical, pero si el más habitual, pasaron grandes estrellas de la música internacional como Olimpo Cárdenas hasta consagrados de la música colombiana como el Trío Morales Pino. De igual forma, agrupaciones tropicales y salseras pastusas como Wilson y su Estrellas y la orquesta Afro-Onda. Tocaron Los Caminantes, el Trío Fronterizo, el Trío Martino, Los Brillantes y, como no, La Ronda Lírica.

    Otros géneros como el jazz no tuvieron mucha cabida (ni en el programa de Pachito ni fuera de éste), quizás porque se les consideraba elitistas, quizás porque la mayoría de sus intérpretes emigraron muy pronto de Pasto, y quizás porque su principal exponente, la orquesta Jazz Colombia tuvo como sede única el Teatro Imperial, y ya con formato de quinteto el céntrico Hotel Pacífico. Quizás también por ello, Noro Bastidas llegó a afirmar en alguna ocasión que el Imperial era el único teatro disponible de la ciudad. Sólo una vez, que se recuerde, actuó allí el grupo Jazz Continental, pero tocando música tropical.

    Lo que si brilló fue la música campesina regional en todas sus formas y estilos: el sonsureño del Grupo Quillacinga, el sanjuanito de La Banda de Ancuya, el bambuquito de Próspero Tulcán, el currulao en marimba de la familia Torres, la música guasca de Los Realeros de San Juan, el folclor andino del Conjunto Inti-Wuaszi, y el quisindiquindi, una tonada ancestral y básica bajo la que se pueden tocar todo tipo de ritmos y melodías populares a cargo de un sinnúmero de intérpretes que parecían reunidos sólo para la ocasión: “Con ustedes El Puma de Guaitarilla, José Luis Pinchao, que nos dice “Dueño de Nada”… A ver, ¡quibo el aplauso!”.

    Y fue en una de esas tantas presentaciones de quisindiquindi que El Golo escuchó por primera y única vez a un grupo llamado Los Robinson de Cascajal, y reunidos Mario, Carlos él y yo en el huerto de mi casa en la Avenida Boyacá, nos propuso que a ese conjunto musical que queríamos formar le pusiéramos Los Robinson’s. Y así se quedó y así alcanzamos la fama; lo que nos lleva de nuevo a aquella entrada furtiva al salón de actos.

    Un piano de cola Steinway

    Los eventos del colegio en el salón de actos, al que se accedía por una puerta metálica corrediza ubicada en el patio de segundo junto al muro de frontón, iban por temporadas y de acuerdo al requerimiento de los cursos. Como no se abría siempre, se trataba de verdaderos acontecimientos que alteraban la monotonía de las clases. Por ejemplo, cuando metieron a todos los cursos a ver la famosa película de Michael Anderson Las Zandalias del Pescador… Yo me volé antes de que eligieran papa a Anthony Quinn porque la cinta duraba más de dos horas y “tenía otros compromisos”.

    Los Robinson’s nos presentamos en el Teatro durante unas Fiestas Javerianas a comienzos de diciembre de 1979. Tocamos La Viudita Alegre y aunque no tuvo el mismo impacto de cuando hicimos Mi Tentación en el teatro de las Pachas, nos fue bien. Tocar allí daba nervios e infundía respeto.

    Nuestro grupo era un grupo de recocha y mímica, muy bueno, pero cuyo único capital musical real era El Golo en la batería, quien tras graduarnos fundaría la primera banda de rock pastusa, Big Ventor. Y Big Ventor también se presentó en el Teatro Javeriano, por cierto.

    El Colegio Javeriano, sin embargo, rebosaba en talento. Del año anterior al mío, Memo Segura, por ejemplo; de mi generación, Álvaro Moreno o Luis Adrián Erazo; de la siguiente promoción, Javier Martínez Maya, entre otros. Pero nunca se cultivó ese semillero de músicos, como si lo hizo Javier Coral en el Colegio Champagnat. Quizás el hacerlo le habría dado otra dimensión al Teatro Javeriano… Nunca lo sabremos.

    Ahora hay una oportunidad de oro para hacerlo.

    Ese Teatro Javeriano de todas esas andanzas y aventuras ha quedado atrás. En 2014 se ha transformado totalmente mediante un diseño de Daniel Duplat, arquitecto javeriano y pianista, especializado en condiciones de confort acústico. Duplat, quien ha estado a cargo de los trabajos del Teatro Julio Mario Santodomingo, las remodelaciones del Teatro Jorge Eliecer Gaitán y el Teatro de Bellas Artes de Cafam, ha hecho, por supuesto, énfasis en la condiciones acústicas de todos los elementos, incluyendo los coeficientes de absorción de la alfombra y en la silletería acústica (478 asientos) fabricada por Series Seatting.

    Con paneles de resonancia y/o amortiguación a lo largo de toda la superficie, el escenario incluye un majestuoso piano de cola Steinway & Sons modelo D Gran Concierto. Por supuesto, el soporte técnico está ubicado en una cabina, un cuarto de sonido, un cuarto de dimmers y un equipo de última generación. Casi un siglo después de la decisión que cambió la ubicación del colegio de los padres jesuitas y su salón de actos, se presenta un teatro que moderniza completamente el mapa escenográfico del sur de Colombia.

    El nuevo Teatro Javeriano responde a la remodelación completa del Colegio San Francisco Javier y a los planes de la compañía en Nariño. Esa remodelación comenzó en 2012 y acaba dos años después bajo el concepto de Reforzamiento Estructural y Remodelación a cargo del arquitecto pastuso y javeriano Darío Gómez Hoyos, y con maderas trabajadas por la empresa familiar Sarralde Delgado. En resumidas cuentas que Duplat viene a ser el nuevo Belisario Ruiz Wilches y Hoyos el Olañeta del siglo XXI.

    Pero toda nueva obra tiene un autor intelectual y ese es José Alejandro Aguilar, bogotano, bartolino, jesuita, filósofo y téologo, alto, delgado, barbón, con lento andar de basquetbolista pero aficionado al fútbol, pausado al habla como debían ser los jesuitas de hace un siglo, y con algo en su historial que lo hacía predestinado para vivir en Pasto y dirigir obras sociales. De hecho es el director de la Misión Regional Compañía de Jesús Nariño, tras haber sido director del Instituto Mayor Campesino de Buga, y anterior encargado de la Casa de Retiros de San Ignacio y de la Fundación Suyusama, y capellán del Deportivo Pasto. Todo esto no nació sólo en su cabeza (en ello tuvo mucho que ver su predecesor Gerardo Arango), pero si recayó en su manos y él lo ha manejado mejor que nadie.

    ¿Y qué pasó con todos los protagonistas de esta historia?

    Como ya se ha dicho, el hermano Cándido Olañeta murió en Pasto en 1925 y sus restos reposan en la cripta de la iglesia de Cristo Rey; Monseñor Pueyo del Val también falleció en la capital nariñense en 1929. Belisario Ruiz Wilches murió en Bogotá en 1958 tras haber formado familia en Pasto, y el padre Jaime Álvarez falleció en 2001 y el padre Gerardo Arango en 2012. La antigua silletería y piezas de madera del Teatro se encuentran en una bodega mientras se decide que se hará con todo eso.

    TeatroJaveriano_1975_CoroJaverianitoEn cuanto a nosotros, al día siguiente de aquella entrada furtiva al salón de actos, el rector dijo en la izada de bandera que no estaba dispuesto a permitir que eso volviera o ocurrir. “Vándalos”, dijo en referencia a los disfraces rotos, y se hizo una investigación muy rápida que dio como resultado la matrícula condicional de la mitad de los implicados (los de la otra mitad nos salvamos) y el cierre inmediato de aquella peligrosísima entrada en la que El Golo había puesto una trampa para incautos con una vieja canasta de baloncesto. Los sótanos se cerraron para siempre y la policía nunca dijo nada de aquel sombrero que voló hasta su portal.

    José Arteaga