Los mundos de Miguel Camacho

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Cuando un amigo se va, se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido…

Hubo un tiempo en que la HJUT, emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, era la mejor emisora musical de Bogotá. La razón era su staff, una auténtica all stars de la radio mal llamada popular y mal llamada clásica. Otto de Greiff, Bernardo Hoyos, Jean Louis Van Meerbeke, Richard Chotzen, Harold Sarmiento, Emilio Sanmiguel y Carlos Heredia, entre otros, y un excelente locutor de hablar pausado y magníficos libretos. Se llamaba Miguel Camacho.

Fue Bernardo Hoyos, junto a la directora María de la Torre y el jefe de programación Camilo de Mendoza, quienes me llevaron, siendo yo muy joven, a formar parte de ese staff. Bernardo se había convertido en el mentor de la gente joven en la radio de élite, y al poco tiempo me enteré que Miguel también estaba allí por su recomendación y el buen hacer de sus directivos.

Nos hicimos amigos en seguida. Ni siquiera hizo falta un café. La amistad suele surgir en momentos inesperados y de las formas mas disímiles; por lo general, tras compartir experiencias y convivir en un mismo recinto. Pero siempre porque se activa un factor instintivo, una especie de feromona social que nos hace entender el mundo del otro sin demasiadas introducciones y que se conoce como empatía.

Miguel Felipe Camacho Castaño vivía en una casa muy bonita en la calle 71 arriba de la Caracas, junto a su madre, Olguita, una señora encantadora a más no poder, que se moría de amor por su hijo menor. Y en efecto, Miguel era el menor de seis hermanos: Isabel, Claudia, Adriana, Julio Andrés, Carlos Javier y él.

Aquella casa tenía dos espacios que me encantaban: la habitación de Miguel, que era a la vez estudio de pintura y diseño, cuarto oscuro y dormitorio; y la biblioteca de su padre, ya fallecido: el poeta y periodista Arturo Camacho Ramírez. Una biblioteca extraordinaria, digna de tan ilustre personaje que se había codeado con las mejores plumas de Colombia y el continente: Eduardo Zalamea, León de Greiff, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Julio Cortazar, Pablo Neruda. Baste decir que era el jefe de tropa del Café Automático, símbolo de la bohemia literaria bogotana, y una de las cabezas visibles de la llamada generación de poetas Piedra y Cielo.

Miguel era diseñador gráfico, con un estilo muy años 80, cargado de referentes geométricos y variaciones de color. Tenía una fuente tipográfica propia de doble línea y había fundado una agencia de publicidad junto al fotógrafo y diseñador Andrés Anzola. Eso si, le encantaba dibujar al caballete. Sentía especial predilección por los rostros femeninos en carboncillo, y su fuente de inspiración era la fotografía, otra de sus grandes pasiones. Y en todas se desenvolvía como un maestro.

Pero todo tiene un antes y un después. Y ese instante decisivo de su vida sucedió en 1982.

Ese año murió su padre y esa muerte dejó en Miguel el incansable deseo de rendirle tributo a su memoria. “Y sin embargo un día mis hijos contarán ingenuamente, que yo les sonreía tan verdaderamente, cual si fuera a vivir eternamente”, rezaba un verso del gran poeta. Tardaría un tiempo en ver plasmado su homenaje en la carátula de un libro suyo. Pero lo consiguió.

Ese año también se forjó a pulso en el difícil y noble oficio de editor. Resulta que Patricia Lara iba a publicar un libro. Se titularía Siembra Vientos y Recogerás Tempestades, y era un reportaje tipo nuevo periodismo sobre los líderes todavía escondidos del M-19. El diseño se le encargó a Miguel y también la producción fotográfica. Pero conseguir una foto era un acto clandestino y las fuerzas militares seguían al milímetro cada movimiento de los del M. Si entrabas en contacto con ellos, ponías en riesgo tu vida. Así de simple. Así de frágil como es la vida.

Alguien, no sé quien, citó a Miguel por teléfono y le prometió una sesión fotográfica. Miguel aceptó y fue hasta un edificio que, creo recordar, quedaba en la calle 19. Y aquí dejo a Miguel que continúe: “Tan pronto timbré se abrió la puerta, unos brazos enormes me agarraron por detrás y sin que yo pudiese decir nada, me encerraron en un armario. No se veía nada, no se escuchaba nada. Yo pensé que de esa no salía, hasta que finalmente me abrieron y me entregaron unas bolsas llenas de fotos. –Busque ahí-, me dijeron, y ahí estaban todas las fotografías habidas y por haber de Jaime Bateman y toda la plana mayor del M-19, incluso fotos personales. ¿Usted se imagina lo que habría dado el Ejército por ese material?”.

Miguel salió muy asustado de aquel encierro, pero la portada de la primera edición de aquel libro bien valió la pena y resultó insuperable.

Pero ese 1982 también fue el año en que comenzó a hacer radio, en una especie de pasión devoradora, donde descubrió que se movía como pez en el agua. Pasión y comodidad, pero también rigor, pues imprimió un estilo peculiar a sus locuciones y a unos libretos con un punto de suspense y breves trazos de ironía. Su programa en solitario en la HJUT se tituló Hablemos de Música, con una vibrante introducción a cargo de uno de sus ídolos: Elton John.

Miguel amó muchas cosas: el humor de Les Luthiers, con quienes departió una y otra vez; el fútbol de Millonarios con Irigoyen, Willington y Alejandro Brand; el vibráfono de Cal Tjader, las carátulas de Pink Floyd, la guitarra de Pat Metheny, la ligereza tropical de Daiquirí, sus gatas Bijou, Perdita y Juanita… Muchas cosas, pero pocas mujeres, y eso que era enamoradizo.

Se casó una vez y confieso que fui celestino de esa relación. Le presenté a mi compañera de universidad, Emma Restrepo, en la 90 con octava, junto a Tita Ferro en el apartamento de esta última, y fui testigo de aquel idilio y de todo lo que sucedió en los años que siguieron para cada uno. De esto sólo puedo decir, que cuando el tiempo acabó con aquella relación, siguieron siendo amigos, porque el amor se fue, pero la lealtad del uno con el otro continuó. Y es que si hubo algo que Miguel Camacho valoró en sus amigos fue la lealtad.

Por eso quizás, fue exigente con sus amigos, incluso, diría yo, muy exigente. Se peleó con unos cuantos por ello y cerró su círculo de amigos íntimos en un puñado. Por eso también, le dolió muchísimo que su relación laboral con la HJCK, ya en este Siglo XXI, haya acabado mal.

Pero volvamos a la HJUT, una emisora de naturaleza culta.

Cuando acabó aquella etapa maravillosa, Miguel salió convertido en un maestro de la radio. El había sido años atrás profesor de diseño gráfico, pero esta nueva forma de ilustrar y explicarle a los jóvenes como puede hacerse buena radio musical en Bogotá, lo entusiasmaba.

A comienzos de los años 90, Camilo de Mendoza, antes en la HJUT, nos llamó a Miguel y a mi para impartir unos cursos radiales en la Emisora Javeriana. De esos cursos surgieron muchas personas que sería luego claves en la comunicación social colombiana: Jaime Andrés Monsalve, Juan Carlos Garay, Gustavo Gómez Córdoba, Andrés Felipe Valencia, Juan Daza, Jaime Rodríguez, María Isabel Henao, Vicky Rueda y más. ¡Cómo no sentirse orgulloso de tan tremenda generación!

Miguel, el maestro, inundó Bogotá de cursos de jazz, con música en vivo y conversaciones al final; la delicia de una ciudad aún en construcción hacia la metrópoli. Fue el presentador oficial del Festival de Jazz del Teatro Libre e impartió cursos por doquier. Lo que en los años 60 había significado Roberto Rodríguez Silva para la difusión del jazz en Colombia, fue Miguel Camacho Castaño para la capital colombiana en los años 90. Y fíjense ustedes, cuando Roberto murió, Miguel le contó a Gustavo Gómez que el gran profesor del jazz se había extinguido poco a poco, pero que le fascinaba notar que hasta el último instante mantuvo la mística de su educación musical y radial.

Miguel Camacho no se extinguió poco a poco. Se fue de un momento a otro, dejándote avasallado por el impacto de la ausencia, envuelto en un mar de dudas porque incluso yo, que fui su amigo íntimo, no recuerdo tantas cosas como él a la hora de escribir este réquiem. ¿Para qué iba a recordar nada si ahí estaba Miguel para sacarte de dudas? Pero su memoria prodigiosa ya no está y ya nadie podrá defendernos.

La última vez que nos vimos, envueltos en una noche de ron Zacapa, hablamos de la muerte. A él no parecía importarle su legado. A mi si. Le propuse que donáramos nuestra colecciones a la ciudad de Pasto, mi ciudad, de la que se había enamorado perdidamente en los últimos años. Le pareció bien, pero no seguimos hablando de ello. Dejamos la continuación de esa charla para un siguiente encuentro que nunca llegó.

Cuando nuestro mentor, Bernardo Hoyos falleció, Miguel escribió: “Haber tenido la suerte de sentarse a conversar con él fue siempre comparable a ejercer, por un rato, una de las verdaderas bellas artes, la de la conversación”. Yo le quiero robar hoy esas palabras para despedirlo, despedirlo en vida, porque más allá, donde están Olguita y don Arturo, habrá cumplido con los versos del poeta que decían: “Espérame; no importa que no llegue: esperando creerás que llegaré”.

José Arteaga

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