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  • Cuando quiero llorar en el Tropicana

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    Como en la novela de Miguel Otero Silva, el encuentro de tres personajes destinados a encontrarse, abre las puertas del exilio y la muerte para sus protagonistas. Bebo Valdés es uno de ellos.

    Cuando Fulgencio Batista subió por segunda vez al poder en Cuba comenzó el éxito del Tropicana. No fueron hechos directamente relacionados, pero la coincidencia tuvo su razón de ser porque ese gobierno simbolizó la legitimidad esperada por los grupos mafiosos imperantes en la isla, y porque el salón de baile saltó a la fama mundial como símbolo de la noche cubana.

    El Tropicana existía desde el 31 de diciembre de 1939 como lugar de esparcimiento nocturno. Lo había fundado un empresario ítalo-brasileño llamado Víctor de Correa tras arrendar la finca Villa Mina en el alejado sector de Marianao. Cuenta la leyenda que el dueño original de la finca era Regino Du Rapaire Truffin, presidente de la Cuban Sugar Corporation, y que le puso Villa Mina en honor de su esposa, Nieves Altuzarra Pérez Chaumont, y que fue ella la que plantó aquellos árboles de la entrada y en sus jardines aquellas matas de mamoncillos y de aguacates que tanto llamaron la atención a Bebo Valdés cuando entró allí por primera vez.

    Correa no quiso invertir en grandes obras y reformas y por ello acondicionó los jardines convirtiendo el sitio en el único salón de baile en la ciudad bajo las estrellas… literalmente hablando.

    Pero no le fue bien. Marianao era lejos para el habanero de a pie y aquel que tenía carro también tenía plata suficiente para gastársela en espectáculos más cercanos al centro de La Habana. Así las cosas Correa vería pasar nueve años sin que el Tropicana diera ganancias importantes. Probó, eso si, de todo para impulsar el sitio, pero nada, hasta que una obra de teatro que vio en algún lugar hizo que se le iluminara el bombillo y contratara en Madrid a una orquesta española con músicos españoles a la que le cambió el nombre y la hizo llamar Los Chavales de España.

    El snob que todos los habitantes de la noche llevan por dentro hizo el resto. 1948 fue el año en que debutaron Los Chavales y el año en que las cuentas de Correa mejoraron. No era como para tirar cohetes, pero la cosa funcionó. Sus socios estaban felices. ¿Socios?, bueno, en realidad concesionarios porque aparte del espectáculo musical que provocaba la venta de licor, la principal fuente de ingresos estaba en el casino y Correa había determinado que quien tuviese una mesa la pusiese allí y la administrase pagando un canon de arrendamiento.

    Pero situémonos en el momento para ver de cerca lo que sucedió.

    OfeliaFox_MartinFox_MariaFelixUn hombre de facciones duras, pero trato muy amable, un tipo que ha hecho fortuna con el juego de la bolita, en suma, un tahúr, es el dueño de dos de aquellas mesas: una de bacará y una de monte, dos mesas que a la vuelta de unos años se convierten en 20 y por la módica suma de siete mil pesos lo hacen amo y señor del salón de juego. El nombre de este personaje es Martín Fox Zamora, el hombre más feliz con el resurgir del Tropicana.

    La felicidad dura poco. Correa firma un contrato con Los Chavales en el que está obligado a darles permiso de actuación en otros salones. Cuando actúan en el Tropicana no hay problema porque el salón se llena, pero cuando no están, la sala de baile parece un desierto. Se le ocurre que para suplirlos hay que llevar orquestas de renombre y contrata a Xavier Cugat y a Woody Herman, pero no tiene suerte y aquellas noches llueve y la bucólica idea del salón bajo las estrellas se convierte en un suplicio.

    Al final Correa y Fox deciden partir cobijas, pero el primero juega sucio. Se inventa una demanda por una cifra que no puede pagar sino es con el dinero del casino. Fox monta en cólera y con la ayuda de un político local logra comprar la totalidad del club en 1950. Así las cosas, se dedica a potenciar el casino, mientras que para la reforma del salón de baile contrata al arquitecto Max Borges Junior, quien es su diseñador particular.

    Amante de las estructuras parabólicas de concreto Borges convierte el jardín en un moderno escenario que llama Salón Bajo las Estrellas y construye otro paralelo llamado Salón Arcos de Cristal. Un Montecarlo modernista para que lo vea todo el mundo, pero ahora surgen dos inconvenientes: uno es que según su sueño particular, el Tropicana debe tener los mejores espectáculos de la isla, de lo contrario la inversión no estaría plenamente justificada y el hombre indicado para manejar la producción musical del sitio es, sin duda, Roderico Neyra.

    Cómico, bailarín y maestro de ceremonias Neyra trabajaba como productor de la compañía de Garrido y Piñero, y es conocido por sus llamativos shows para el cabaret Sans Souci y por sus eróticos montajes para la sala de espectáculos Shanghai. Neyra, un cubano de mediana estatura que luce gafas de carey eternamente torcidas, que sonríe todo el tiempo ante el público, pero que en la intimidad se lamenta de las llagas que le ha dejado una virulenta lepra es, sin duda, el hombre indicado para darle vida al sitio y por ello se pone a trabajar bajo un nuevo nombre artístico, Rodney, producto de la fusión de su nombre y su apellido. Y todo eso comienza cuando Batista llega al poder, en marzo de 1952.

    Por obra y gracia de Rodney las grandes estrellas comienzan a desfilar por el Tropicana en revistas y shows musicales tan variados como llamativos: Omelenkó en el 53, Prohibido en TV en el 54, Carabalí en el 55, Evocación en el 56, Chinatown en el 57 y Diosas de Carne en el 58. Un total de 60 espectáculos en seis años y alguna noche de premiere de alguno de ellos llegan a caber cinco mil personas. Y en los dos salones actúan Nat King Cole, Olga Guillot, Miguelito Valdés, René Cabel, Carmen Miranda, Josephine Baker, Edith Piaf, Maurice Chevalier, Pedro Vargas, Lola Flores y Sammy Davis Jr., entre muchos.

    La orquesta de planta del Salón Bajo las Estrellas es una big band dirigida por un compositor y multi-instrumentista respetadísimo, Armando Romeu González; y la del Salón Arcos de Cristal es un conjunto dirigido por Ernesto Grenet Sánchez, hermano del afamado compositor Eliseo Grenet. En la primera, y en ocasiones en la segunda, el pianista es Bebo Valdés.BeboValdes_RolandoLaserie

    El nombre de pila de Bebo es Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro y cuando llega al Tropicana tiene 29 años, esposa y dos hijos. Su llegada coincide con el boom de Los Chavales de España, por lo que gana fama de “buena espalda”. Le fijan un horario de diez de la noche a cuatro de la mañana y tiene que tocar de todo, desde tangos a boleros, pasando por pasodobles y swing.

    Pero Bebo no es un pianista cualquiera. Es un virtuoso con una notable agilidad en su mano izquierda, lo que le permite hacer repetidas variaciones sobre los acordes de acompañamiento. Tiene un estilo jazz, lo cual funciona de maravilla para ciertas puestas en escena. Rodney lo ve ideal para sus propósitos de agradar a un público conformado principalmente por turistas de Estados Unidos y le encarga los arreglos de algunas obras. Romeu no ve problema alguno siempre y cuando cumpla con la orquesta.

    En poco tiempo, el éxito del Tropicana hace que los dos salones vivan llenos los fines de semana y a Bebo se le encarga crear un grupo alternativo para amenizar a la audiencia entre tanda y tanda. Su nombre, entonces, cobra importancia en la organización general de la música y como tal trabaja para Romeu y Rodney, pero debe obedecer directamente a Martín Fox y a los dos socios suyos que detentan el 40% del Tropicana: Oscar Echemendía y Alberto Ardura.

    Echemendía vive en Camaguey y sólo aparece por allí de vez en cuando. Fox, por su parte, está más preocupado de la promoción del sitio que del funcionamiento interno. En una ocasión hace un trato con la firma Lockheed para convertir uno de sus aviones Constellation en un pequeño Tropicana. Así, donde antes estaban los asientos de primera clase ahora está una réplica del Salón Arcos de Cristal y donde funcionaba el primer office ahora está un mini salón de baile. Durante una temporada, el famoso Connie de cuatro motores lleva 50 personas cada jueves desde Miami a La Habana. Se alojan en el Hotel Nacional, pasan la noche en el cabaret y se van al día siguiente.

    Ardura era otra cosa. Tiene la concesión de la principal marca de máquinas traganiquel que hay en la isla, de modo que el juego es lo suyo. Pero está encantado con la administración del negocio y es él quien da los permisos para que los shows nocturnos funcionen. A Ardura llega Bebo y le cuenta que su amigo Guillermo Barreto quiere organizar jam sesions de jazz en el salón más pequeño. Le concede los domingos en la tarde, lo insta para que invite a jazzistas de Estados Unidos y le permite que la entrada sea gratuita para que despegue la idea.

    Y así, de un momento a otro, Bebo Valdés es absorbido por su trabajo en el Tropicana. A duras penas puede cumplir con otros compromisos y llegar a tiempo a los ensayos y grabaciones de un disco. Pero está encantado. Suele pasear por los jardines en las tandas de descanso e internarse en aquel bosque tropical. Es un mulato alto y elegante, de mirada cálida y sonrisa permanente. Le encanta el olor del cedro y el laurel y no le molestan las tórridas temperaturas cuando el viento deja de soplar. Es feliz. Son los mejores años de su vida, pero él no lo sabe aún.

    SantoTrafficanteJr_SansSouciSanto Trafficante Junior llega a La Habana a mediados de 1953 porque las cosas en Tampa se estaban poniendo muy calientes. El juego de la bolita que le había dejando tantos dividendos había acabado en una guerra sangrienta con su competidor Charlie Wall por hacerse con el control de las apuestas. Un comité de Washington lo señala como autor intelectual de un atentado a su rival Wall y Trafficante no está dispuesto a rendir indagatoria.

    La Habana no le es ajena. Su padre, Santo Trafficante Senior, lleva viviendo allí 20 años y controla las apuestas en el hipódromo Oriental Park, es dueño del Hotel Sevilla Biltmore y maneja el casino del Hotel Comodoro. Santo Trafficante Senior es uno de los hombres más respetados en el mundillo político y financiero de la isla, pero está viejo y su hijo desea sucederlo y llevar sus negocios un poco más allá.

    En menos de tres meses Santo Trafficante Junior adquiere el 51% del club Sans Souci tras un acuerdo celebrado con la familia Mannarino de Pittsburgh y en presencia de representantes de otras familias. Santo Trafficante Junior es elegante, no es alto ni bajo, tiene la frente amplia, los ojos verdes, usa gafas de carey, blazers de satín y tiene la apariencia de un doctor. La gente lo trata con deferencia más que con miedo y él se siente a gusto con su papel de hombre respetable. No es un gangster cualquiera.

    El Sans Souci es un buen negocio, pero una cosa es un buen negocio y otra el gran negocio, y ese es el Tropicana. El club de Martín Fox está en la mirilla, aunque antes debe resolver el lío judicial que tiene en Tampa y del que sale absuelto. En diciembre de 1954 regresa a La Habana y comienza su estrategia de seducción. Lo ayudan en tal propósito su mano derecha Norman Rothman, un hombre alto y fornido que intimida por su apariencia, pero no por su comportamiento; Joe Stassi, brazo ejecutor siempre dispuesto a prestar sus servicios al mejor postor; y Jimmy Longo, guardaespaldas de Trafficante.

    Lo primero que llega es un abrigo de visón para Ofelia, esposa de Martin Fox. Luego una invitación a la pareja para que pasen una vacaciones de lujo en Nueva York. Más tarde relojes, joyas, perfumes, cenas, cruceros y finalmente su desinteresada amistad. Los agasajos y presentes también van dirigidos a Rodney, Echemendía y Ardura, a algunas de las coristas, por supuesto, y finalmente a los músicos. Felipe Dulzaides, gran amigo de Romeu recibe un Cadillac Fleetwood con un maletero enorme. Bebo no está y se pierde otro igual.

    Las dádivas hacen que Fox ceda terreno, un terreno que entrega totalmente tras el mejor regalo posible: la publicidad gratuita de su salón de juegos ahora convertido en un negocio legal por obra y gracia de Batista. El Havana Post anuncia suculentos premios, entre ellos carros último modelo, a quienes participen en el nuevo bingo del ahora llamado Lefty Clark’s Casino. Y pensar que aquellas dos primeras mesas de Fox estaba situadas en el antiguo garaje de Villa Mina.

    Santo Trafficante Junior hace su aparición en el Tropicana sólo en contadas ocasiones y preferiblemente en las tardes. El deber lo llama al Sans Souci en las noches, incluso en las noches importantes. Pero el 31 de diciembre de 1956 hace una excepción y se sienta en la misma mesa de Fox y su familia para recibir el año nuevo. En el escenario está el músico más popular de Cuba, Benny Moré con su Banda Gigante. El telonero es Bebo Valdés y su pequeño conjunto.

    Todos los protagonistas de esta historia convergen por primera vez en un mismo lugar… y hay una explosión.

    El Salón Bajo las Estrellas es un caos de humo, olor a pólvora, gritos, alaridos, cristales rotos, mesas tumbadas y sangre. La gente huye despavorida hacia la entrada principal, algunos se refugian detrás de las mesas contiguas a la pared, los músicos caminan a gatas hacia bambalinas, Rodney chilla con desespero, Fox intenta ver algo en medio del caos, Trafficante desaparece como por arte de magia, Bebo Valdés se esconde detrás de un árbol que hay junto al piano de cola. Se salva de milagro. El estallido ha sido cerca del escenario.

    Cuando el humo se disipa una chica aparece tumbada en un charco de sangre, tiene el brazo cercenado y quiere gritar, pero ningún grito sale de su boca. La angustia la frena, el dolor la embriaga. Corren en su ayuda, la levantan como pueden y la sacan de una sala que se ha vaciado en segundos. Fox busca explicaciones en su cabeza. ¿Quién pudo haber atentado contra mí?, se pregunta mientras camina en medio de los destrozos. ¿Quién querría hacerme daño?

    Las cavilaciones de Trafficante, ahora en un carro negro y elegante rumbo a su residencia, son diferentes. La sombra de Meyer Lansky es alargada y a lo mejor ha dado la orden de suprimir los contactos con Fox y el Tropicana porque quiere entrar él mismo en el negocio. ¿Quién más? Nadie. Lansky es la única persona capaz de hacerle daño. Nadie más se atrevería. Hay que buscarle solución a esto. Hablar con él y negociar, quizás, o hablar con sus allegados y encontrar la forma de parar esto.

    Pero al respuesta la tiene Bebo. La ha escuchado de boca de los empleados que se reúnen en el jardín lejos de los invitados. Son los rebeldes, es Fidel, es la revolución que está cerca. Han pasado meses desde la muerte de Blanco Rico en el Montmartre. Ahora es el turno del Tropicana. ¿No se decía, al fin y al cabo, que Batista iba a asistir esa noche?, ¿y la chica?, ¿quién sabe?, puede haber sido ella misma la que llevaba la bomba. Mala suerte.

    Pasan los días, la investigación continúa, pero el ambiente se vuelve turbio. La sonrisa de Rodney desaparece y se vuelve más exigente. Las coristas no aguantan sus mandatos y los panelistas se cansan de modificar el escenario una y otra vez. Fox se va unos días a Miami a descansar y olvidar. Trafficante regresa a Tampa y se queda en su casa de la Florida una buena temporada. Bebo tiene que hacer frente a los cambios de humor de Rodney. Cambia esto aquí, mete un chachachá, no, mejor una rumba, por una introducción afro, mete más tumbadoras, modifica el arreglo, quita una trompeta… Está bien, vete a comer y cuando vuelvas seguimos. Y así todos los días.

    Bebo no aguanta y lo encara, no piensa seguir así, no acata sus órdenes, no es a él a quien debe obedecer que para eso tiene otro pianista, que se busque la vida por otro lado. Y Rodney responde que así no hay quien trabaje y que si no hay voluntad que él mejor se va, y fue y le presentó la renuncia a Ardura. No puede ser, no te la acepto, no te vas, te necesitamos, tu haces todo esto, tu eres el Tropicana. Y Bebo entiende que el final ha llegado y el último día de agosto de 1957 deja para siempre los jardines del Tropicana.

    El destino lo lleva al Hotel Sevilla Biltmore donde la gente de Santo Trafficante lo contrata por un año. Le sobra el tiempo y se dedica a hacer arreglos para cuanto amigo músico se lo pide. Graba discos para la RCA, para Decca y para Gema, uno tras otro; acude puntualmente a amenizar un programa de Radio Progreso, y cuando el contrato del Sevilla Biltmore termina Bebo se va a trabajar al Havana Hilton. Allí toca con un pequeño grupo de música cubana y jazz hasta que una nueva noche de San Silvestre lo trastoca todo.

    El 31 de diciembre de 1958 la tropas revolucionarias se toman el poder y a la madrugada siguiente Fulgencio Batista huye del país. Le siguen varios empresarios y gangsters que fletan aviones comerciales y privados y vuelan desde La Habana y desde Camaguey. Santo Trafficante Junior decide quedarse y Fidel Castro ve una oportunidad ideal para mostrar su abierta disposición a limpiar la isla. Trafficante es enviado al centro de refugiados de Triscornia, convertido ahora en campo de concentración para los amigos de Batista y sus secuaces. Trafficante pide reunirse con un alto mando para resolver su situación. Abogado de por medio, sostiene una entrevista privada con Raúl Castro. Trafficante sale de Cuba en octubre de 1959.

    Martín Fox Zamora tarda más tiempo en salir. El Tropicana es intervenido, pero se le permite continuar al presentar los libros de contabilidad y certificar las enormes ganancias. No es lo que espera. Fox sabe que ya nada será como antes y le pide a Mack un último viaje. Lewis McWillie, alias Mack, es el director de crédito del Tropicana y el hombre encargado por Fox de sacar mensualmente sus ganancias e ingresarlas en un banco de Miami. Pero el siniestro McWillie, que no pasaba desapercibido en ningún lugar, es arrestado, encarcelado, interrogado y expulsado del país en diciembre de aquel año. Martín y Olivia Fox salen rumbo a Florida un mes más tarde.

    Rodney, al ver reducido su presupuesto de montajes, recicla escenarios y repertorios y lanza dos nuevas obras que son transformaciones de viejos shows: Rodneygrama y Joyas del Tropicana. Menos presupuesto también es menos tiempo invertido, de modo que prepara una gira centro y suramericana y sale rumbo a México a comienzos de 1960. Lo acompañan las chicas del grupo Las Mulatas de Fuego y un staff de cantantes, bailarines y músicos muy jóvenes. Al ser interrogados sólo dicen la verdad, van de gira con el Tropicana.Rodney_Trespatines_MulatasdeFuego

    Bebo sufre más. Luis Yañez, un viejo conocido suyo, compositor del bolero Oh Vida que ha popularizado Benny Moré, se convierte en el mensajero de lo que el nuevo Gobierno espera de él. Su orquesta será de ahora en adelante una cooperativa. Todas las ganancias, incluso la de los arreglos, se deberán repartir con una necesaria contribución a la causa. Bebo se niega. Yañez presiona. Lo amenaza. No tiene más remedio que aceptar, pero urde un plan.

    El 26 de octubre de 1960 Bebo Valdés sale de La Habana en compañía de su esposa Pilar, su hijo Raúl, su amigo Rolando Laserie y la esposa de este, Tita. Aterrizan en Ciudad de México, rompen sus pasajes de vuelta y juran no regresar jamás. México se convierte en una buena opción de trabajo, pero los seguidores de la revolución presionan al Sindicato Mexicano de Autores, Compositores y Editores de Música y este bloque sus opciones de empleo. En México se entera de la muerte de Rodney en esa misma ciudad y un poco más tarde del inesperado fallecimiento de Martín Fox en Miami Dade. Bebo sigue rumbo a España y de allí a Suecia y durante casi medio siglo no se vuelve a saber de él.

    Santo Trafficante Junior será investigado por tráfico de drogas, por asociación ilícita y por una conspiración internacional que podría haber desembocado en el asesinato de John F. Kennedy. Nunca le pueden probar nada. Muere mucho tiempo después en Houston a los 72 años. Bebo lo hará aún más tarde, en Estocolmo a los 94.

    José Arteaga.

  • El cuento de la Mambanegra

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    Es una orquesta de Cali que suena a La Habana aunque se inspira en Nueva York y que se dedica por aquí y por allá a contar la curiosa historia de un polizón, náufrago y flautista.

    La Mambanegra es posiblemente la orquesta más atípica de la salsa. De hecho, cuesta encontrar en la historia de este género musical del Caribe urbano una formación que aúne relato, folclor, beats y puesta en escena como esta. Rubén Blades, quizás, sea un referente especial, pero sólo hasta cierto punto. En el panorama de la salsa actual, por su parte, hay estilos musicales interesantes: el de Toño Barrio, el de Bio Ritmo, el de Peliroja, el de El Macabeo, el del Sunlightsquare Latin Combo o el del Grupo Fantasma, cada uno con una propuesta escénica llena de dinamismo y humor. Pero todo eso encadenado a una historia, como si de un libro de cuentos se tratara, no hay, no.

    Jacobo Vélez, saxofonista y clarinetista caleño, famoso por haber liderado a comienzos de siglo la excelente agrupación tropical Mojarra Eléctrica, cuenta que este cruce de artes se le ocurrió cuando se metió de lleno a contar la historia de su bisabuelo, polizón y náufrago que perdió la memoria y acabó con una flauta mágica en la mano tocando salsa y cumbia en las calles del Spanish Harlem de Nueva York. Resumida así, la historia ya es fantástica, y Vélez la ha convertido en leid-motiv de su propuesta musical, logrando, por ejemplo, que cada canción de su más reciente álbum narre una parte de aquella leyenda.

    El álbum se titula El Callegüeso y su Mala Maña, y lo conforman diez canciones que abren un abanico musical sobre las posibilidades infinitas que tiene y tendrá la salsa. Ya lo dijo Vélez en su momento para el portal María Mulata: “Toda música es hija de un estilo y de otro estilo. La cumbia por ejemplo se puede mezclar con el raggamuffin, con música francesa e inglesa, y sale otra música, son como células que se encuentran para luego dividirse”. El nombre de El Callegüeso hace referencia a su abuelo, cuyo nombre de pila era Tomás Rentería, y lo de mala maña alude más a sus habilidades musicales que a los malos hábitos.

    Como se ve, todo está encadenado. Tanto, que el nombre del grupo no proviene de la peligrosa serpiente centroafricana, ni de la protagonista de Kill Bill, ni del rosario de brujería que en los llanos orientales de Colombia protege de las balas, ni de la agente doble de la Sociedad Serpiente en el Universo Marvel. Es el nombre de la flauta que, según la abuela de Jacobo Vélez, le ayudó a recobrar la memoria al polizón y náufrago El Callegüeso.

    De los diez temas del álbum, la canción Malembe vuelve a contar la historia de Rentería, recreada por la intervención de un babalao cubano, que fue quien lo rescató de las aguas. Musicalmente Malembe es un mambo muy a lo Señor Coconut y también a lo Kid Creole, y que valdría para hacer un vídeo teatral como el que hicieron del tema La Compostura.

    Y aquí viene lo interesante: cada uno de los números de El Callegüeso y su Mala Maña es interpretado de una forma diferente, donde destacan las variaciones que le da el cantante solista a esos estilos tan diversos. Puro Potenkem es un tema muy timbero, El Sabor de la Guayaba es muy Sidestepper, Cantaré es muy latín jazz fusionado con son-trova, La Compostura es muy hip hop, La Fokin Bomba es muy champeta, El Blues de Yemayá es muy Raúl Paz, y aunque Kool and the Mamba sólo en el título homenajea a Kool & The Gang, es muy soca.

    De ello se deduce que Vélez no parece tener miedo ni le tiembla el puso por ir de un lado a otro. La canción Me Parece Perfecto comienza con los acordes en 6/8 del famoso Bacalao con Pan de Irakere para luego irse hacia otros terrenos más cercanos a Los Van Van. Es lo que han dejado tras de si todos estos años posteriores al fenómeno salsero de los 70: una generación colombiana que creció escuchando a Joe Arroyo, Willie Colón y Juan Formell en el mismo equipo de sonido, más todo lo que Internet ha permitido descubrir de funk, ska, rap y calypso.

    Por eso, si bien el formato de la Mambanegra no sorprende (piano, bajo, ritmo, guitarra y metales), si impacta la ductilidad para ese ir y venir, y el entusiasmo con que lo hace., un entusiasmo que se puede sentir en el tema que cierra el álbum: Barrio Caliente, representante del espíritu callejero del Caribe urbano.

    Cuesta imaginar que esta propuesta pueda mantenerse. Ni para Brownout ha sido fácil mantener sus combinaciones de funk, soul y salsa, ni para Quantic ha sido sencillo perseverar con su Flowering Inferno lleno de cumbia y swing. Pero la propuesta parece firme y es encomiable su empeño en mantener la música atada a una historia, como si de un cuentero Vélez se tratara.

    Carolina Rueda, cuentera caleña desde hace ya un cuarto de siglo y quien se define a si misma como palabradora, provocadora, explicativa, ocupatiempo e imaginera, dice que al igual que los paseos de río, las historias venidas de distintos caminos se tejen en sus narraciones. Jacobo Vélez, al igual que ella, es en si mismo un cuentero porque su vida es de cuento. Expulsado del Conservatorio, viene de una familia de violinistas, y ese toque musical ha alcanzado a todas las ramas de su familia, incluyendo a sus primos que se hacen llamar los Maní Son Brothers.

    Por eso Vélez quiere continuar musicalizando (y engrandeciendo) la leyenda de El Callegüeso con unas crónicas que prepara en su web, y para ello apuesta por los vídeos dramatizados, en el próximo de los cuales rendirá homenaje a una generación de cineastas caleños conocida como Caliwood, y cuyo líder espiritual ha sido más allá de su muerte el escritor Andrés Caicedo, mega-crack en el arte de narrar historias y escribir cuentos.

    “Un ser humano es el resultado de una cantidad de historia… La música tiene que contar una buena historia”. Y sobre la música que acompaña estas narraciones, Vélez dice: “Cuando alguien escucha a la Mambanegra se da cuenta de su esencia, por eso la gente se enloquece… La Mambanegra es capaz de poner a bailar al diablo sin que este se enoje”. Desde luego, una definición de cuento.

    El Callegüeso y la Mala Maña se presenta en Bogota el 26 de Marzo en Armando All Stars y el 28 de Marzo en Quiebracanto. El álbum sólo se puede comprar en América Latina, pero es posible escucharlo entre el 23 y el 29 de marzo en Radio Gladys Palmera.

    José Arteaga

  • PanamaJazz y el cambio social

    Ensamble Juvenil Fundación Danilo Pérez

    El Panamá Jazz Festival alcanza su edición número 12. Claudia Acuña y Miguel Zenón ofrecen nuevas miradas musicales en medio de un gran propósito social.

    Propiciar un cambio social a través de la música es la loable intención que tiene el pianista panameño Danilo Pérez con su cada vez más exitoso Panamá Jazz Festival. Bueno, propiciar es realmente un camino largo en medio de muchos proyectos en el Istmo y el festival es uno de ellos.

    Para ello todo el equipo de trabajo del festival trabaja en función del paralelo existente entre los conciertos musicales y las ofertas académicas. No es sencillo encontrar un evento que piense tanto en la formación artística como este, ni que tenga como prioridad el universo infinito que representa la música para los niños. Seguir leyendo