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  • La Fuerza Gigante de Ray Barretto

    Foto de Julio Costoso
    Presentamos en sociedad Fuerza Gigante, la biografía del legendario Ray Barretto escrita por Robert Téllez. Magnífico tributo a un músico muy grande.

    Ray Barretto fue un músico diferente en todos los sentidos. Su imponente presencia física llamaba la atención allí donde estuviera, y el color de su piel blanquísima contrastaba con la añeja idea de que tocar las congas era una merienda de negros. Y es que Ray Barretto era conguero, percusionista diría el buen léxico musical, tamborero prefiere llamarlo este libro. Y no un conguero cualquiera, sino uno de los grandes… en todos los sentidos.

    Robert Téllez Moreno escribe un biopic de Barretto recorriendo de principio a fin la gran aventura que fue su vida, y los hechos que marcaron su presencia en el mundo del jazz y de la salsa. Llevábamos tiempo esperando una obra así, pues se han escrito miles de cosas sobre el llamado Rey de las Manos Duras, pero ninguna que las uniera en un solo libro.

    Téllez acude, como es de sospechar, a los testimonios de quienes compartieron trozos de su vida con Barretto; y no sólo quienes lo amaron, sino quienes se pelearon con él, porque todo genio que se respete tiene carácter. El suyo no era fácil, pues tomaba decisiones radicales mientras te hablaba al oído con dulzura.

    Barretto es uno de los músicos latinos con mayor número de grabaciones en el hard-bop. Barretto es el símbolo gráfico de toda la obra del diseñador Izzy Sanabria. Barretto es el exponente de tres estilos en la música afrocubana: la charanga, la salsa dura y el latin jazz. Barretto es el detonante de una raíz sonora que va de la Típica 73 a Los Kimbos. Barretto es el punto de apoyo de los grandes músicos como Rubén Blades. Barretto es el fundador de la Fania. Barretto es salsa. Barretto es Red Garland, es Johnny Lytle, es Eddie Lockjaw, es Freddie Hubbard, es Wes Montgomery, es Art Blakey, es Lou Donaldson. Barretto es jazz.

    Pero Barretto también es el autoritario poseído de Irv Greenbaum, el mentiroso detractor de Nelson González, el líder rebelde de Will Hermes. Barretto es el ying y el yang de sí mismo, la energía desbordada y la armonía constante.

    Posiblemente no haya otro músico con más posibilidades de tener un título biográfico: El Watusi, Indestructible, Que Viva la Música (aunque ya sería meternos en el mundo de Andrés Caicedo), Hard Hands… Pero Tellez ha optado por Fuerza Gigante, nombre de uno de sus mejores trabajos y título de una canción memorable en colaboración con Gil López.

    “Hay que tener fuerza gigante para siempre poder echar pa’ lante”, dice el coro, y creo que Téllez está convencido de que allí se resume la notoriedad de Ray Barretto, su razón de ser en la historia: la voluntad de acero para continuar. Y razón no le falta, desde luego.

    Gran libro, con prólogo de Elmer González, que ha publicado la editorial Unos & Otros, y de la que extraemos apartes del primer capítulo dedicado a sus orígenes. Un placer leerlo.

    José Arteaga

    “La comunidad puertorriqueña ha estado emigrando a los Estados Unidos desde el siglo XIX. Durante el reinado de Fernando VII, España fue perdiendo algunas colonias en América del Norte y del Sur. En 1898, Puerto Rico dejó de estar bajo el control de España y se convirtió en territorio no incorporado de los Estados Unidos. La intervención política y económica en la isla, tras la denominada Guerra Hispano-Americana, propició las condiciones para la inmigración.

    En el año 1917 la ley estadounidense Jones–Shafroth convirtió a los puertorriqueños en ciudadanos estadounidenses, eliminando así todo tipo de barrera para el traslado libre entre ambos países. Aunque no fue la única causa, el deterioro de la economía ayudó a acrecentar el fenómeno migratorio. Con la disminución en la producción de las haciendas azucareras y cafetaleras, se presentó un gran crecimiento en las cifras de desempleo del campesinado puertorriqueño y esa situación derivó en que acaudalados criollos cayeran en la quiebra. Muchos de ellos terminaron vendiendo sus tierras.

    El primer éxodo puertorriqueño importante se dio a principios del siglo XX. Los primeros habitantes de Puerto Rico que emigraron a Estados Unidos se concentraron en zonas muy específicas, en su gran mayoría en el área de Nueva York, más exactamente en el Spanish Harlem. Historiadores han documentado ampliamente que entre 1918 y 1922 esta población se instala en el vecindario denominado “El Barrio”. Allí la música, desde un principio, tuvo un papel preponderante.

    Ray Barretto, percusionista y director de orquesta, conocido en el mundo como el “Manos Duras”, pertenece a esa generación de hijos de inmigrantes boricuas que se instalaron en la Gran Manzana en búsqueda de un mejor futuro. Sus padres, Ramón Barreto y Dolores Pagán, provenían de Aguadilla, pueblo al oeste de Puerto Rico, una tierra que también vio nacer al genial compositor de “El Cumbanchero” y “Lamento Borincano”, don Rafael Hernández.

    Raymond Barretto Pagán nació el 29 de Abril de 1929 en Brooklyn, uno de los cinco distritos de Nueva York. Brooklyn también ha visto nacer a estrellas del deporte como el basquetbolista Michael Jordan y el boxeador Mike Tyson; y a figuras triunfantes del séptimo arte como Eddie Murphy, Jennifer Connelly, Al Pacino y Barbara Streisand. Pero también ha sido hogar de iconos de la música como Cyndi Lauper, famosa cantante de pop de los años 80, y de Lou Reed, considerado el padre del rock alternativo, entre muchos otros personajes que han contribuido al fortalecimiento de toda clase de manifestaciones artístico-culturales.

    Tras la ausencia de la figura paterna (el padre abandonó el hogar de regreso a Aguadilla estando muy pequeño Raymond), el niño creció al lado de su madre y junto a sus hermanos, Cecilia y Ricardo. El joven aspirante a músico lo recordaba de esta manera: “Solía tocar en la cocina, con las ollas y sartenes, y mi madre me gritaba: ¡Deja de hacer ruido! Noté que aunque los instrumentos de percusión parecen más fáciles de tocar, requieren gran fuerza física. A medida que uno desarrolla la idea y la dinámica, ve que puede tocar más suave, alto, algo bonito, y explorar nuevas formas de tocar distintos ritmos. Así comencé a apreciar más el arte del percusionista”.

    Mientras doña Dolores cumplía con el rol de padre y madre en una apretada situación económica, asistiendo además a la escuela nocturna para aprender inglés, Ray y sus hermanos compartían el humilde hogar pegados a la radio, escuchando principalmente las big bands de jazz de Tommy Dorsey, Glenn Miller y Harry James, mezclando esas audiciones con las de los discos que había en casa, grabaciones de artistas populares de la época como Daniel Santos, Bobby Capó y la banda de Frank Grillo, Machito. El propio Barretto lo expresó de manera muy directa cuando confesó: “La música fue mi salvación espiritual”.

    “Yo creo que su madre tuvo mucho que ver indiscutiblemente con su personalidad. Creo que muy temprano en su desarrollo Ray decidió: ‘bueno no tengo a mi padre, así que voy a hacer lo que yo pueda, para llegar a donde quiero’. Ray determinó desde muy joven lo que iba a hacer, se lo propuso” afirma el trompetista Ángel Fernández, instrumentista y arreglista de la orquesta de Barretto en varias producciones de la década de los 80.

    Sobre el apellido del “Manos Duras” aún sigue la controversia. Nadie se ha puesto de acuerdo acerca de cómo escribirlo, si con una o con doble T… ¿Barreto o Barretto?

    Mientras algunos músicos como el timbalero cubano Orestes Vilató y el trombonista George Rivera aseguran que debió tratarse de un error a la hora de realizar el registro de nacimiento; Ángel Fernández se adscribe a la tesis según la cual al percusionista se le expidió un documento falso para enlistarse en el ejército de los Estados Unidos en tiempos de la posguerra. Así, en 1946, cuando apenas tenía 17 años de edad, fue asignado en Alemania.

    “Tomé esa decisión porque realmente no veía ningún futuro en Nueva York para mí”. Pero Barretto aprendió rápidamente que la vida militar no lo iba a proteger de la discriminación racial. “El ejército no estaba integrado. El soldado blanco estaba con el blanco y el negro con el negro. Yo estuve con los soldados blancos, pero era cuestión de sobrevivir, porque odiaban al latino tanto como al negro”.

    Es durante su estancia en la ciudad de Múnich, mientras cumple su servicio militar, que Barretto se acerca al jazz. Concentrado al norte de los Alpes Bávaros, conecta su oído al “bebop”, movimiento surgido a mediados de los años 40 encabezado por agrupaciones de formato reducido, casi todas ellas conformadas por músicos negros que interpretaban una música de impresionante velocidad y largos solos instrumentales, un sonido que se alejó de la popularidad de las bandas de la era del swing pero que en lo musical significó una evolución importante para el jazz. “Descubrí un club de soldados negros. Yo iba cuando era posible. Hice amigos: ahí descubrí quien era yo”.

    El momento realmente clave para el posterior desarrollo de la carrera musical de Ray Barretto llegó tras escuchar la percusión de Luciano “Chano” Pozo (La Habana, Cuba, 7 de enero de 1915 – Nueva York, 3 de diciembre de 1948) en el clásico tema “Manteca”, junto a la orquesta del trompetista Dizzy Gillespie (Cheraw, Carolina del Sur, Estados Unidos, 21 de octubre de 1917 – Englewood, Nueva Jersey, 6 de enero 1993). La grabación de esa pieza, pionera de la mezcla del bebop con los sonidos cubanos (de ahí la aparición de la denominación “cubop”) terminó siendo de gran inspiración para decidirse enteramente por la música.

    El trombonista puertorriqueño y amigo personal de Barretto, George Rivera, evoca el hecho en referencia: “Ray encontró una estación de radio en Alemania que tocaba jazz, y en sus ratos libres siempre recurría a oírla. Un día cualquiera suena el número “Manteca” con Gillespie y, según me narró en varias ocasiones, allí le entró una cosa inmensa, que no pudo parar; se fue para la estación de radio y le pidió al locutor que le hiciera una copia del disco. Esa misma noche lo oyó casi 25 veces. Ahí le entró la música y nunca miró pa´atrás”.

  • Tomándole un pulso al mundo

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    PastoJazz llega a su sexta edición del 13 al 16 de septiembre apostando por una variedad musical distinta a los de otros festivales. Homenaje y regreso a “la tierrita” de Tico Pierhagen.

    Oscar Acevedo es un viejo lobo de jazz. Ha buceado en todas las aguas de esta música que se debate constantemente entre la efervescencia rítmica del arte contemporáneo y la dulzura melódica del arte clásico.

    Aún recuerdo aquellas tardes cuando nos reuníamos en nuestros apartamentos de Barcelona a elaborar un curso que dictaríamos sobre música latina, donde yo daría la parte teórica y él la parte práctica, por supuesto. Al final el curso no se hizo, aunque yo seguí por mi rumbo en lo teórico y Oscar se consagró por el suyo en la práctica.

    Han pasado 17 años desde entonces (“¿hace tanto tiempo?, ¡qué vejez!”, diría él) y dentro de esas aguas que han fluido en los siguientes, Oscar ha grabado discos, hecho giras, dictado clases, organizado eventos y ha sido columnista de El Tiempo. No sé de más porque no me ha contado más, pero es un buen ritmo de vida que, por aquellas cosas del destino, le viene como anillo al dedo a su siguiente parada: PastoJazz.

    Surgido en medio de una oleada de festivales del género, PastoJazz tuvo su génesis durante un Seminario-taller de periodismo cultural en el marco del III Congreso Iberoamericano de Cultura en Medellín, al que asistieron entre otros, Juan Carlos Santacruz Gaviria, Oscar Acevedo y este servidor. Una charla casual entre Juan Carlos, director del Fondo Mixto de Cultura de Nariño, y yo, determinó su creación y que ha llevado el Fondo con tanto entusiasmo como capacidad de gestión.

    No es nada sencillo porque San Juan de Pasto aún es una ciudad imberbe en estos temas. No hay un equilibrio entre el gasto que se hace para ver un concierto en Carnavales, que en otro momento del año. No hay un equilibrio entre el patrocinio a un concierto de música de despecho, que a uno de jazz. No hay un equilibrio entre la cantidad de escenarios existentes y el mantenimiento que se hace de ellos. De modo que PastoJazz, a pesar de haber nacido como propuesta de llevar a la ciudad a los grandes músicos del mundo, ha girado poco a poco hacia la posibilidad de que músicos locales muestren sus productos.

    Tampoco es ilógico que ello ocurra. Pasto, y Nariño en general, son cunas naturales de talento musical. Al igual que ciudades como La Habana o Río de Janeiro, en esta también surgen músicos hasta debajo de las piedras, y lo que necesitan es formación y oportunidades.

    PastoJazz incluye, como no, espacios para las llamadas clínicas. Es decir, talleres que dictan los músicos invitados a quien quiera inscribirse en ellos que, por lo general, son estudiantes de conservatorio o de escuelas privadas. Hace un tiempo participó en estas el pianista panameño Danilo Pérez, que de esto sabe un mundo porque trabaja en Berklee College of Music, y este año llega Oscar Acevedo, ex alumno de Berklee y profesor de la Universidad de los Andes en Bogotá. Sus clases, soy testigo, son buenísimas y clarificadoras.

    También es importante su presencia porque Oscar ha estado vinculado por décadas al Festival Internacional de Jazz del Teatro Libre de Bogotá, que ya lleva la friolera de 28 ediciones y que es el más veterano del Circuito de Jazz Colombia, una alianza nacional destinada a facilitar la circulación de los artistas y sus proyectos entre los diferentes festivales de jazz que se realizan anualmente. De modo que el Fondo Mixto también saldrá beneficiado.

    Abro un paréntesis y les cuento que Miguel Camacho Castaño, presentador oficial de PastoJazz y quien prepara una serie de conversatorios en público con todos los músicos invitados, también fue presentador oficial del Festival del Teatro Libre cuando este evento comenzaba en los años 90.

    Y en cuanto a la música, la propuesta de Oscar Acevedo, grabada hace menos de un mes en el auditorio de la Universidad de los Andes, se titula A Toda Costa y en el que seguramente habrán mezclas de pasillos y bambucos con jazz, y ecos de Pat Metheny, como toda su obra. Pero él huye, de todas formas, de los lugares comunes y eso es algo que lo atrae de Pasto: una ciudad en la que han congeniado con el mismo fervor la salsa, el rock, la música andina y la música romántica.

    De lugares comunes también huye Juan Carlos Santacruz y el Fondo Mixto de Cultura, pues a diferencia de MedeJazz, que este año trae toda una caravana de jazz afrocubano, PastoJazz se acerca a una diversidad poco conocida en estos ámbitos. Por decir algo, mientras en Medellín aterrizan las estrellas salseras Típica 73, Bobby Valentín y Cuco Valoy, en Pasto lo hacen el grupo francés LaBulKrack, el trío italiano de Fabrizio Bosso y el cuarteto israelí de Yotam Silberstein.

    LaBulKrack es una fanfarria o fanfaré; banda de metales cuyo formato ha sido asociado durante años a la musicalidad gipsy del este europeo. En la costa atlántica colombiana se hablaría de ella como de una papayera y en el interior como de una retreta. Y eso es lo simpático, pues hacer jazz en esas condiciones requiere un manejo muy swing del asunto. LaBulKrack tiene tres trompetas, tres trombones y cinco saxofones.

    Italia ha tenido grandes fanfarés y por ende, grandes trompetistas de este formato como Roy Paci. Pero también concertistas de trompeta-jazz más clásica como Fabrizio Bosso. El veterano trompetista turinés es famoso por el manejo de la sordina y por sus peculiares versiones de estándares pop como el tema Another One Bites The Dust de Queen.

    Más metheniana es la propuesta del guitarrista Yotam Silberstein, que recoge ese espíritu de gran ciudad que siempre llevan consigo los habituales de las salas y estudios de Nueva York.

    Se trata entonces de “tomarle el pulso al mundo”, en palabras de Santacruz, quien no descarta, sin embargo, la presencia afrocubana. “Es la gente la aquí la que hace más latin”, afirma. Y para demostrarlo está la Red de Escuelas de Música de la ciudad, que hará una versión jazzística de temas salseros de Fruko y su Tesos, además de un homenaje a Chato Guerrero.

    Luis Chato Guerrero
    fue todo un personaje en la vida cultural nariñense. Compositor de bambucos, boleros y sonsureños, es sobre todo conocido por su tema Cachirí (“así es Cachirí, popular en el Valle de Atriz”) y por sentido del humor que lo acompañó siempre. Al escritor Julián Bastidas Urresty le contó alguna vez: “A mis amigos les digo: ya estoy vuelto una chatarra. ¿Y porqué, Guerrerito, qué le pasa? Porque chatarra viene de chato, les digo”.
    Tico Pierhagen
    La Red de Escuelas de Música simboliza el mañana de la música nariñense, Chato Guerrero simboliza la eternidad de esa música, y Tico Pierhagen simboliza el regreso. Nacido en Pasto, pero criado en Utretch, Pierhagen se reencontró con sus raíces en 2008 y convirtió esos acordes andinos en la base de su estilo musical en un piano rebosante de virtuosismo. Es a él y a su retorno a casa a quien está dedicada esta edición del festival.

    Otro pastuso en escena será el guitarrista John Gómez al frente de su cuarteto, quien juega de local en esta edición al ser todo un veterano de anteriores PastoJazz. El debut lo firma el ensamble experimental Nie Dam Sie, una alternativa sonora aún por descubrir.

    La sede del evento musical será el reformado, comodísimo y elegante Teatro Javeriano, el mejor del sur de Colombia para este tipo de presentaciones y cuya curiosa historia se puede leer AQUÍ. Un escenario que demuestra la modernización de una ciudad que se abre hacia las músicas del mundo.

    José Arteaga

    PastoJazz 2015, PastoJazz 2014, PastoJazz 2013, PastoJazz 2012, PastoJazz 2011

  • El bilongo de Richard Bona

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    Isabel Llano
    nos cuenta como el músico camerunés golpea con mucho bilongo en Heritage, su nuevo disco acompañado por el grupo Mandekan Cubano y producido por Quincy Jones.

    En la tradición afrocubana la palabra bilongo significa hechizo amoroso, aquel que le echó la Negra Tomasa a su marido en la célebre canción cubana. ¿Quién no reconoce ese estribillo que todos hemos tarareado o sufrido alguna vez y que ha sido versionado en todo el mundo por todo tipo de músicos y ritmos? Pues bien, parece que a Richard Bona también le han echado bilongo los músicos cubanos del grupo Mandekan y aquí te traemos los detalles de toda esta brujería musical. ¡Kikiribú mandinga, kikiribú mandinga!

    “¡Aeeeeee…un solo golpe na’ma’!”, advierte el coro, antes que el bajo y el timbal marquen la entrada de los demás instrumentos. Así empieza Jokoh Jokoh, uno de los 12 temas de Heritage (Qwest Records, 2016), el nuevo disco de Richard Bona, lanzado al mercado el pasado 24 de junio.

    Este nuevo proyecto, producido por Quincy Jones, ese otro brujo de la música, es la confirmación del feliz encuentro del bajista con Mandekan Cubano, grupo con el que el músico camerunés viene tocando desde hace más de cuatro años y con el que se presentó el pasado 2 de julio en el Festival VIJAZZ, de Vilafranca del Penedés, una de las citas en España, incluida en la gira internacional de presentación del disco.

    Si eres de los que conocen el bilongo de Richard Bona ya puedes estar de enhorabuena por su nuevo disco, y si eres de los que aún no conocen o conocen poco a este brujo de la música, también puedes estar de enhorabuena porque aquí te vamos a contar el bilongo del músico, de Mandekan Cubano, del disco y del concierto de presentación.

    Richard Bona
    es un músico nato. En palabras de Manu Dibango, Bona es un músico instintivo como Django Reinhardt, el tipo de músico que está más allá de su instrumento, da igual si toca el piano o la armónica, porque en él vive la música. En la actualidad, Bona es uno de los más influyentes bajistas del mundo, un maestro absoluto de la música que, como bajista, adquirió prestigio de la mano de (léelo bien) Joe Zawinul, quien ya sabía lo que hay que saber sobre los más grandes bajistas.

    Bona llegó a nuestro mundo el 28 de octubre de 1967 en el río Yalai, en Minta, una pequeña población de Camerún. Nació en el seno de una familia de honda tradición musical; su madre cantaba en el coro de la iglesia y su abuelo materno era Griot, uno de esos juglares consumados, depositarios de la tradición oral, que conservan la memoria, las tradiciones, la música y las canciones ceremoniales en África.

    De niño, Bona era muy intenso –según él mismo confiesa- y lloraba mucho. Pronto su familia descubrió que lo único que calmaba a ese niño tan intenso era la música. A los 3 años de edad empezó a tocar el balafón. Era tímido y solía estar en su habitación cantando y tocando su instrumento. Cuando enfermó de malaria, el sonido del balafón lo tranquilizaba, así que su abuelo le enseñó a construirlo. Con 5 años hizo su primer balafón y a los 7 construyó su primera guitarra. Desde los 5 años tocaba con frecuencia y ya era una celebridad: cantaba con su madre en la iglesia, y tocaba también el órgano y la guitarra. Cada domingo venía gente de todas partes a verlo tocar en la misa y todos querían que tocara en los bautizos y bodas. Tenía el don de poder tocar cualquier instrumento que escuchara con sólo con verlo tocar y él mismo los construía con latas de aceite y alambres de bicicleta (ver documental).

    Douala-París-New York…

    Bona tenía 11 años cuando su familia se trasladó de Minta a la gran ciudad portuaria de Douala, la segunda ciudad más importante de Camerún y la más poblada. Empezó a tocar con bandas de bikutsi y makossa -músicas populares urbanas de Camerún- en bares y cabarets. Por entonces –como narra su madre en el documental biográfico- fue cuando su padre le partió la guitarra en la cabeza, pues a pesar de ser percusionista no quería que Richard fuera músico y tocara en cabarets. Algo que él no recuerda con enfado pues- dice- la fuerza de la música era mayor.

    En Douala, un club francés de jazz fue abierto en un hotel. Aunque Bona no sabía nada de jazz conformó una banda para tocar allí, le pagarían 20 veces más lo que ganaba tocando en los bares, así que necesitaba el bolo. El propietario del hotel donde tocaba la guitarra tenía una colección de 500 LPs que Bona escuchaba para aprender lo que tenía que tocar. Entre ellos, escogió el disco Portrait of Tracy de Jaco Pastorius, lo que cambió su vida para siempre. Fue entonces cuando le quitó 2 cuerdas a su guitarra para tocarla como un bajo y por ello lo echaron de la banda. ¿Qué habría pasado –pregunta el bajista italiano Luca Angelici a Richard Bona en una entrevista de mediados de julio 2016- si Richard hubiera escogido On the corner de Miles Davis o Return to forever de Chick Corea? A lo mejor hoy sería un trompetista o un pianista. La cuestión es que el disco que Bona eligió para escuchar fue el de Pastorius.

    Tras la muerte de su padre (1985), Bona se traslada a París en 1989, con 22 años. Sus apariciones en clubes de jazz locales, junto a músicos como Manu Dibango, Marc Ducret, Didier Lockwood o Salif Keïta hacen que su fama de virtuoso continúe creciendo mientras que profundiza el estudio de la música de Miles Davis, Chet Baker… Los años que pasó en París fueron un periodo muy formativo donde se reunió con músicos de estilos muy variados.

    Su reputación no paraba de crecer. Pero el bilongo empezó con su traslado a Nueva York en 1995 (actualmente vive en Brooklyn) lo que hizo realmente despegar su carrera y prestigio internacional. En la década de los años 1990, su musicalidad y virtuosismo se convirtieron en leyenda en Paris y Nueva York. A las dos semanas de llegar a la Gran Manzana ya estaba de director musical de Harry Belafonte. Visitó los clubs más famosos de jazz de la ciudad y actuó con músicos de la importancia de Michael & Randy Brecker, Pat Metheny, Larry Coryell, Mike Stern, Steve Gadd, Joe Zawinul.

    Richard Bona ha superado muchas dificultades. Estuvo viviendo indocumentado en Nueva York, y en París también tenía problemas de papeles y dinero, pero es algo que nunca le ha importado, porque –dice- sus papeles son la música y si tiene su guitarra qué importa la policía. Ahora ya es ciudadano estadounidense; tuvo la suerte de no haber sido nunca arrestado por no tener papeles.

    Aunque ha recorrido un gran camino musical, Bona sigue recordando su primer instrumento: el balafón. Hoy es un músico superdotado, multi-instrumentista, bajista genial, compositor, arreglista, líder, cantante y compositor fuera de serie. Su estilo es único, una mezcla de jazz, afro-beat, bossa nova, pop, funk y se ha atrevido hasta con el flamenco.

    Richard Bona ha publicado nueve álbumes en los que mezcla diferentes tradiciones de una forma nueva y sorprendente pero manteniéndose fiel a sus raíces: Scenes From My Life (Columbia, 1999), Kaze Ga Kureta Melody (Sony, 2000), Reverence (Columbia Europe, 2001), Munia: The Tale (Verve, 2003), Toto Bona Lokua (No Format, 2005), Tiki (Decca, 2006), Bona Makes You Sweat (Decca, 2008), The Ten Shades of Blues (Decca, 2010), Bonafied (Universal Music France, 2013) y Heritage (Qwest Records, 2016)

    Heritage

    En el vídeo de presentación del disco, con la versión de Bilongo de fondo, Quincy Jones se refiere a Richard Bona como “el tipo más talentoso del planeta” y añade que tener un artista camerunés haciendo un álbum afrocubano es para él como un sueño vuelto realidad.

    Heritage está inspirado en el legado musical compartido por África occidental y Cuba, recordando que la clave africana y la clave cubana en últimas son una misma. Este trabajo ha sido creado –asegura Richard Bona– para mostrar la herencia, la riqueza de la música tradicional del occidente africano y de Cuba, que es un patrimonio mundial. Se trata de un viaje interminable de ida y vuelta en el que Richard Bona se siente cómodo como nadie. En este primer álbum oficial de música afrocubana del genio de Douala, él brilla nuevamente junto con los músicos de Mandekan Cubano.

    Mandekan Cubano no es solo cubano. Los músicos cómplices de Richard Bona en la grabación del disco y en el tour internacional son: Osmany Paredes (Cuba), pianista de los dedos mágicos, elegante y eficaz en el jazz y la herencia afrocubana. Luisito Quintero (Venezuela), percusionista brillantísimo, omnipresente y viejo conocido de Radio Gladys Palmera. Rey David Alejandre (México), uno de los trombonistas más buscados del mundo. Dennis Hernández (Cuba), cuyo estilo afrocubano particular en la trompeta ha seducido lo más exquisito del latin jazz. Roberto Quintero (Venezuela), una devoción a la herencia afrocaribeña con 17 premios Grammy. Los hermanos Quintero son conocidos como los látigos de la percusión. Ludwig Afonso (Cuba), en la batería, quien se ha formado en Miami y está radicado en Nueva York.

    Heritage seduce desde el mismo diseño de su portada, una carátula preciosa de colores vivos con el artista en primer plano. El disco contiene 12 temas con magníficos arreglos vocales, delicadeza de interpretación y fantásticas improvisaciones. Las canciones con el sabor de los ritmos afrocubanos (cha cha chá, guajira y timba) constituyen la mayor parte del álbum. Matanga y Eva son canciones melancólicas sobre acontecimientos tristes, cantadas con mucho sentimiento. La canción Essèwè Ya Monique tiene un estilo más africano que cubano. La versión de Bilongo, la primera canción que Richard Bona aprendió cuando fue a Cuba, es soberbia, digna de figurar entre las mejores de las miles de versiones que del tema existen. Richard Bona canta en duala (O diwala, douala, dualla, dwala, dwela, sawa) su lengua natal, la más hablada en la ciudad más poblada de Camerún. Algunos coros los canta en español, sin embargo, según la revista Jazzwise, el primer tema del álbum, Aka Lingala Te, está cantado en lingala, una lengua del Congo, lo que sugiere el comienzo del viaje. Este proyecto reúne ritmos y melodías con mucho sabor y sentimiento. Dicho en cubano: con mucho bilongo, montuno y tumbao para los amantes de la brujería musical.

    Amor en carne viva

    Soy admiradora de Richard Bona desde la primera vez que lo vi, el 02 de julio de 2002, en Pueblo Español, dentro del festival Grec de Barcelona. Se trataba del concierto de presentación de Speaking of now, el undécimo disco de estudio de Pat Metheny. Esa noche quedé maravillada con dos descubrimientos musicales que brillaron tanto o más que el guitarrista de Missouri: el baterista mexicano Antonio Sánchez y el músico camerunés, que destacó de forma deslumbrante en los coros, como guitarrista y percusionista. Quedé tan gratamente sorprendida con el músico africano que no dudé ni un segundo en asistir al concierto que ofrecería el 25 de julio, al frente de su grupo, en la Plaza del Rey. Fue anunciado a través de volantes esa misma noche, pues este concierto no figuraba en el programa impreso del Grec. La presentación de Richard Bona en la Plaza del Rey, esta vez tocando el bajo, confirmó con creces que estaba ante un músico de calidad excepcional. Desde entonces ha sido para mí una referencia fundamental cuando se habla de bajistas y cantantes.

    En Vilafranca, Richard Bona era uno de los músicos que encabezaba el cartel del Banc Sabadell Vijazz Penedès 2016. El sábado 2 de julio, 14 años después de nuestra primera vez, asistí a su memorable concierto y lo hice desde la mismísima prueba de sonido sin saber que el músico y su grupo ya me estaban echando bilongo.

    Con su banda, Richard Bona va del pianissimo al forte sin estridencia, y cede el protagonismo a cada músico cuando a cada quien le corresponde, siendo él el protagonista calla o baja el volumen, escucha y celebra los solos de los demás. Por ello es posible decir que tiene una concepción integral de la música. Con la plaza a reventar no se oía nada que no viniera del escenario. El haber sido músico de iglesia tiene que ver con su manera de asumir un sonido acústico pese a contar con todos los equipos de amplificación. Su bilongo tiene el poder de embrujar de inmediato a la audiencia, el respetable escuchó su música con emoción y en silencio, algo realmente inusual en conciertos multitudinarios. Después de dos canciones, las más sentimentales de Heritage, hizo que la gente cantara algunos coros. Más adelante nos hizo participar aplaudiendo y finalmente hizo que bailáramos con todo el sabor afrocubano de su proyecto, involucrando todo el cuerpo. Pudimos experimentar sentimientos, conectar con nosotros mismos, con él y entre todos, gracias a su música.

    El músico cantó y tocó el bajo a la vez al nivel magistral que él lo hace, algo sumamente difícil. Él canta con voz aguda, angelical, a la vez que su bajo también canta. Su sonrisa ilumina todo el escenario y su música es un regalo inigualable.

    Richard Bona es un showman, sabe atrapar a la audiencia y llevarla donde él quiera, su presencia, sus palabras y su música transmiten una energía buenísima. Bona contagia al público de su amor por la música y se da una comunión – común unión, un ritual en el que todo mundo participa, nadie queda intocable-. Los conciertos del llamado “Sting africano” son inolvidables. Además de la belleza de su voz, juega con “loops” para crear un mayor espectro vocal. Su música conmueve tanto que mientras lo escuchas no te extrañe si estás sonriendo de oreja a oreja, sintiendo grande el corazón y en un estado de conexión espiritual con el universo. Sus conciertos son un viaje interestelar.

    Como habrás oído, visto y leído, cuando se habla de Richard Bona ¡no es suficiente un solo golpe na’ ma’!

    Richard Bona es un ninja, como le llaman sus amigos, tal vez desde sus años de bajista de Joe Zawinul o por su relación con los amplificadores de bajo Little Mark Ninja y Traveler 121 NINJA de la marca italiana Markbass, de Marco De Virgiliis, que él respalda con su firma y que junto con su bajo Fodera de 5 cuerdas logra un sonido único: el sonido Richard Bona, según dicen.

    Richard Bona es África, es jazz, es Cuba, es herencia y lo ha sintetizado en Heritage. Con Mandekan Cubano está llevando a cabo la gira mundial para transmitir el bilongo de su música, es decir de la música.

    Heritage Tour 2016- Richard Bona & Mandekan Cubano

    Si estás en Nueva York el 9 y 10 de septiembre próximos no dejes de ir a la celebración del primer aniversario del Club Bona Fide de Richard Bona, con la presentación del bajista y Mandekan Cubano. El Club Bonafide (Bonafide= fiable, genuino), está localizado en la 212 East 52nd Street, y está trayendo de vuelta la música a la calle 52, conocida como “Swing Street”.

    Isabel Llano