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  • El retorno de la Típica 73 en Tempo Latino

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    El festival francés Tempo Latino llega a su edición 21 con una muestra contundente de salsa de la vieja época y una reaparición estelar.

    Los carteles anuncian a Oscar de León en un dibujo hiperrealista del gran cantante venezolano rodeado de zapatos rojos de tacón. Es una obra de Jean-Paul Chambas, el pintor más importante de la escena artística de Gers, departamento del centro de Francia donde está ubicada la pequeña localidad de Vic-Fezensac.

    Es el poster del festival Tempo Latino 2014, aunque no es el único. Chambas ha hecho otras versiones alternativas con los otros músicos que serán cabeza de cartel. Es una buena idea, no sólo como reclamo publicitario sino como evidencia del talento de este artista que ya había hecho los carteles de 1995 y 1996. El arte pictórico sigue siendo un elemento vital para la organización del evento más salsero de la región.

    Bueno, salsero salsero no es exclusivamente, aunque el eclecticismo de los festivales de jazz modernos le permiten a Tempo Latino ampliar su universo de sonoridades afro-caribeñas. Ya lo ha hecho en oportunidades anteriores (quizás con mayor amplitud), y en esta ocasión lo deja para su tercera noche con la actuación de la agrupación Herencia de Timbiquí.

    Dirigida por el saxofonista Harly Lozano Herencia de Timbiquí representa la música de la Costa Pacífica colombiana, música riquísima en variedad y que tiene como uno de sus puntales a la marimba de chonta. En apariencia es un instrumento artesanal común y corriente, pero su sonoridad es única, dada por el tipo de madera del árbol que le da su nombre y que sólo crece en las zonas húmedas de los departamentos colombianos de Cauca y Nariño.

    Herencia de Timbiquí podría ser perfectamente cabeza de cartel. Llevan ya 14 años de existencia, participan con frecuencia en los grandes festival del mundo y han tenido en los últimos años el apoyo de peces gordos de las nuevas sonoridades tropicales como Quantic. Sin embargo, esta vez tendrán que estar antes de la banda parisina Kassav, toda una institución del zouk de Martinica, que cumple ya 35 años en escena.

    Se dice que el zouk nació en los años 80 en Haití, pero la verdad es que sus raíces pertenecen a las Antillas Menores y que Kassav ha hecho por su preservación más que cualquier otro conjunto francés.

    Pero esa es la tercera noche, como ya se ha dicho. La primera es la de Oscar de León, que ya había estado en el 97 y que, como es su costumbre, no suele decepcionar pues siempre derrocha vitalidad. De León, además, siempre es noticia. Su autobiografía, prologada por Rubén Blades, es un éxito editorial, en gran medida porque las ganancias de sus ventas irán destinados a los niños venezolanos que padecen malformaciones craneofaciales, a través de la Fundación Operación Sonrisa.

    A él lo antecede la orquesta de Nimes Salsafón, que viene promocionando su álbum A Tite Cantamos, dedicado a la memoria del inolvidable compositor Tite Curet Alonso. El álbum contiene, por supuesto, Anacaona, símbolo de la salsa de los 70 y que cantara el fallecido sonero Cheo Feliciano. Y a Cheo se le brindará homenaje, como no, tanto en el gran escenario de la Plaza de Les Arènes, como en las programaciones de Cap Tempo y de La Conga, y en la radio, pues Tempo Latino tendrá su propia radio y para su montaje han pedido la colaboración de El Molestoso Enrique Romero, uno de los incondicionales del evento tanto en Francia como en España.

    Enrique Romero nos cuenta que el día concreto del homenaje a Cheo es el viernes 25 de julio cuando suban a tarima dos de las agrupaciones emblemáticas de la salsa neoyorquina de todos los tiempos: la Orquesta Broadway y la Típica 73.

    La Orquesta Broadway sigue estando liderada desde su fundación en 1962 por el flautista Eddie Zervigón, santo y seña de la charanga del Caribe urbano, aunque en los últimos años la dirección musical ha recaído en el pianista colombiano Pablo Mayor. Son muchos los años y muchas las grabaciones, pero el éxito y la vigencia de la Broadway ha dependido de la elegancia de su sonido y el esmerado cuidado de su obra.

    La Típica 73, por su parte, nació en el año que le da su nombre y aunque es conocida por ser una charanga, su sonido es atípico por la incorporación de otros instrumentos. Soportada por el percusionista Johnny Rodríguez y el pianista Sonny Bravo, se ha organizado de nuevo en una exclusiva para Tempo Latino. Y no es una exclusiva cualquiera. La Típica 73 es una orquesta de culto entre los melómanos. Bien valen la pena unas cuantas horas de carretera para ir a verla y escucharla.

    El cierre del festival estará a cargo de Africando, un clásico no sólo de Tempo Latino sino de la salsa contemporánea. Africando es especial porque interpreta en wolof un repertorio tradicional, pero también porque ha pasado de ser una banda de Senegal a una orquesta pan-africana con músicos de varios países, incluyendo algunos radicados en Nueva York. A Africando la antecede Conga Libre, orquesta ya muy conocida de Toulousse.

    Tempo Latino fue creado por iniciativa del docente Eric Duffau y un grupo de amigos suyos en septiembre de 1993. Desde entonces es el gran evento latino de Gers y Vic Fezensac respira música afrocubana por los cuatro costados; la capacidad hotelera no da abasto, la calle principal se convierte en una feria permanente y los alrededores de la plaza de toros de Les Arènes ofrecen desde promociones de casas discográficas hasta opciones gastronómicas latinas. Los grandes artistas tocan en Les Arènes y los dj’s y bandas del stage lo hacen en el espacio aledaño La Conga. El festival arranca el 24 de julio y culmina el 27.

    José Arteaga.

  • La noche que llegó el songo a Medellín

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    Sergio Santana narra el acercamiento de Medellín a Los Van Van, y de paso nos cuenta como fue el impacto de la nueva música cubana en Colombia.

    El hallazgo de Los Van Van –y en general de la música cubana tras la revolución de 1959- para el público de Medellín se produjo poco a poco, de la mano de estudiantes e intelectuales de izquierda, más por el amor por la música y la admiración por el proyecto político en la isla, que por las razones del mercado que han traído otras modas y otros consumos, efímeros, mediocres y desechables. La música de Juan Formell llegó despacio, pero llegó para quedarse.

    Las primeras grabaciones de Los Van Van llegaron a Medellín a mediados de la década de los 70 del siglo pasado por vías no comerciales, los protagonistas fueron los teatreros, intelectuales, profesores universitarios y sindicalistas que viajaban a La Habana en intercambios culturales o por conocer, de propia vista, el proceso político de la isla y regresaban cargados de música, y entre los discos y casetes se colaron Los Van Van, que ya sonaban por todos los rincones de la isla bloqueada.

    Pero esas grabaciones se quedaron en reuniones familiares y en intercambios entre amigos –compañeros, diríamos ahora-, hasta que llegó la primera invasión vanvanera durante los XIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se realizaron en junio de 1978.

    Los deportistas cubanos, además de salir vencedores en las justas, fueron un motivo de intercambio cultural, en sus maletas llegaron discos de agrupaciones novedosas en la ciudad como Los Van Van, Irakere, Son 14 y Ritmo Oriental. Con ellos supimos, además, que la Orquesta Aragón y Celina González estaban vigentes y grabando, que existía un nuevo movimiento socio-político-musical llamado nueva trova que tenía como protagonistas a un Pablo Milanés, a un Silvio Rodríguez, a una Sara González. Algunas de esas grabaciones sonaron en la radio, pero Medellín no las entendió, la onda salsera neoyorquina prevalecía -y prevalece- y el songo se quedó engavetado.

    La música cubana tuvo que hacer un viaje aún más largo: llegó con los estudiantes que habían construido su proyecto de vida en las universidades del desaparecido “campo socialista” de la Europa Oriental: venía con los graduandos de Moscú y Kiev. Venían en discos de larga duración etiquetados en ruso.

    Para comienzos de la siguiente década, con los discos de contrabando que llegaron de Venezuela, aparecieron los primeros éxitos vanvaneros en la ciudad: Sandunguera, El Baile del Buey Cansao, La Habana no Aguanta Más, Anda, Ven y Muévete y Eso que Anda. Aun así la radio se resistía a programarlos habitualmente. Estudiantes universitarios que frecuentaban los bares de salsa de la calle La Paz entre Carabobo y Bolívar, entre ellos El Oro de Munich, La Bahía –de Humberto Freddy Gómez-, y unas cuadras más al norte, La Titular de William Gutiérrez, llevaban grabaciones en casete para que sonaran en estos centros de hedonismo y sabrosura.

    Cuando la salsa buscó otros espacios en la calle San Juan con la apertura de Convergencia, del profesor Edgar Arroyo, en 1987, entre la programación habitual de salsa clásica, nueva trova cubana y otros sonidos del gran Caribe como el reggae, el kompa direct y la soca, Los Van Van ahora sí empezaron a encontrar su espacio. Por esas calendas, la estación radial Latina Estéreo comenzó tímidamente a programar sus éxitos, especialmente la gozosa Sandunguera.

    El definitivo arraigo vanvanero se produjo en Rumbantana, en la calle San Juan, fundada en 1995, cuando comenzaron a programar noche tras noche y con discos traídos directamente de La Habana los grandes éxitos de Juan Formell y sus muchachos. La rumba se volvió eterna e imparable con Aquí el que Baila Gana, Que Sorpresa, Te Pone la Cabeza Mala, Se Acabó el Querer, Normal Natural, Deja la Ira, De Igual a Igual, Permiso que Llegó Van Van, Disco Azúcar, Que le den Candela, Soy Todo

    Además, una noche en el año 2001 programaron seis horas seguidas de Los Van Van en las inolvidables audiciones de los jueves.

    Medellín ahora sí podía ingresar en las grandes ligas vanvaneras y sólo quedaba vivir la experiencia en vivo de Los Van Van de Cuba…

    Van Van is here

    Durante varios años, uno de los más apasionados de Los Van Van en la ciudad, el periodista Juan Fernando Trujillo, El Flako, intentó convencer a los empresarios del espectáculo para que trajeran a los cubanos de nuevo sonido. No hubo interés, los temores estaban en que eran pocos conocidos y que su música poco sonaba en la radio comercial. Finalmente, el empresario Óscar Castañeda, de la Corporación Medellín de Jazz, arriesgó y se comprometió en semejante proyecto y se iniciaron los contactos para traerlos.

    Y llegó la hora… la noche de magia, pero persistía la incredulidad, las preguntas corrían por las calles: ¿vienen Los Van Van? ¿Será posible? La radio se unió al regocijo y programaron más grabaciones de lo habitual. La prensa abrió sus páginas y anunciaron la presencia de un sonido novedoso de bajo y percusión llamado songo que llegaba de Cuba.

    La fecha no se olvidará nunca: 1 de noviembre de 2007, en el escenario del Teatro Metropolitano. Estaban programados para las 8 pm, pero con los retrasos tan habituales en nuestro medio empezaron 40 minutos después y nadie dijo nada. Se abrieron por fin los telones y arrancó el songo, Juan Formell, Mayito Rivera, Yenisel Valdés, El Lele, Robertón Hernández y los éxitos de siempre y los de su trabajo más reciente de ese entonces: Chapeando, Anda, Ven y Quiéreme y Ven, Ven, Ven. Y los casi 1.500 espectadores quedaron extasiados después de casi dos horas de exorcismo vanvanero.

    Esa noche cubana fue una apuesta a la aceptación de los nuevos sonidos provenientes de la isla, a los que algunos mal llaman salsa cubana y otros, tal vez más respetuosos de los particulares ritmos cubanos, discriminan entre songo y timba. Pese a tratarse de géneros que no se encuentran en la programación de las emisoras que difunden salsa, pese a conocerse relativamente poco el extenso trabajo de Formell y sus Van Van, pese a no ser en un escenario apto para el baile, pese al pésimo sonido contratado para la actuación, a la gente le gustó la propuesta rítmica y melódica que, como la audiencia entrenada ha crecido notablemente, ahora los problemas técnicos sí puede determinar el éxito de una presentación.

    Al final del concierto, Juan Formell en los camerinos se dirigió a su trombonista estelar, Hugo Morejón, y le dijo excitado: «anótalo, tenemos más vanvaneros en el corazón para llevar a Cuba».

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    Los regresos

    Cuando pasó el éxtasis, cuando las revoluciones y evoluciones sonoras de Los Van Van se calmaron en las almas de los paisas, regresaron para una presentación en un espacio más abierto pero con otras deficiencias de sonido que no han podido superar con el paso de los años, la Plaza de Toros La Macarena -ahora llamada Centro de Eventos La Macarena-. Era el 9 de octubre de 2009 y alternaron con el Grupo Niche. Pero la asistencia no fue buena como esperaban los empresarios, aun así entregaron el alma en tarima por un motivo inmenso: celebraban 40 años alegrando corazones.

    Fresca está la más reciente visita de Los Van Van a Medellín: fue el 2 de julio de 2010 para el cierre del III Congreso Iberoamericano de Cultura, evento masivo y gratuito en la Plaza Carabobo Norte, a un costado de la Universidad de Antioquia y al frente del Jardín Botánico. Compartieron tarima con el dominicano Víctor Víctor, la peruana Susana Baca (con un estelar Samuel Torres), el varias veces rey del vallenato Alfredo Gutiérrez y la cuota del latin jazz local con Siguarajazz. Seguramente la mejor presentación en nuestros predios porque el sonido estuvo impecable, el público de todos los rincones de la ciudad estaba presente y los cubanos se entregaron por más de dos horas de songo, goce, virtuosismo y nuevas sonoridades.

    Gracias Formell

    El 1 de mayo se fue Juan Formell después de no superar las dolencias que lo aquejaban de tiempo atrás. Los Van Van seguirán abriendo brechas a las sutilezas del encierro. Sus grabaciones ya son fáciles de conseguir, se descargan de Internet al día siguiente de su publicación. Seguramente vendrán nuevas voces, nuevas tendencias sonoras y en Medellín seguiremos a la expectativa vanvanera.

    La música de Los Van Van llegó a Medellín para confirmar un desmentido: que el son se había ido de Cuba. No solo no se había ido, sino que se había enriquecido, el alma del baile estaba intacta y ahora se dirigía a las nuevas generaciones, en la isla y en el resto de América Latina a través de la música alegre, dicharachera y desenfadada (pero también inquietante y crítica) del grupo que encabezara Formell.

    Salseros, soneros, songueros, timberos y vanvaneros convivimos en el mismo éter sonoro.

    Aquí el que baila ¡Gana!

    Sergio Santana Archbold

  • Te llevo pa’l rincón bailando suave

    FueraZapatoViejo_Portada

    Repasamos ¡Fuera Zapato Viejo!, la gran perla bibliográfica de Idartes y El Malpensante sobre la historia de la salsa en Bogotá.

    No recuerdo haber visto a Mario Jursich estudiando. Quiero decir; no es que haya sido un mal estudiante javeriano (todo lo contrario), sino que sólo lo recuerdo como editor: editor del Fondo Cultural Cafetero, editor de la revista Gaceta, editor de la revista Número y editor de El Malpensante. Mario Jursich está hecho en tinta, aunque haya seguido la senda académica de la filosofía, se haya enamorado de la literatura y haya acabado convertido en un especialista en comunicación social.

    Si la tinta no corriera por sus venas, sería muy complicado mantenerse como editor tanto tiempo, pero lo ha hecho a punta de entender la edición como un oficio en el que hay que hacer de mensajero, impresor, pagador de promesas y confesor, pero sobre todo de funcionar como Allan Pinkerton, creador de la primera agencia de detectives del mundo.

    MarioJursichA comienzos de 2012, cuando el Instituto Distrital de las Artes de Bogotá quiso hacer un libro sobre los 15 años del festival Salsa al Parque él, confeso amante de la salsa y sus parabienes musicales, fue propuesto como editor. Así toda esa forma de entender ese oficio cogió fuerza hasta acabar convertida en un libro de 624 páginas, 400 fotografías y 26 autores titulado ¡Fuera Zapato Viejo!, como el famoso grito de Ismael Rivera en Yo No Quiero Piedras En Mi Camino y Suave.

    Pinkerton tenía una gran facilidad para elegir a sus agentes y asignarlos a seguimientos apropiados a cada perfil, y eso fue lo que hizo Jursich cuando Idartes se entusiasmó con su idea de construir un panorama de la salsa en Bogotá que tuviera como epílogo los logros de dicho festival. Y ahí encajo yo.

    Dos tesis de grado

    Tuve la enorme fortuna de coincidir en el tiempo con la generación que construyó buena parte de la salsa en Bogotá. Los primeros logros de Senén Mosquera me pillan muy lejos, y el surgimiento de La 33 también, pero lo que hay en la mitad digamos que lo conozco de cerca. Mucha gente de aquella generación había llegado de otras ciudades y yo era un pastusito entusiasta y borracho que tuvo a bien canalizar tantos años de juerga en una tesis de grado titulada Del Barrio Obrero A La 15, igual que la soberbia canción de Willie Rosario, y que se convertiría, por obra y gracia de Bernardo Hoyos y Leonel Giraldo, en el libro La Salsa en 1990.

    Cuando Mario me llamó a contarme su idea de ¡Fuera Zapato Viejo!, me hizo un elogio que no olvidaré: “no es sólo que lo que escribiste sobre la salsa en Bogotá en tu tesis y libro fuera una referencia, sino que está redactado con el estilo que yo quiero en esta obra”. Se refería Jursich a lo que yo en su momento conocía como Nuevo Periodismo y hoy es llamado Periodismo Narrativo. La riqueza de ¡Fuera Zapato Viejo!, es que hay allí 26 formas de abordar un género rico en recursos.

    Pero si el libro La Salsa era una referencia para él, también lo era la tesis de grado de Marcela Garzón Joya, 14 Sones: una historial oral de la salsa en Bogotá, que el propio Mario había dirigido en 2009. Garzón Joya se había dado a la tarea de buscar a los protagonistas de aquella historia y sacarles cientos de anécdotas deliciosas sobre sus propias vivencias en la radio, en la noche, en el baile, en la bohemia, en el toque, en la grabación y en el coleccionismo.CesarPagano_GuillermoGaviria_BerthaQuintero_RubenBlades_HectorZarzuela_SigifredoFarfan_TunjodeOro

    Para efectos de ese criterio narrativo Garzón Joya muestra en ¡Fuera Zapato Viejo! el lado desconocido del Viejo Mike (Miguel Granados Arjona), de los creadores de Rumbaland en el sur de la ciudad, y de César Pagano, quien creó un sitio al que Mario Jursich solía acudir en los años 80, El Goce Pagano; o mejor, El Goce, a secas, porque para los rumberos bogotanos, llamar así a tu sitio preferido es como tutear a un amigo.

    Y así como ella, escriben muchos cronistas jóvenes, a quienes no les tocó vivir la época de El Goce sino la de Salomé Pagana, y también gente que se gozó la vaina en ese y en tantos otros sitios que ya no existen para convertirse con el tiempo en grandes narradores: Roberto Rubiano Vargas, Tomás González o Antonio Morales Rivera. Pero no sólo hay ilustres de la crónica y el periodismo narrativo (Daniel Samper Pizano, José Navia, Alberto Salcedo Ramos, Andrés Felipe Solano o Juan Miguel Álvarez). También hay poetas (Juan Manuel Roca), cineastas (Sandro Romero), fotógrafos (Rafael Baena), hombres de radio (Jaime Andrés Monsalve) y músicos (Bertha Quintero). Y están los más jóvenes que dan su particular do de pecho.

    Eso es lo bueno del libro, que no es una voz única y doctrinal, sino varias que apuntan desde diferentes ópticas a lo multicultural y cosmopolita de una ciudad que ha vivido tantísimas jornadas de buena música. En un país donde el centralismo cultural ha predominado durante décadas, Bogotá fue epicentro de una cantidad de acontecimientos y encuentros de personas que propiciaron fenómenos como esta explosión caribeña en una sabana a miles de kilómetros del mar.

    La salsa tiene la enorme cualidad de haber podido reunir a bienpensantes y malpensantes de la cultura afro-latinoamericana a su alrededor, y eso de alguna manera la ha vuelto imperecedera y digna de crónicas y reportajes que parecen no agotarse nunca en el tiempo. A la salsa le ha pasado lo mismo que al jazz: que en su derredor floreció un gran periodismo capaz de contar los entresijos de noches de swing, excesos y genialidades.

    Por eso, aunque este retrato salsero de Bogotá es enormemente valioso, no es exclusivo de la capital colombiana. Alejandro Ulloa tiene un conocido libro sobre la salsa en Cali al igual que Liz Waxer. Héctor Escorcia tiene un libro inédito sobre la salsa en Barranquilla. Carlos Alberto Giraldo tiene un trabajo sobre la salsa en Medellín al igual que Carlos H. Torres, y Sergio Santana y Octavio Gómez tienen aplazado uno titulado Medellín Tiene Su Son. Santana, además, prepara un extenso repaso a la salsa colombiana ciudad por ciudad con la participación de varios autores. Antes de este libro editado por Jursich se había presentando Salsa y Cultura Popular en Bogotá, investigación de Nelson Antonio Gómez y Jefferson Jaramillo.

    ChuchoBombonbun_Nilsa_TunjodeOroLo que si tiene ¡Fuera Zapato Viejo!, más allá de cualquier discusión, es una edición extraordinaria y muy bien cuidada, estéticamente impecable como sólo el primer volumen de El Delirio de Cali, de la Fundación Delirio, supo hacer en 2008. Cada foto es un golpe de nostalgia, como si la vieja Inravisión abriera de par en par las puertas de sus archivos y que nos mostrara de repente algo que vimos para que no lo olvidemos. Ahí se entiende que la construcción de este libro haya equivalido a una tarea detectivesca.

    Jursich le contó a El País de Cali que “uno piensa que todo el mundo tiene fotos de sus fiestas. Resulta que no; son poquísimas las personas que en los años 70 y 80 se fotografiaban dentro de un bar. Esa moda vendría mucho más tarde, cuando aparecieron los celulares con cámara y las redes sociales crearon un entorno propicio para exhibir esas imágenes. Además, como la salsa fue tan marginal en sus comienzos, ni los periódicos ni las revistas bogotanas se interesaron por registrar esa “música de putas y marihuaneros”. Sin embargo, lo que parecía una dificultad terminó siendo una ventaja. Coleccionistas, melómanos, bailarines, empresarios nocturnos, fiesteros: ¿quién no me abrió generosamente sus archivos? Gracias a eso, ¡Fuera zapato viejo! tiene una deslumbrante galería gráfica que incluye fotos, tarjetas de visita, flyers, portadas, afiches, mapas y un larguísimo etcétera”.

    Bueno, ¿pero qué hay ahí?

    Al principio, los músicos, los grandes protagonistas, cuyo derrotero comienza con el recuerdo de Arista y su exquisita voz sonera en la céntrica Casa Folclórica del Chocó. Hay allí historias de héroes locales (César Mora), de cerebros fugados (Edy Martínez), de comienzos de músicos legendarios (Washington y sus Latinos) y de las leyendas negras de algunos de ellos (Joe Madrid); de grupos que no llegaron a grabar nunca (Los Blistons) y de orquestas de mujeres triunfadoras (Yemayá, Cañabrava y Siguaraya).LosNegritosdelRitmo_ParqueNacional

    Luego están las historias de los rumberos, de los bailadores, de los salseros y sus templos, de los sitios que construyeron un mapa sonoro de Bogotá antes, durante y después de aquellos años marcados por el deslumbrante dinero fácil del narcotráfico. Recuerdos vivenciales de quienes se patearon las noches de una ciudad que no tenía Transmilenio ni circunvalar. La historia de Chucho, el que bailaba en las propagandas al son de “todos comemos bon bon bum, la colombina que hace bum”; el recuerdo de Rubén y los bailes blancos de Rumbaland; o las comprobaciones de que los futbolistas no sólo montaban churrasquerías sino que construían paraísos de la noche bohemia.

    Después está la radio, la comercial del Viejo Mike y la universitaria de Moncho; las casetas de la 19 de los Vargas y los Álvarez; los coleccionistas y los productores legales y piratas, las casas discográficas, los operadores radiofónicos y los disc-jockeys “rompepiernas”; todos parte del ensamblaje de los ritmos. La salsa vuelve aquí a exhibir una virtud reservada a los grandes géneros: su enorme movimiento colectivo anónimo.

    Fania-en-BogotaFinalmente está la historia de Salsa al Parque contada por Guillermo Pedraza, el mismo de La Charanga de la Candela, y Jeannette Riveros, la misma de Yemayá; la historia en forma de guión radial de la ya mítica visita de la Fania All Stars en 1980 y de los acontecimientos desconcertantes que la rodearon; y una ruta salsera con los bares que hubo y que hay en Bogotá, cuyo recuento e infografía debe ser envidia de los cronistas de otras ciudades, incluso de la mismísima Nueva York.

    ¿Y qué falta?

    Pues un poco de todo, porque es imposible abarcarlo todo, porque muchos protagonistas ya no están y porque esto es el reflejo de una época y esa época estuvo íntegramente permeada por la salsa. Las aventuras de Carlos Molina en la época de las grandes orquestas de rumba, por ejemplo; o las enseñanzas de Benny Bustillo en los viejos cafés santafereños del centro de la ciudad; los cuatro años que Pupi Legarretta vivió en la ciudad; o como rememora Enrique Romero, la rumba clandestina de la gente que no tenía plata para ir a las tabernas.

    Que se queden cosas sin decir no es malo. Es todo lo contrario porque estas palabras escritas darán pie a tertulias y a memorias felices de bebedores de ron, como diría Jursich, o para que Carol Ann Figueroa o Ángel Unfried escriban nuevas historias de una época, la actual, que se vive de otra forma, pero que sigue siendo salsera a morir.

    José Arteaga