• Rubén Blades y su despedida de la salsa

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    Rubén Blades ya no hará más giras de salsa. Le quedan anécdotas, ritmo y crónicas como esta que retratan su adiós con profundidad y sentimiento. Una crónica de Isabel Llano escrita originalmente para cancioneros.com

    Este sábado 22 de julio de 2017, con el concierto en Las Palmas de Gran Canaria, el cantautor Rubén Blades terminó su despedida de las giras de salsa en España. Fue el quinto concierto dentro de la gira Caminando, Adiós y Gracias, después de actuar en Vitoria, Madrid, Barcelona y Santa Cruz de Tenerife. El Poeta de la Salsa dice adiós a las giras de salsa por todo lo alto, después de 50 años de trayectoria en el género. En esta gira, iniciada hace más de un año, se presenta acompañado de Roberto Delgado & Orquesta, una tremenda big band panameña, con la que viene actuando desde 2010 y con la que ha grabado dos álbumes de canciones producidos por él: Son de Panamá (premio Grammy Latino 2015 a Mejor Álbum de Salsa y Premio Grammy –anglosajón- 2016 Best Tropical Latin Album) y Salsa Big Band, disponible desde abril de 2017. Con la orquesta y los arreglos de Roberto Delgado las canciones que interpreta Blades adquieren un sonido potente, tratando de recrear el de famosas big bands de la música latina como las de Machito y sus AfroCubans, con Mario Bauzá, Tito Rodríguez y Tito Puente, entre otros.

    La presentación del sonero panameño en el concierto de Barcelona, el pasado miércoles de 19 de julio, en el Poble Espanyol, fue impecable. Rubén Blades deleitó al público durante más de dos horas, en las que interpretó éxitos de diferentes etapas de su carrera, como el inmortal Pedro Navaja, María Lionza y Buscando Guayaba, con unos arreglos poderosos que permite este formato big band.

    Para los que hemos crecido escuchando sus canciones y lo hemos visto en concierto muchas veces a ambos lados del Atlántico, el anuncio de su despedida de los conciertos de salsa es un hito en nuestra historia y hacía imprescindible la asistencia a este concierto.

    El Poble Espanyol se llenó. Había gente de todas partes. Rubén Blades es un cantautor entre los más grandes, una estrella tanto para los nacionales como para los latinos residentes en la ciudad. En España, su fama creció por la difusión discográfica y las presentaciones que aquí organizó el sello Fania, pero en gran medida gracias a la versión de Pedro Navaja que popularizó en el país La Orquesta Platería, surgida en Barcelona la noche vieja de 1974-1975. Aún hoy, cuando se menciona el título de la canción, algunos catalanes la relacionan con la Platería. Para los latinos es otra cosa: las canciones de Rubén conforman la banda sonora vital y son constituyentes de la identidad cultural.

    El concierto empezó con puntualidad. Pasados pocos minutos de las nueve, aún con la luz de la tarde, la orquesta hizo su aparición en el escenario y enseguida también Rubén Blades, de negro, con bombín y gafas oscuras. “Muy buenas”, dijo, y cantó Pablo Pueblo, canción escrita en 1966, editada en el primer álbum con Willie Colón, ¡Metiendo Mano!, de 1977. El sonido gordo de los tres trombones, que nos grabó en la memoria Reynaldo Jorge, avisó lo que sería la sonoridad de la noche. Al terminar este primer tema, que habla de aquellos hombres que trabajan hasta jubilarse, el cantante volvió a saludar y quiso hacer “dos aclaraciones: los que no se han unido a la página web únanse, es gratis, las mejores cosas de la vida son gratis, es importante, porque estamos escribiendo allí”. La segunda era la explicación de su despedida: “cuando a uno le queda menos futuro que pasado, comienza a organizar su tiempo”. Había cumplido 69 años tres días antes, el domingo 16 de julio: “el cumpleaños siempre me toca en España”, reconoció. Es cierto, sus visitas en los últimos años han sido en este mes, como ejemplo el concierto que había hecho en el mismo Poble Espanyol el pasado 16 de julio de 2011, en la primera edición del desaparecido Festival Salsa y Latin Jazz de Barcelona.

    Continuó cantando Las Calles (del álbum Cantares del Subdesarrollo, 2009), pero esta vez, claro, en la versión big band (incluida en el álbum Son de Panamá) que dedicó “a las madres que mueren sin vacaciones de los que venimos de las clases populares”. Por las historias que narran las canciones, podríamos decir que Rubén Blades es el cronista del Barrio, pero no solamente del Spanish Harlem, sino de todos los barrios populares de América Latina: “soy de allí de los que sobrevivieron/ yo soy el hijo de Anoland y a pie sin coche/sobreviví de día, sobreviví la noche”, rezaba la canción.

    Interactuando con el público, como hizo después de cada tema, para introducir la siguiente canción, preguntó: “a ver si saben cuál es”. La orquesta tocó y hubo un magnífico solo de trompeta. Con esa nueva introducción era imposible saber que vendría la extraordinaria Decisiones (del álbum Buscando América, 1984, grabado con Seis del Solar). Un comic que se proyectaba en el telón detrás de la orquesta ilustraba la canción mientras entonábamos con Blades el magnífico coro: “Decisiones/cada día/ Alguien pierde, alguien gana ¡Ave María!/Decisiones, todo cuesta/Salgan y hagan sus apuestas, ¡Ciudadanía!”.

    Luego vino el sabroso son montuno Buscando Guayaba, del álbum Siembra, 1978, un disco de gran relevancia en la cultura e identidad latinoamericana, y Rubén recordó que lo grabó “con el gran Willie Colón”, como si con esa afirmación quisiera dejar atrás la ruptura de la amistad con el neoyorquino. Sonó después la nueva versión de Roberto Delgado de Arayué, el tema promocional del nuevo álbum Salsa Big Band, compuesto por Rubén Blades y originalmente grabado por Ray Barretto en 1980 en el álbum Giant Force.

    Hasta aquí la dosis de nostalgia era superada por la alegría de las nuevas sonoridades ofrecidas por la big band de Roberto Delgado, pero con la canción Amor y Control (del álbum homónimo de 1992) la cosa cambió (creo que no solo para mí): aunque ya lo supiéramos, oír la explicación en directo de Rubén sobre el origen de esta canción, después de las pérdidas de familiares por causa del cáncer, hizo que aflorara otro sentimiento. Para introducir esta canción Rubén explicó: “En 1992 yo estaba escribiendo sobre el descubrimiento de América, porque Colón estaba perdido, y mi mamá se enfermó y el proyecto se fue a otro lado. Es un canto a la muerte, es un canto a la madre, los problemas son los mismos y son las mismas soluciones, y con esta canción quiero solidarizarnos con todos los que estén pasando por problemas familiares de salud”.

    EnriqueRomero_RubenBladesEn Amor y Control, con los sonidos de cuerdas producidos por el teclado, la orquesta sonó casi como una filarmónica y, como dice la letra, nos ahogaba el sentimiento. Pero justamente por haber aprendido a oír y sentir la música salsa combinando lo sagrado y lo profano, algo común en nuestra cosa latina, esta canción y muchas otras del concierto nos brindaron la posibilidad de curarnos las tristezas bailando, improvisando pasos con sabor y sentimiento, no de memoria como los de academia, pues los arreglos de la música salsa “dan alegría al cuerpo y cierta tristeza al alma, pero una tristeza que se vive con felicidad”, como afirmó Enrique Romero en su libro Salsa, el orgullo del barrio.

    Para presentar la Caína (del álbum Escenas, 1985), Rubén citó a Medoro Madera, su alter ego: “Medoro Madera es el negro que vive en nosotros, todo blanco en el Caribe es sospechoso… Acá todo el mundo tiene un moro”. Y yo añado, humildemente, que no sólo moro: cada vez más trabajos de investigación demuestran, como enseña el documental Gurumbé, canciones de tu memoria negra (del antropólogo Miguel Ángel Rosales, estrenado en noviembre de 2016), que hay tanta sangre mora como africana debajo de la piel de los andaluces, y que el aporte africano a la cultura en España y Portugal ha sido negado hasta ahora. Rubén añadió: “le estoy haciendo un disco pa’ que el tipo me deje tranquilo”. Hace poco el cantautor confesó que publicaría un disco del octogenario cubano Medoro Madera, con canciones perdidas de hace más de 40 años, que han sido localizadas. Este personaje ha aparecido en varios discos a lo largo de la carrera. Publicada también en el álbum Son de Panamá, en esta canción Wichy López con la trompeta llegó a unos agudos increíbles, los coros diciendo “no se puede querer a la caína”, sonaron fantásticos, Rubén impostó en ciertos momentos la voz para cantar a medias con el negro Medoro Madera, y Luis Enrique Becerra también destacó con un solo en los teclados.

    Antes de escuchar la nueva versión big band del bolero Vino Añejo, incluida en el álbum Son de Panamá (pero inicialmente en el álbum La Rosa de los Vientos, 1996), el panameño recordó a su amigo médico el doctor Roberto Cedeño, compositor de este bolero, con quien tiene una amistad que les une desde la época en que ambos eran estudiantes en la Universidad de Panamá. Al terminar de contar una anécdota con el decano de Derecho por aquel entonces, dijo: “Los amigos son la mejor inversión que uno puede hacer en la vida”. La nueva versión de este bolero no debe pasar inadvertida para los amantes del género: “Te ofrezco un alma en decepciones concebida… No me importa hacerme viejo si me hago viejo contigo”, ¡qué letra!

    Dijo Rubén: “Del álbum que mucha gente considera que es el álbum que más ventas ha tenido en la salsa, esperamos que sepan que les tenemos presentes en las dificultades”, y enseguida cantó María Lionza, la diosa del folklore venerada en Venezuela, que evoca los rituales afro-indígenas que reflejan el mestizaje cultural latinoamericano (del álbum Siembra, 1978).

    Con la piel de gallina, además del mencionado Vino Añejo, hubo otro bolero: Apóyate en mi Alma (compuesto por Luis Demetrio, incluido en el álbum Salsa Big Band), originalmente interpretado por Santos Colón con la banda de Tito Puente en el álbum De Mi Para Ti. “Deja que penetre en mis entrañas tu sentir/ quiero compartir contigo tu sufrir/ y todo aquel dolor de tu pasado cruel” cantaba Rubén, y luego se escuchó el solo en el saxo barítono de Carlos Duarte.

    Como dirían los flamencos, cambiando de palo pa’ rumba, después de la sentidísima letra del anterior bolero, vino la historia “de la cándida niña” Ligia Elena (del álbum Canciones del Solar de los Aburridos, 1981) y el mensaje antirracismo que transmite esta canción: “Eso del racismo, brother, no está en na’”. Continuaría con El Cantante, de álbum Doble Filo, 1987, publicado después de haber cedido la canción a Héctor Lavoe en 1978 para su disco Comedia. Rubén señaló que no se arrepentía de no haberla grabado primero, porque Héctor la necesitaba, estaba pasando un mal momento. Le rindió un homenaje al cantante de los cantantes: “La muerte comienza por el olvido, mientras se recuerda la persona, la persona sigue viva, para él, para don Héctor Lavoe”. En el piano Juan Berna dejó escuchar el cumpleaños feliz, queriendo homenajear a Rubén por su reciente cumpleaños.

    A estas alturas del concierto, el Poble Espanyol estaba hasta los topes. Entre el público se apreciaban banderas de Venezuela, Perú, Panamá…, pero seguía llegando gente: dos hombres entraron a la zona VIP, y ya habían sonado más de diez temas, ¡pobres! con lo que cuestan esas entradas… ¿pobres? Al terminar El Cantante, Rubén volvió a recordar a Lavoe: “Yo le decía flaco, y después nos pusimos gordos los dos”.

    La canción siguiente enorgullecería ahora a los peruanos: Todos Vuelven, poema del escritor y poeta peruano César Alfredo Miró, originalmente vals peruano de Alcides Carreño Blas, que cuenta con varias versiones, pero, sin duda, la más conocida es la grabada por Blades en 1984, en el álbum Buscando América, con Seis del Solar. Mientras la anunciaba, sin escuchar lo que Blades decía, una chica gritaba con todas sus fuerzas Pedro Navaja, Pedro Navaja. El panameño, ajeno a la gritada petición de la desesperada, dijo: “Dedicada a todos los peruanos y a todo el público que está aquí”. En esta canción el protagonismo en los solos fue del timbalero Carlos Pérez.

    A pesar de que la chica no paraba de gritar Pedro Navaja, sin preocuparse de escuchar la historia de la siguiente canción, la que sonó fue Lo Pasado No Perdona (del álbum El que la Hace la Paga, 1983). Sonó magnífica en la versión de gran banda y con un solo de Juan Berna al piano. Te Están Buscando, otra de las canciones malandras que hizo con Willie Colón y grabó en el álbum Canciones del Solar de los Aburridos, de 1981, fue la que escuchamos después. Dio la casualidad que al tiempo que sonaba el coro “Por tu mala maña de irte sin pagar”, dos hombres del personal de seguridad sacaban a una pareja que se acababa de colar en la zona VIP, no sin antes hacerles quitarse la pulsera de papel color naranja que se habían agenciado para identificarse con los que accedían allí. Los sacaron a la vez que seguían sonando los coros y el solo del bajista Roberto Delgado respondía con brillantes slaps a las voces y los bronces.

    Por no oír de nuevo a la chica haciendo su petición desenfrenada, me volví al sitio donde se oye mejor: atrás al lado de la mesa de sonido. Del álbum Bohemio y Poeta, de 1979, escuchamos la canción dedicada a Paula C y Sin tu Cariño. Con esta última, Rubén Blades recordó sus tiempos en Fania y contó la anécdota del origen de la canción: escribió la canción un domingo, gracias a que Louie Ramírez le recordó que era algo pendiente, y esa misma noche Ramírez hizo el arreglo y al día siguiente la grabaron en los estudios de la discográfica para el álbum Spanish Fever.

    Seguramente adelante, cerca al escenario, se escucharía a la chica gritar de nuevo Pedro Navaja, pero la que siguió fue Todo mi Amor eres Tú (I just can’t stop loving you), compuesta con Michel Jackson, producida por Quincy Jones, que el rey del pop grabó en español. Blades, en broma o a lo mejor no, dijo: “este acorde se lo levantó Quincy Jones… en Thriller está el acorde que se levantó”… No sé si quería decir la armonía. Luego, como cierre tentativo del concierto vendría, para alivio de la susodicha y de muchos más, la canción que habla de la historia del doble asesinato en la ciudad de Nueva York, una de las ocho millones de historias de la Gran Manzana. Antes de cantarla, Blades dijo lo siguiente: “esta canción sólo sobrevivió por ustedes, todos decían que era muy larga, que no iba a triunfar… ahora ya todos saben cuál es”. Efectivamente, una gran cantidad de teléfonos móviles se veían por encima de las cabezas, bien porque empezaban a grabar o porque tomaban “selfies”. Comenzó a sonar Pedro Navaja (del álbum Siembra, 1978). Al fondo, como ilustración de la historia de la canción, se proyectaban unos rascacielos en blanco y negro, pero de pronto apareció a todo color un personaje negro que representaba a Pedro Navaja. ¡No puede ser!, pensé, ¡Ese no es el Pedro Navaja que yo he tenido en mi cabeza por tantos años! Es bonita la ilustración, sí, pero no hay derecho de acabar de golpe con el Pedro Navaja que cada uno de nosotros habíamos imaginado.

    Todos los músicos y técnicos de sonido salieron adelante del escenario, junto con Rubén, quien les agradeció una vez más, como ya había hecho poco después de comenzar el concierto: sin todos ellos habría sido imposible un concierto inolvidable de gran calidad.

    Como era de suponer, el público pidió ñapa y Rubén nos obsequió con dos bises: Maestra Vida (del álbum Maestra Vida, 1980, con Willie Colón), que compuso a sus 32 años y la dedicó a todos los presentes, y Patria (del álbum Antecedente, 1988). “Patria es un sentimiento”, dijo, “la dedico a todos los que hemos tenido que salir, para los inmigrantes” y agregó “para todos los que quieren a su país”. Al fondo del escenario se proyectaron muchísimas banderas y entre ellas también estaba la senyera. Si la música y las letras de las canciones de Rubén Blades remueven las emociones, no solo de los latinos, las imágenes que acompañan la actuación acentúan esa remoción. Blades es un cantautor que trasciende fronteras culturales y géneros musicales. Como al final de las películas, en el fondo del escenario rodaron los créditos que incluían a todos los músicos de la orquesta, los nombres de quienes estuvieron a cargo de las ilustraciones, entre otros.

    El espectáculo presentado bajo el título Caminando, Adiós y Gracias salió perfecto, porque se ajustó al guion. Había dos pantallas/telepronters en el escenario que, como antaño haría un atril, le permitían a Rubén ver las letras de las canciones y también saber sin dudar qué tema seguía en el programa o quién debía hacer solos. En algunas canciones no miraba y en otras miraba de soslayo las pantallas. En El Cantante, excepto quizás uno solo, todos los pregones no se improvisaron, estaban escritos y se leían en la pantalla. No es algo criticable, simplemente es una observación: los músicos instrumentistas tienen sus partituras porque la memoria es limitada. Sólo músicos muy excepcionales salen al escenario a tocar un concierto de dos horas sin un solo papel. Sin embargo, la improvisación de los pregones en la salsa, como la improvisación que hacen los instrumentos en sus solos, son lo que ha heredado esta música del jazz, y eso sí que no debería perderse, porque es algo esencial de esta música. Hay músicos que por hacer una versión fiel a una grabación, transcriben los solos. Pero aquí no estamos hablando de eso, ¿no? A mi modo de ver, los soneros no deben renunciar a tomar del contexto y de los hechos del momento el material para improvisar sus pregones.

    En todo caso, Rubén Blades se ha presentado más fuerte y vigente que nunca. En el concierto su voz se escuchó tan fresca como en sus años mozos. Dice adiós a las giras de salsa, pero esperamos verlo de nuevo en directo. Tiene entre manos varios discos y el proyecto Mixtura con su esposa, la cantante Luba Mason.

    Isabel Llano

  • La Fuerza Gigante de Ray Barretto

    Foto de Julio Costoso
    Presentamos en sociedad Fuerza Gigante, la biografía del legendario Ray Barretto escrita por Robert Téllez. Magnífico tributo a un músico muy grande.

    Ray Barretto fue un músico diferente en todos los sentidos. Su imponente presencia física llamaba la atención allí donde estuviera, y el color de su piel blanquísima contrastaba con la añeja idea de que tocar las congas era una merienda de negros. Y es que Ray Barretto era conguero, percusionista diría el buen léxico musical, tamborero prefiere llamarlo este libro. Y no un conguero cualquiera, sino uno de los grandes… en todos los sentidos.

    Robert Téllez Moreno escribe un biopic de Barretto recorriendo de principio a fin la gran aventura que fue su vida, y los hechos que marcaron su presencia en el mundo del jazz y de la salsa. Llevábamos tiempo esperando una obra así, pues se han escrito miles de cosas sobre el llamado Rey de las Manos Duras, pero ninguna que las uniera en un solo libro.

    Téllez acude, como es de sospechar, a los testimonios de quienes compartieron trozos de su vida con Barretto; y no sólo quienes lo amaron, sino quienes se pelearon con él, porque todo genio que se respete tiene carácter. El suyo no era fácil, pues tomaba decisiones radicales mientras te hablaba al oído con dulzura.

    Barretto es uno de los músicos latinos con mayor número de grabaciones en el hard-bop. Barretto es el símbolo gráfico de toda la obra del diseñador Izzy Sanabria. Barretto es el exponente de tres estilos en la música afrocubana: la charanga, la salsa dura y el latin jazz. Barretto es el detonante de una raíz sonora que va de la Típica 73 a Los Kimbos. Barretto es el punto de apoyo de los grandes músicos como Rubén Blades. Barretto es el fundador de la Fania. Barretto es salsa. Barretto es Red Garland, es Johnny Lytle, es Eddie Lockjaw, es Freddie Hubbard, es Wes Montgomery, es Art Blakey, es Lou Donaldson. Barretto es jazz.

    Pero Barretto también es el autoritario poseído de Irv Greenbaum, el mentiroso detractor de Nelson González, el líder rebelde de Will Hermes. Barretto es el ying y el yang de sí mismo, la energía desbordada y la armonía constante.

    Posiblemente no haya otro músico con más posibilidades de tener un título biográfico: El Watusi, Indestructible, Que Viva la Música (aunque ya sería meternos en el mundo de Andrés Caicedo), Hard Hands… Pero Tellez ha optado por Fuerza Gigante, nombre de uno de sus mejores trabajos y título de una canción memorable en colaboración con Gil López.

    “Hay que tener fuerza gigante para siempre poder echar pa’ lante”, dice el coro, y creo que Téllez está convencido de que allí se resume la notoriedad de Ray Barretto, su razón de ser en la historia: la voluntad de acero para continuar. Y razón no le falta, desde luego.

    Gran libro, con prólogo de Elmer González, que ha publicado la editorial Unos & Otros, y de la que extraemos apartes del primer capítulo dedicado a sus orígenes. Un placer leerlo.

    José Arteaga

    “La comunidad puertorriqueña ha estado emigrando a los Estados Unidos desde el siglo XIX. Durante el reinado de Fernando VII, España fue perdiendo algunas colonias en América del Norte y del Sur. En 1898, Puerto Rico dejó de estar bajo el control de España y se convirtió en territorio no incorporado de los Estados Unidos. La intervención política y económica en la isla, tras la denominada Guerra Hispano-Americana, propició las condiciones para la inmigración.

    En el año 1917 la ley estadounidense Jones–Shafroth convirtió a los puertorriqueños en ciudadanos estadounidenses, eliminando así todo tipo de barrera para el traslado libre entre ambos países. Aunque no fue la única causa, el deterioro de la economía ayudó a acrecentar el fenómeno migratorio. Con la disminución en la producción de las haciendas azucareras y cafetaleras, se presentó un gran crecimiento en las cifras de desempleo del campesinado puertorriqueño y esa situación derivó en que acaudalados criollos cayeran en la quiebra. Muchos de ellos terminaron vendiendo sus tierras.

    El primer éxodo puertorriqueño importante se dio a principios del siglo XX. Los primeros habitantes de Puerto Rico que emigraron a Estados Unidos se concentraron en zonas muy específicas, en su gran mayoría en el área de Nueva York, más exactamente en el Spanish Harlem. Historiadores han documentado ampliamente que entre 1918 y 1922 esta población se instala en el vecindario denominado “El Barrio”. Allí la música, desde un principio, tuvo un papel preponderante.

    Ray Barretto, percusionista y director de orquesta, conocido en el mundo como el “Manos Duras”, pertenece a esa generación de hijos de inmigrantes boricuas que se instalaron en la Gran Manzana en búsqueda de un mejor futuro. Sus padres, Ramón Barreto y Dolores Pagán, provenían de Aguadilla, pueblo al oeste de Puerto Rico, una tierra que también vio nacer al genial compositor de “El Cumbanchero” y “Lamento Borincano”, don Rafael Hernández.

    Raymond Barretto Pagán nació el 29 de Abril de 1929 en Brooklyn, uno de los cinco distritos de Nueva York. Brooklyn también ha visto nacer a estrellas del deporte como el basquetbolista Michael Jordan y el boxeador Mike Tyson; y a figuras triunfantes del séptimo arte como Eddie Murphy, Jennifer Connelly, Al Pacino y Barbara Streisand. Pero también ha sido hogar de iconos de la música como Cyndi Lauper, famosa cantante de pop de los años 80, y de Lou Reed, considerado el padre del rock alternativo, entre muchos otros personajes que han contribuido al fortalecimiento de toda clase de manifestaciones artístico-culturales.

    Tras la ausencia de la figura paterna (el padre abandonó el hogar de regreso a Aguadilla estando muy pequeño Raymond), el niño creció al lado de su madre y junto a sus hermanos, Cecilia y Ricardo. El joven aspirante a músico lo recordaba de esta manera: “Solía tocar en la cocina, con las ollas y sartenes, y mi madre me gritaba: ¡Deja de hacer ruido! Noté que aunque los instrumentos de percusión parecen más fáciles de tocar, requieren gran fuerza física. A medida que uno desarrolla la idea y la dinámica, ve que puede tocar más suave, alto, algo bonito, y explorar nuevas formas de tocar distintos ritmos. Así comencé a apreciar más el arte del percusionista”.

    Mientras doña Dolores cumplía con el rol de padre y madre en una apretada situación económica, asistiendo además a la escuela nocturna para aprender inglés, Ray y sus hermanos compartían el humilde hogar pegados a la radio, escuchando principalmente las big bands de jazz de Tommy Dorsey, Glenn Miller y Harry James, mezclando esas audiciones con las de los discos que había en casa, grabaciones de artistas populares de la época como Daniel Santos, Bobby Capó y la banda de Frank Grillo, Machito. El propio Barretto lo expresó de manera muy directa cuando confesó: “La música fue mi salvación espiritual”.

    “Yo creo que su madre tuvo mucho que ver indiscutiblemente con su personalidad. Creo que muy temprano en su desarrollo Ray decidió: ‘bueno no tengo a mi padre, así que voy a hacer lo que yo pueda, para llegar a donde quiero’. Ray determinó desde muy joven lo que iba a hacer, se lo propuso” afirma el trompetista Ángel Fernández, instrumentista y arreglista de la orquesta de Barretto en varias producciones de la década de los 80.

    Sobre el apellido del “Manos Duras” aún sigue la controversia. Nadie se ha puesto de acuerdo acerca de cómo escribirlo, si con una o con doble T… ¿Barreto o Barretto?

    Mientras algunos músicos como el timbalero cubano Orestes Vilató y el trombonista George Rivera aseguran que debió tratarse de un error a la hora de realizar el registro de nacimiento; Ángel Fernández se adscribe a la tesis según la cual al percusionista se le expidió un documento falso para enlistarse en el ejército de los Estados Unidos en tiempos de la posguerra. Así, en 1946, cuando apenas tenía 17 años de edad, fue asignado en Alemania.

    “Tomé esa decisión porque realmente no veía ningún futuro en Nueva York para mí”. Pero Barretto aprendió rápidamente que la vida militar no lo iba a proteger de la discriminación racial. “El ejército no estaba integrado. El soldado blanco estaba con el blanco y el negro con el negro. Yo estuve con los soldados blancos, pero era cuestión de sobrevivir, porque odiaban al latino tanto como al negro”.

    Es durante su estancia en la ciudad de Múnich, mientras cumple su servicio militar, que Barretto se acerca al jazz. Concentrado al norte de los Alpes Bávaros, conecta su oído al “bebop”, movimiento surgido a mediados de los años 40 encabezado por agrupaciones de formato reducido, casi todas ellas conformadas por músicos negros que interpretaban una música de impresionante velocidad y largos solos instrumentales, un sonido que se alejó de la popularidad de las bandas de la era del swing pero que en lo musical significó una evolución importante para el jazz. “Descubrí un club de soldados negros. Yo iba cuando era posible. Hice amigos: ahí descubrí quien era yo”.

    El momento realmente clave para el posterior desarrollo de la carrera musical de Ray Barretto llegó tras escuchar la percusión de Luciano “Chano” Pozo (La Habana, Cuba, 7 de enero de 1915 – Nueva York, 3 de diciembre de 1948) en el clásico tema “Manteca”, junto a la orquesta del trompetista Dizzy Gillespie (Cheraw, Carolina del Sur, Estados Unidos, 21 de octubre de 1917 – Englewood, Nueva Jersey, 6 de enero 1993). La grabación de esa pieza, pionera de la mezcla del bebop con los sonidos cubanos (de ahí la aparición de la denominación “cubop”) terminó siendo de gran inspiración para decidirse enteramente por la música.

    El trombonista puertorriqueño y amigo personal de Barretto, George Rivera, evoca el hecho en referencia: “Ray encontró una estación de radio en Alemania que tocaba jazz, y en sus ratos libres siempre recurría a oírla. Un día cualquiera suena el número “Manteca” con Gillespie y, según me narró en varias ocasiones, allí le entró una cosa inmensa, que no pudo parar; se fue para la estación de radio y le pidió al locutor que le hiciera una copia del disco. Esa misma noche lo oyó casi 25 veces. Ahí le entró la música y nunca miró pa´atrás”.