• Representan la vieja y la nueva guardia de la música tropical colombiana, pero detrás de ellos hay un montón de historias y formas de ser.

    A Wilson Viveros le sonríe la cara. No hace falta que muestre su blanca sonrisa Pepsodent ni que suelte una carcajada. Sólo tiene que estar ahí y no más. Y así se le conoció desde que tocaba la batería en El Show de Jimmy Salcedo los martes a las 7:30 después del noticiero de Arturo Abella. Wilson Viveros era “el negrito de los Recochan Boys”, con esa apariencia de despistado y con esa pinta de estar a punto de totearse de la risa. Mejor dicho, uno de esos rostros de toda la vida.

    Por eso en aquel frío hotel de la calle Conde Aranda de Zaragoza yo lo saludé como si nos hubiéramos conocido desde niños, como si llevásemos tiempo sin vernos, como si mi rostro significara para él lo mismo que el suyo para mi. Y él, en lugar de extrañarse, y aunque se habrá preguntado ¿quién diablos será este man?, me siguió la corriente y sin reírse se rió. Nunca en la vida había hablado con Viveros, aunque en más de una oportunidad nos cruzamos en la vieja Bogotá de comienzos de los 80 cuando Los Tupamaros tropicalizaban bambucos y él ponía el toque salsero.

    Al lado de Viveros en ese hotel estaba Mario Galeano Toro, otra generación, otro talante, otra época, la actual. Comparado con su compañero de mesa Galeano es la imagen misma de la seriedad y del sentido práctico. Dice lo justo y necesario, se expresa con suma precisión y te cuenta exactamente lo que quieres escuchar. En este caso, la historia de un grupo que une a ambos, a las viejas glorias de la música y a los nuevos talentos, a dos formas de percibir el sonido tropical colombiano: Ondatrópica.

    “El embrión de Ondatrópica viene de un contacto que yo tuve con el British Council”, comienza diciendo Galeano antes de explicar que en 2008 el British Council de Bogotá inició el proyecto Incubator para el fomento de la música contemporánea. La idea era tender una red entre personas que trabajaran en la industria musical en Latinoamérica y el Reino Unido. Galeano, músico, melómano e investigador musical, y quien había fundado Ensamble Polifónico Vallenato en 1999 y a continuación el Frente Cumbiero, aplicó al proyecto.

    Amante de la cumbia tradicional colombiana, pero al mismo tiempo admirador de las variantes del ritmos que hacían por toda América Latina, Galeano propuso mezclar cumbia y dub. Así llegó a Bogotá, Neil Fraser, mejor conocido como Mad Professor, auténtico rey de esta expresión reggae en el sur de Londres. Mad Professor y su hijo Joe Ariwa se fueron con Frente Cumbiero a los estudios de la Facultad de Artes de la Universidad Javeriana y grabaron cuatro temas del álbum Frente Cumbiero Meets Mad Professor. Otros tres fueron remezclados en Londres.

    “Este disco tuvo una muy buena recepción afuera, insiste Galeano, y el British Council lo tomó como un caso de éxito de las cosas que ellos habían apoyado a nivel internacional (…) y luego vino el tema de las Olimpiadas de Londres de 2012”. Esas olimpiadas se llamaban en realidad River of Music, un fin de semana de música gratuita programado para realizarse entre el 21 y el 22 de julio de 2012 en diferentes lugares a orillas del Támesis, y previo a los Juegos Olímpicos.

    “Y ya que había salido el proyecto del Frente Cumbiero, ellos me comisionaron un nuevo proyecto para presentar en esa época de las olimpiadas. Ellos lo que querían era que yo me reuniera con un productor inglés y que hiciera un grupo que se presentara en los olímpicos. Pero ellos sólo querían un disco, ellos no querían una banda ni nada. Simplemente, arme un grupo y vaya a tocar a los olímpicos. Entonces nosotros vimos ahí la oportunidad de trabajar y de utilizar ese dinero, que era una cantidad grande de plata, para no solamente hacer el toque en Inglaterra y embolsillarnos cada uno el 70% de lo que nos dieron, sino que vimos la oportunidad para hacer un proyecto de gran escala…”.

    “(…) Entonces empezamos ya a ampliar, a ampliar, a ampliar. Y ya eventualmente nos vimos que ya lo podíamos hacer y empezamos a contactar a la gente, y tomamos eso como excusa para grabar un disco. Porque en realidad Ondatrópica si bien estaba enfocada en el tema en vivo, nosotros le metimos como toda la cabeza al tema de la grabación, de a quien poner en que tema, de a quien traer de donde, de que temas grabar, que como hacer las composiciones. Entonces para mi personalmente Ondatrópica tiene su esencia en el disco. El disco de Ondatrópica representa el espíritu del proyecto. El vivo de Ondatrópica es como la magia de poner a sonar esas canciones”.

    Y aquí es cuando entran en escena los estudios de Discos Fuentes.

    El Abbey Road de Los Corraleros

    Los estudios de Fuentes, una casa discográfica que ha sido santo y seña de la música tropical en norte, centro y Suramérica, se inauguraron en febrero de 1960. Por aquel entonces en Medellín se grababa buena parte de la música colombiana contratando, por lo general, los servicios de las discográficas ya establecidas allí. Fuentes, que funcionaba en el sector de Manga en Cartagena, alquilaba los estudios de Discos Ondina, cuyo principal aval era una consola monofónica y enviaba a las orquestas a Medellín para que grabaran en una sola sesión y sin posibilidades de mezcla posterior.

    Pero don José María Fuentes (hijo del fundador de la compañía y encargado de aquellos proyectos), se puso como meta lograr los niveles de excelencia que había visto en Columbia Records en Pitman, y por eso no descansó hasta montar unos estudios como Dios manda en una casa esquinera de tres plantas en Medellín. Su primera inversión fue una grabadora de dos canales y una consola de doce entradas. La grabadora inauguraría el sonido estéreo en Colombia con el disco Navidad Negra de Pedro Laza y sus Pelayeros, y la consola fue hecha a medida por la casa MasterTone ya que en aquellos días era habitual en Estados Unidos contratar un ingeniero que las diseñara para cada cliente.

    Como técnico Fuentes contrató, entonces, a un muchacho que trabajaba en Ondina junto a su hermano, Mario Rincón, y detrás suyo fueron llegando los personajes clave de la firma. La historia dice que en los 20 años siguientes y hasta que la familia Fuentes se radicó en Miami, no hubo una sola casa disquera que pudiera hacerle sombra. Y ello se debió a tres aspectos: a su poderío económico y adquisición de licencias de sellos de otros países; al boom que representaron artistas y series exitosas de álbumes (el recopilatorio 14 Cañonazos Bailables, Fruko y sus Tesos y La Sonora Dinamita, por citar tres); y a la permanente renovación de sus estudios de grabación.

    “Muchos sueñan con grabar en Abbey Road, nosotros soñábamos con grabar en Discos Fuentes”, dijo en alguna ocasión Mario Galeano justificando la leyenda de unos estudios que permitieron darle a la grabación de Ondatrópica (el disco) ese aire añejo que posee, además de reunir a los músicos de Ondatrópica (la banda) en un espacio que ellos conocían perfectamente.

    El flautista millero Pedro Agustín Beltrán comenzó trabajando para el sello Polydor cuando hizo parte del conjunto Cumbia Soledeña, pero fue en Discos Fuentes (en realidad su división Tropical), que obtuvo el sobrenombre de Ramayá. La razón fue un tema popularizado en 1975 por Simón El Africano. El saxofonista y cantante Michi Sarmiento, por su parte, si que es producto 100% Fuentes porque su padre, el gran Clímaco Sarmiento, tocaba para Pedro Laza y sus Pelayeros y ahí fue donde el chico debutó. Años más tarde formaría el Combo Bravo, antecedente directo del estilo de Joe Arroyo.

    Otro producto Fuentes es el trompetista Jorge Gaviria (ex Fruko y sus Tesos, ex Colombia All Stars, ex Joe Arroyo y demás). De alguna manera también lo es el cantante Marcos Micolta que desde 1964 pasó por Peregoyo y su Combo Vacaná, el famosísimo conjunto de Enrique Urbano Tenorio que grabaría en Discos Fuentes en 1966. El timbalero y baterista Wilson Viveros no siempre fue Fuentes, sólo cuando hizo parte de Los Tupamaros junto a su compadre Fernando Jaramillo, pero hace parte de su historia.

    En el otro lado de esta banda que tiene nombre oficial, Los Irreales de Ondatropica, están el pianista Alfredito Linares, parte esencial de la salsa peruana, y los jóvenes Nidia Góngora y Freddy Colorado de las Quantic bands. A ellos se suman los jóvenes Pedro Ojeda, Marco Fajardo y Eblis Álvarez de Frente Cumbiero, Juan Carlos Puello de Sidestepper y Miguel Vega de Bolaefuego; y ocasionalmente las leyendas Juancho Vargas, Aníbal Velásquez y Julio Ernesto Estrada Fruko.

    Cualquiera pensaría, entonces, que Ondatrópica es en realidad una Fuentes All Stars, pero Galeano no lo ve tan claro.

    “Nosotros digamos que el referente de Fuentes no es del todo, por ejemplo hay cosas como Linares que grabó casi todo en INS, Ramayá que grabó en Machuca y en Felito Records casi todo… Bueno, tiene muchas cosas de Fuentes también. Pero lo que pasa es que la figura de Fuentes es muy totalizadora porque pues ellos luego compraron los otros sellos y fueron abarcando todo, pero pues la gente si viene de todo el país y de diferentes tradiciones”.

    Como si intentara huir del compromiso exclusivo con una marca Viveros se apresura en aclarar que él trabajó también para otras casas disqueras como TH, Codiscos, Sonolux y Discomoda, y eso hace pensar en que el paralelo no Fuentes All Stars sino una Fania o una Colombia All Stars con un concepto más tropical y menos salsero. Además, Fuentes tuvo su propia agrupación de estrellas en los 60: Los Corraleros de Majagual por el que pasaron Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez, Lisandro Meza, Fruko y Eliseo Herrera, entre otros.

    Golpe de currulao

    Marcos Antonio Micolta es bajito, más bajito que yo incluso. Por eso nadie le dice Marcos sino Markitos. Mario Galeano le pide que nos acompañe en la mesa como si tratara de destacar su presencia, la más escondida históricamente de los integrantes de Ondatrópica.

    Micolta comenzó su carrera en los escenarios como declamador, pero luego, cuando se convirtió en cantante lo hizo a lo grande. Interpretó Mi Buenaventura siendo la voz de Peregoyo y su Combo Vacaná junto a Diego Vivas y Ramón Sánchez. Eso fue a comienzos de los años 60, antes de hacer parte de Senén y su Negramenta y conformar su grupo La Sabrosura del Litoral. Pero luego desapareció del mapa y tuvieron que pasar años antes que Alexis Lozano le diera la alternativa con el álbum Pacífico a Millón. Ya era un venerable veterano cuando ganó el Festival Petronio Álvarez.

    Ahora, sentado entre Galeano y yo habla con evidente humildad del granito de arena que ha puesto a la hora de confeccionar los números de currulao que tiene el repertorio de la banda. “Yo he estado metido en diferentes cosas, bolerista, cantante vallenato, cantante de salsa, pero pues me encasillé en lo que era folclor del Pacífico y para eso si tenía yo, para decirlo sin orgullo, algo que aportar porque tenía una experiencia que era bastante larga. Entonces se facilitó y pues yo que la música para mi entender es un idioma que los que ejercemos este arte lo captamos fácilmente cuando no hay egoísmo dentro del grupo; porque eso ha pasado acá en Ondatrópica”.

    “Yo llegué, continúa, llamado por inglés que era para mi como decir ni pizca de esta música y yo, así como que… bueno, voy a ir, y sin saber que es lo que íbamos a hacer. El me dijo: no, pues vamos acá como en un baile y así llegué y ya me conocí con Mario, encontré amigos que ya los conocía así de antes y hubo la empatía y pues como te digo, sin egoísmo”.

    Mientras Micolta habla los demás músicos se instalan en el lobby del hotel como reflejando su personalidad. En una mesa contigua charlan los dos más jóvenes, Nidia Góngora y Freddy Colorado. Se mueven y sonríen igual. Parecen uno solo. En la barra del bar se sienta Jorge Gaviria. Jorge, uno de los mejores trompetistas que ha dado Colombia y posiblemente uno de los músicos colombianos con más discos grabados, me aprieta la mano y me da un dato para que no lo olvide: “yo le grabé todo a Joe Arroyo”.

    Al fondo del salón se sienta Michi Sarmiento huyendo de todo este mundo de entrevistas. Prefiere el protagonismo para otros, pues sabe que en la noche él llamará la atención de todos los presentes con su túnica africana, su kente hecho a medida, su saxo y su canto. Así se viste en todas presentaciones de la gira, una gira que en esta primera mitad del año los ha llevado por Marruecos, España, Dinamarca, Macedonia, Francia y Bélgica. En el segundo semestre se les unirá otro personaje de comportamiento singular y talento fuera de lo común, Alfredito Linares.

    La conexión inglesa

    El inglés al que se refiere Micolta se llama Will Holland y lo apodan Quantic. Nacido en Bewdley, Worcestershire, tierra de la famosa salsa que fabrica Lea & Perrins, Holland comenzó tocando la guitarra en grupos de rock hasta que se trasladó a Brighton y empezó a cobrar más importancia en su vida el ser dj. Puso música en la radio, en las pistas de baile y en incesantes mezclas y remezclas haciendo que su afición se extendiera hacia el coleccionismo. Todo lo groove, todo lo retro y todo lo afro pasó por su manos y cuando adoptó el sobrenombre de Quantic (variación del latino quantum que significa cantidad) se volvió muy famoso.

    Pero un buen día, cuenta, “un amigo caleño que vivía en Nueva York y me invitó a Cali para conocerlo, para conocer la casa de sus papás, de sus abuelos y después empecé a visitarlo con un amigo periodista, Beto, y pasábamos en Cali pues ahí buscando discos y hablando con melómanos y músicos, y pues con Beto conocimos a Alfredito, y yo fui con Beto y la segunda vez ya fui con él para grabar con Alfredito y con Freddy… y para grabar un par de temas en la casa de un amigo clarinetista y Alfredo arregló una sesión de grabación y…

    La catarata de recuerdos sin parar de Quantic cambia de tono y énfasis para ambientar aquella escena: “No, un gringo ahí para grabar música colombiana, entonces, mira, preparado, La Pollera Colorá, aquí tocamos, to, titi, titi, titoy. Y yo: no, no quiero eso. Bueno, entonces, que es lo que tu quieres, y entonces arreglamos la grabación y Freddy empezó a tocar otra cosa y grabamos Death of the Revolution ese día y luego grabamos mucho con Freddy y después empezamos a grabar mucho en Cali cuando yo comencé a vivir allá”.

    Quantic hace referencia constante a Beto Gyemant, compilador estrella del sello londinense Soundway, cuya historia es la siguiente:

    El dj inglés Miles Cleret creó la firma Soundway Records en 2001 luego de un viaje a Ghana que se extendió por dos años y que desató en él la fiebre del coleccionismo, esa suerte de enfermedad combinada con espeleología. Por eso las primeras producciones de esta casa ubicada en Richmond, al suroeste de Londres, en grabaciones curiosas de los años 70 en el país centroafricano. Pero pasó el tiempo y Cleret fue abriéndose hacia otras latitudes y surgió la serie Panamá!, trabajo compilatorio que ideó y realizó Roberto Ernesto Gyemant y del que se sacaron tres ediciones.

    Radicado en San Francisco, Gyemant elaboró también Colombia!, álbum subtitulado The Golden Age of Discos Fuentes y que fue el detonante de una serie de compilaciones de música tropical colombiana de diferentes a firmas y a cual más elaborado. Entre ellos destaca el proyecto de Lucas Silva Palenque Palenque: Champeta Criolla & Afro Roots in Colombia 1975-91, y los de Soundway: Cartagena! Curro Fuentes & The Big Band Cumbia and Descarga Sound of Colombia 1962-1972, Aquí Los Bravos! The Best of Michi Sarmiento y su Combo Bravo 1967-77, The Original Sound of Cumbia: The History of Colombian Cumbia & Porro As Told By The Phonograph 1948-79 y Lucho Bermudez y Su Orquesta. Por no sumar Diablos del Ritmo: The Colombian Melting Pot 1960-1985 de la casa Analog África.

    Así que todo en familia, pues como ya se dijo Freddy Colorado y Alfredito Linares hicieron parte del proyecto Flowering Inferno (Death of the Revolution) de Quantic en 2008. Pero además conformaron El Combo Bárbaro (Tradition is Transition) también de Quantic en 2009. Y acompañaron al dúo Quantic & Alice Russell (Look Around the Corner) en 2012. Encima de todo, Colorado puso las bases rítmicas de una banda alternativa de Quantic mucho más electrónica: Los Míticos del Ritmo (idem, 2012).

    En Cali Quantic instaló en 2007 un estudio, parte de cuyas piezas, según confiesa Galeano fueron a parar al proyecto de grabación analógica de Ondatrópica. “En Fuentes tenían todos esos equipos pero dañados porque no les habían hecho reparaciones en 15 años. Entonces la gran mayoría de equipos fueron traídos del estudio de William. Por ejemplo, la grabadora de cinta de cuatro canales. La grabadora la trajimos del estudio de William porque estaba reparada, estaba funcionando. Y fue una experiencia increíble porque, por ejemplo, estábamos grabando todo en cinta y al mismo tiempo teníamos un computador haciendo un back-up en caso de que las cintas se borraran, se quemaran, lo que sea, pues tenían un back-up. Pero el computador como cada horas se crasheaba, se caía, había que restaurar, apagar y prender y las máquinas de cinta no pararon en tres y cuatro semanas de grabar”.

    A Mario Galeano se le llena la boca de orgullo cuando refiere el hecho. Quantic, entretanto, piensa más en el futuro del proyecto y en cómo ha logrado él hacer una compilación viva, tangible. Tantos años recopilando canciones y ahora ha podido acoger a los músicos que interpretaban esas canciones.

    Estelas de la All Stars

    Los músicos son los grandes personajes de la noche, pero la estrella es Quantic. Al club zaragozano Explosivo!, acuden españoles y colombianos por igual en busca de su dj favorito. Sería tonto negar que el público que va a Ondatrópica no tiene nada que ver con el público que va a ver a Diomedes Díaz. Se mueven y hablan de una forma distinta, aunque no falta la camiseta amarilla de la selección y el “Viva Colombia mi patria querida” cuando Micolta pregunta: “aquí se habla español español, no catalán, ¿verdad?”.

    Es la estrella porque no hay nada al azar. El dj residente del club pone sus discos mientras la sala se llena. Las pantallas a los lados del escenario repasan vídeo-clips confeccionados para la ocasión y en una esquina preparan una mesa para vender vinilos, cd’s y objetos del merchandising de la banda. Una vez terminado el show orquestal, en el que Quantic toca la guitarra eléctrica y el acordeón, el espacio se adecua para que él mismo coloque la música y ponga a bailar a todos.

    Cuando el año termine y Galeano y Quantic empiecen a pensar en el futuro de Ondatrópica, estas leyendas volverán a sus propias agrupaciones y proyectos. Wilson Viveros lo aclara: “Cada uno tiene sus proyectos individuales, ¿no?, y sigue con su vida, pero se le está dando en este momento prioridad a lo que es Ondatrópica… (…) Nosotros cogemos las cosas individuales que tenemos, las suspendemos y cuando Ondatrópica tiene esta gira, que hay que hacer este festival, cualquier cosa, pues vamos porque pues con eso nos comprometimos, dimos la palabra, la buena honra, y dimos eso y se confía en eso”.

    Más tarde, cuando apago la grabadora, Viveros me cuenta que a veces la gente le pregunta por los Recochan Boys y él siempre responde “ese fue la mejor banda que hubo”. Y el que se llena de orgullo soy yo y le cuento que una semana antes del nacimiento de los Recochan, en el Colegio Javeriano de Pasto surgieron los Robinson de Cascajal, más famosos que The Beatles, los que a su vez fueron más famosos que ya sabes quien. Galeano escucha con seriedad.

    José Arteaga.

  • La Engañadora

    En los sesenta años del chachachá rescatamos la historia de Bubbles Darlene, la bailarina que sin haberla inspirado, le puso cuerpo a la famosa canción.

    Esta historia tiene dos partes. La primera es, por supuesto, la historia de la canción en una época en que pululaban en La Habana los salones de baile de todos los estilos y precios. Cuba era una fiesta en el primer lustro de los años 50 y mientras los turistas se iban a bailar y a apostar en los salones de los grandes hoteles a la orilla del mar, la gente del común “rumbeaba” en galpones de suelo de tabla al son de las orquestas de moda; algunas de ellas, charangas de flautas y violines.

    El salón de Prado y Neptuno, en la encrucijada de aquellas dos enormes calles y situado en el segundo piso del restaurante Miami, se llenaba por completo los fines de semana por estudiantes y parroquianos habaneros que pagaban una entrada de 30 centavos para poder bailar al son de las charangas. Una de las más escuchadas y bailadas era la Orquesta América, que basaba buena parte de su repertorio en la genialidad creativa del violinista de Pinar del Río, Enrique Jorrín, un muchacho jovial que se había empeñado en que todos los danzones compuestos tuvieran una sección cantada.

    Jorrín estaba bastante influenciado por el llamado estilo-mambo de Orestes López y quería darle dinamismo, a toda costa, a esa parte final del danzón. Para ello aceleraba cada vez más los compases finales de los temas y acortaba, en aras del canto, la introducción de los mismos. Pero a diferencia de lo que algunos creían, las creaciones de Jorrín no eran ni mambos ni danzonetes, aunque tenían algo de ambos. Para él eran danzones rumberos, algo mambeados, pero nada más.

    Una tarde Jorrín iba caminando por la Calzada de la Infanta camino de Carlos III. Por la acera del frente iba una mujer muy atractiva y el violinista se detuvo a mirar al espectáculo. A cada paso de la mujer y cada contoneo de su cintura, las personas se detenían, incluyendo a los policías de transito y hasta el tranvía municipal. En la esquina de Sitios un hombre se arrodilló y le lanzó un piropo a manera de rezo, pero ella lo miró con desprecio y el galán, visiblemente molesto y exagerado, dijo a voz en cuello: “¡Bah!, tanto cuento y cuando vienes a ver es de goma”.

    Aunque despechado, el comentario tenía su razón de ser. Desde los años treinta la idea de resaltar bustos y traseros iba de la mano de la creación de brassièrs y calzones. Charles Moorehouse había diseñado un sistema inflable que agrandaba los senos mediante copas de hule rellenas de aire. Las grandes marcas no lo habían adoptado, pero sistemas similares hechos en casa (o por la costurera de la esquina) eran habituales en todas las ciudades. Incluso Ida Rosenthal, la mismísima Ida Rosenthal creadora del Maidenform, era partidaria de realzar el busto antes que otra cosa.

    Para 1951, año en que Jorrín caminaba por Infanta, la empresa Canadian Lady ya ofrecía productos “mágicos” bajo el sello Wonder Bra, mientras que el uso de calzones cada vez más cortos era síntoma de estar a la moda. Y no hacía falta mucho dinero para ello, sólo tener una modista (o costurera de barrio) de confianza para hacer la adaptación.

    Cuenta Jorrín que la misma noche del encuentro había baile en Prado y Neptuno y allí entró otra mujer vestida de blanco muy desarreglada, que al poco rato de estar en el baño llamó la atención de todos los presentes por un atractivo que, evidentemente, antes había escondido. A Jorrín eso le hizo pensar en los cambios repentinos de las mujeres, y al recordar el suceso de la tarde en Infanta, compuso en poco tiempo un tema titulado La Engañadora, cuya letra decía:

    “A Prado y Neptuno iba una chiquita que todos los hombres la tenían que mirar. Estaba gordita y bien formadita, era graciosita y en resumen, colosal. Pero todo en esta vida se sabe, sin querer averiguar. Se ha sabido que en sus formas, rellenos tan sólo hay. Que bobas son las mujeres que nos tratan de engañar. Ya nadie la mira, ya nadie suspira, ya sus almohaditas nadie las quiere apreciar”.

    Un año después Enrique Jorrín grabó su tema con la Orquesta América en un disco de 78 rpm y le colocó como ritmo el nombre de mambo-rumba.

    Pasaron dos años y en 1953 las creaciones de Jorrín continuaban con el mismo estilo. Era evidente que se trataba de un nuevo ritmo, pero lo de mambo-rumba no encajaba mucho con los antecedentes de estos dos. Había que buscarle un nombre y rápido, pues los bailadores ya habían creado su propio estilo para moverse al compás de la obra de Jorrín. Y fue eso precisamente lo que iluminó la mente del violinista. Al deslizarse los pies de las parejas sobre el tablado de la pista de baile, se producía un sonido cadencioso que oyéndolo con atención parecía decir cha cha chá.

    Jorrín, encantado con la sonoridad bailadora, pronto le puso a su creación un coro que decía: “chachachá, chachachá es un baile sinigual”.

    Había nacido un ritmo nuevo al que pronto le nació un nuevo padre, pues el director de la Orquesta América, Ninón Mondéjar, consideraba que el chachachá era una creación colectiva y no una exclusividad de Jorrín. La batalla legal se desató, pero no hubo vencedores ni vencidos. Mondéjar pregonó en Estados Unidos y México que la Orquesta América había creado el ritmo. Jorrín, ya al frente de su propia charanga, anunció en Cuba que él era el padre de la criatura.

    Una de las razones que alegaba Mondéjar es que había sido él quien dispuso la coreografía que popularizó el baile y el nombre del baile, y que se montaba en cada show de la orquesta. Esa coreografía, en el caso concreto de La Engañadora, era protagonizada por una bailarina llamada Lalín Lafayette, otrora integrante de un sensual grupo de baile llamado Las Mulatas de Fuego.

    Le contó Lalín alguna vez al historiador Rafael Lam que cuando le tocaba hacer de La Engañadora ella salía al escenario con unas almohaditas en el busto y en las nalgas, pero a mitad de la canción llegaba otro bailarín, se las quitaba y ella se movía con toda gracia y sensualidad.

    Y una de las fórmulas que utilizó Enrique Jorrín, por su parte, para dar a conocer la veracidad de su autoría fue el apoyo indiscriminado a conjuntos musicales que apenas comenzaban a destacarse. De esta forma le echó una mano al director de un conjunto recién llegado de Cienfuegos y que a la vuelta de poco tiempo acabaría convertido en santo y seña del chachachá: la Orquesta Aragón.

    Pero aquí entra la segunda parte de esta historia.

    Virginia Lachimia era rubia natural y desde niña había soñado con dedicarse al baile. Nacida en Minneapolis intentó labrarse una carrera en el ballet, pero encontró que ese camino era muy complicado y se dedicó a bailar en teatros de variedades. Con unas medidas de escándalo, Virginia acabó convertida en la nota sexy de los sketchs de burlesque que se hacían, primero en su ciudad y luego en Nueva York. Así las cosas, se puso como nombre artístico Sheri Darlene, pero estando en Miami lo cambió por Bubbles Darlene y como tal llegó a La Habana para probar fortuna.

    La Habana del tiempo de los casinos de gangsters y de las coreografías de Roderico Neira era un verdadero paraíso para gente como Darlene. Los bailes sensuales generaban, como mínimo, docenas de dólares en propinas, y como máximo nuevos contratos y atenciones preferentes. Una bailarina exótica como ella consiguió todo eso en apenas una temporada, en gran medida porque había pocas rubias como ella. La mayoría eran mulatas o pelinegras exuberantes.

    Junto a la pelirroja Betty Howard encontró trabajo con sus actuaciones cómico-sexuales en el Teatro Compoamor en la esquina de Industrial y San José, aunque acabaría destacando en el Sevilla Billmore Hotel muy cerca de la famosa esquina de Prado y Neptuno.

    El problema de Darlene era que dilapidaba sus ganancias muy rápido y que, pésimamente aconsejada, se metía en un problema tras otro. Fue robada, timada y vuelta a timar. Perdió prestigio, empleo, cartapacio de fotos y vestuario. Fue detenida, solicitada en indagatoria y arrestada. Perdió la paciencia, pero nunca perdió el impulso de darse a conocer por cualquier medio.

    En el verano de 1956 protagonizó su escándalo más sonado: salió a caminar por la calle como Debbie Reynolds en el afiche de Cantando Bajo la Lluvia, una de las películas más famosas de su tiempo. Lo malo es que el impermeable era transparente y no llevaba nada debajo… Bueno, si, sus calzones.

    Y una cosa era la impúdica noche habanera y otra la vida diaria de la ciudad, de modo que su paseo fue un escándalo.

    Cuenta T.J. English en su maravilloso libro Nocturno de La Habana que “llegó la policía. Un agente tomó a la mujer desnuda del brazo y le preguntó:
    -¿Se puede saber qué le pasa?, ¿de dónde es usted?
    -No quiero engañar a nadie, contestó Bubbles. Luego trató de recitar (en español) la letra de La Engañadora.
    En el cuartelillo, un agente volvió a preguntarle:
    -De dónde es usted?
    -De todas parte, contestó ella. El arte no tiene fronteras”.

    Todos los medios de comunicación hicieron eco de la noticia y a todos ellos, fuesen locales como Bohemia o foráneos como Cabaret ella contestó lo mismo:

    “Hacía calor y decidí salir de mi habitación en el hotel y dar un paseo. Tenía puesta la radio y estaba sonando La Engañadora. Sabía que la letra de la canción hablaba de una chica que usaba rellenos para mejorar su figura. Bueno, pensé. Yo no necesito rellenos y voy a enseñar al mundo que lo que dice la canción no es aplicable a todas las chicas. De modo que salí a la calle así. No pensé que a los cubanos iba a importarle”.

    200 pesos de multa.

    José Arteaga.

    Fuentes consultadas:

    Arteaga, José. Música del Caribe. Editorial Voluntad. Bogotá, 1993.
    Díaz Ayala, Cristobal. Música Cubana: del areyto al rap cubano. Fundación Musicalia, San Juan, 2003.
    English, T.J. Nocturno de La Habana. Editorial Debate, Barcelona, 2011.

    http://cuban-exile.com/doc_176-200/doc0195.html
    http://hicventerhicsalta.wordpress.com/
    http://lenceriahistoria.wordpress.com/
    http://majomias.blogspot.com.es/2011/02/aunque-luz-del-tiempo-y-sobre-todo-para.html
    http://marramiauuu.blogspot.com.es/2010/11/victorias-secret-iii-la-historia-del.html
    http://nokohaha.com/2012/02/19/americas-most-exciting-body/
    http://www.salsapower.com/editorials/la_enganadora.htm
    http://www.sentadofrentealmundo.com/2011/10/cuando-las-mujeres-no-usaban-calzones.html
    http://vintagesleaze.blogspot.com.es/2012/08/the-true-story-of-bubbles-darlene-sheri.html

  • Un ataque al corazón se llevó a Daniel Ponce, extraordinario percusionista cubano y referencia del jazz latino de Nueva York y Miami. Como homenaje a su memoria retomamos un especial del programa Tanga con una entrevista a Ponce y donde se habló del Mariel, Paquito, salsa, rock, jazz y rumba afrocubana.